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El dilema de Turquía en la guerra contra el Estado Islámico

El dilema de Turquía en la guerra contra el Estado Islámico




Turquía es la puerta giratoria de ida y vuelta al infierno yihadista de Siria e Irak. Pero no es solo la geografía lo que pone en situación delicada al régimen islámico-conservador de Recep Tayip Erdogan. La política exterior de Ankara intenta encontrar una brújula que parece haber perdido en los últimos tres años. El presidente Erdogan fue uno de los agitadores más exaltados de la opción militar contra el régimen sirio de Bachar al-Asad. Después de que la diplomacia rusa evitara una ofensiva armada contra Damasco, Turquía y otros aíses occidentales optaron por armar a grupos de oposición, «liberales» y también islámicos supuestamente «moderados». A Ankara se le acusa, incluso, de apoyar a otras facciones menos «moderadas», en su intento de derrocar a su vecino.
Turquía debe decidir ahora su papel en el conflicto que enfrenta ya abiertamente a los países de la coalición internacional liderada por Estados Unidos y a el grupo suní radical autodenominado Estado Islámico (EI). En declaraciones a la prensa turca, al margen de su reciente intervención en Naciones Unidas, Erdogan ha abierto la posibilidad de que su país participe militarmente en la ofensiva militar contra el EI.



Hasta ahora, Ankara había evitado mostrarse beligerante hacia los yihadistas que han arrasado buena parte de Siria e Irak. Los 46 rehenes turcos en manos de los islamistas del EI eran una excusa comprensible para la reticencia turca a alinearse con la coalición árabe-occidental. Una vez estos liberados sanos y salvos, Ankara parece dar signos de un cambio de actitud.
Miembro de la OTAN y sede de la estratégica base aérea de Incirlik, Turquía debate con su aliado norteamericano las modalidades de su participación en lo que algunos de sus vecinos describen como «una nueva cruzada occidental». Ciertos observadores opinan que Washington presiona a Ankara para que Erdogan opte ya sin tapujos por integrar la coalición militar. Otros consideran que esas conversaciones, de presión tienen poco; que lo que Erdogan persigue es cómo presentar dentro de su país y de cara a su futuras relaciones regionales su implicación en una guerra de la que es también partidario.
El actual régimen turco sigue considerando a Bachar al-Asad como uno de sus principales enemigos. La irrupción del EI y los ataques contra sus «muyahidin» han obligado a Occidente y a sus aliados árabes en la zona a considerar al régimen de Damasco como un interlocutor de facto en la ofensiva militar. Oficialmente no se coordinan con Siria las operaciones militares anti-yihadistas en su propio teritorio, pero se admite que se le previene de los ataques. Para Turquía, los intentos de aniquilacion de los guerrilleros del Estado Islámico deberían ir aparejados con la ayuda a otros grupos armados que también pretender derrocar a al-Asad. Pero esa no parece ser la prioridad por el momento de su aliado norteamericano.

El factor kurdo



La nueva guerra de Oriente Medio ha trastocado también un elemento imortante de la política interior turca. Comprometido en una negociación de paz con el PKK, la organización militar kurda de Turquía, Erdogan ha visto cómo esta organización, todavía consederada como «terrorista» por la Unión Europea y Estados Unidos, ha tomado un papel preponderante en la lucha contra la barbarie islamista que se extiende en Siria e Irak. Los kurdos de Irak y sus «hermanos» de Siria y Turquía son considerados por gran parte de la comunidad internacional como una fuerza importante de la resistencia al EI. A ojos del mundo, los kurdos han pasado de ser considerados terroristas, a aparecer como la vanguardia de la lucha contra el «califato» y sus profesionales de la decapitación.
Para Erdogan, la notoriedad de los kurdos de su país es un contratiempo, pero sabe también que su política de paz con el PKK puede reportarle el apoyo de los partidos kurdos tolerados, para obtener la mayoría absoluta en las elecciones legislativas de 2015 y convertir a su país en un régimen presidencialista con él a la cabeza y con todo el poder en sus manos.
Turquía ha sido y sigue siendo la puerta de entrada de los yihadistas internacionales que viajan para integrarse en las filas del « Estado Islmamico » o las de otros grupos como la filial de Al Qaeda, el Frente Al-Nusra. Acusada de hacer la vista gorda por europeos y norteamericanos, Ankara se defiende señalando que ha expulsado a más de mil extranjeros de 75 nacionalidades, aspirantes a la «guerra santa» en Siria e Irak. Cierto es que la porosidad de la frontera sirio-turca es un hecho y que no es dicíficil cruzar los límites a cambio de un puñado de euros, pero también hay que subrayar que los policías turcos colaboran con sus colegas de Europa en el retorno de los arrepentidos y en la detención de candidatos a ingresar en las filas de la «yihad». Ankara informa también de que habría un millar de turcos enrolados en el EI y otros grupos armados radicales.
Ser la frontera de la guerra le ha valido también a Turquía convertir parte de su territorio en un inmenso campo de refugiados. Más de un millón y medio de personas que han huído y siguen huyendo de Siria e Irak se han instalado en suelo turco. Los últimos, 130.000 kurdos de Siria, obligados a dejar sus casas ante el avance del EI en el norte de su país.
Las reticencias de Erdogan a aliarse con Estados Unidos, sus aliados árabes y ciertos países europeos en la ofensiva militar contra el EI respoderían también, según otras voces, al temor de ser víctmas de atentados sobre su propio territorio, como el cometido el 13 de mayo pasado en Reyhanli, cerca de la frontera con Siria, que causó la muerte a 52 personas. Achacado a los servicios secretos de Bachar al-Asad, las autoridades turcas admiten que pudo ser una advertencia de los yihadistas que operan en Siria.
El régimen suní de Ankara pretendía hace pocos años convertirse en un ejemplo para la diplomacia regional. Quiso encabezar intelectualmente las revueltas de la llamada «primavera árabe», pero la pérdida de influencia de los «Hermanos musulmanes» en la región y su posterior ánimo belicoso contra Siria le han llevado a una difícil situación. Sus relaciones con Egipto son execrables y las que en un tiempo intentó mejorar con Irán se han enfriado notablemente. Ser miembro de la OTAN y aliado estratégico imdispensable de Estados Unidos en Oriente Medio deja a Turquía pocas opciones para mantener una diplomacia independiente en situaciones de crisis como la actual.
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