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El Estado Islámico, el Frankenstein turco

Por Burak Bekdil

Periodista turco. Escribe en Hürriyet Daily News y es miembro del Middle East Forum.

Todo comenzó cuando los dirigentes turcos pensaron que podrían crear un cinturón suní bajo hegemonía turca, situado geográficamente bajo la Media Luna y la Estrella. Para que ello pudiera suceder, Túnez, Libia, Egipto, el Líbano, Siria e Irak tendrían que ser gobernados por dirigentes suníes –preferiblemente del tipo de los Hermanos Musulmanes– sumisos a Ankara.

Este gambito turco se produjo en un momento en que el turbulento Oriente Medio era más turbulento que de costumbre: la Primavera Árabe había puesto al descubierto el odio, de 14 siglos de antigüedad, entre las dos principales sectas del islam, un cisma iniciado por clanes rivales en la tribu del profeta Mahoma, los Quraysh. Un enfrentamiento que perduraría más incluso de lo que podían imaginar.

Por desgracia, Siria, con la que Turquía comparte una frontera de 800 kilómetros, era gobernada por un miembro de los nusairíes (alauitas sirios), una escisión de los chíies. Bashar al Asad pronto se convirtió, como dicen los sicilianos, en “una piedra en el zapato de Recep Tayyip Erdogan (entonces primer ministro, ahora presidente)”.




Como telón de fondo, la rivalidad entre suníes y chiíes se estaba caldeando. Los turcos no entendieron el mensaje. En 2013, el ministro iraquí de Defensa en funciones, Saadun al Dulaimi, acusó a Turquía de controlar en Irak (de mayoría chií) manifestaciones suníes contrarias al Gobierno.

Durante algún tiempo, Estados Unidos incluso barajó la idea de crear un “creciente moderado” de países suníes para contener al Irán chíi, al Irak controlado por chiíes y al libanés Hezbolá.

La ceguera sectaria explicaría muchas complejidades: por qué, por ejemplo, el rey Abdalá de Arabia Saudí apoya fervientemente a la oposición siria, o hace que sus tropas crucen la frontera con el vecino Bahréin para ayudar a aplastar allí un levantamiento chií; por qué los líderes de Al Qaeda llaman a los yihadistas a unirse a la lucha en Siria; o por qué, para Erdogan, Al Asad es el “carnicero de Damasco”, mientras que el líder suní sudanés Omar al Bashir, sobre el que pesa una orden internacional de detención por crímenes contra la humanidad y por la matanza de cientos de miles de personas, sólo es “un amigo inocente”. El odio explica, incluso hoy, por qué los chiíes y suníes de Irak se matan a miles entre ellos cada mes y ponen bombas en las mezquitas de sus respectivos rivales.




Los wahabistas son virulentamente antichiíes, y viceversa. Consideran que los chiíes son unos negacionistas satánicos. Por su parte, los chiíes creen que los wahabíes son unos pervertidos, sin más. Cada secta considera que los otros “ni siquiera son musulmanes”. Las escuelas saudíes enseñan a sus alumnos que el chiísmo es, simplemente, una herejía judía.
En 2006, un clérigo wahabista de alto rango, Abdel Rahman al Barrak, lanzó una fetua en la que se afirmaba que los chiíes eran “infieles, apóstatas e hipócritas (…) y más peligrosos que los judíos o los cristianos”. El gemelo pequeño de Al Qaeda, el Frente Al Nusra, declaró en 2012:


Las benditas operaciones proseguirán hasta que la tierra de Siria sea purificada de la escoria de los nusairíes y los suníes sean liberados de su opresión.


Erdogan, un supremacista suní, por tanto, estrecharía la mano de Satán a cambio de la caída del nusairí Al Asad. Y lo hizo. Turquía se convirtió rápidamente en mentora de todos los grupos de la oposición siria que, idealmente, primero derrotarían a Asad, luego formarían un Gobierno islamista y se ofrecerían voluntarios para convertirse en colonia de facto del emergente Imperio Turco.

En un principio, el apoyo turco era para cuestiones políticas y de planificación: conferencia tras conferencia, reunión tras reunión, declaración tras declaración. Los inocentes turcos sólo estaban extendiendo sus esfuerzos diplomáticos para acabar con la sangrienta guerra civil en un país vecino.

En realidad, Ankara, lentamente, convirtió el sudeste de Turquía en un centro neurálgico para militantes radicales islamistas de todos los colores, que llegaban de decenas de países, incluyendo a varios miles procedentes de Europa. Los militantes cruzaban la frontera con Siria, combatían contra las fuerzas de Asad, regresaban a Turquía, donde recibían tratamiento médico si era necesario, se reabastecían de armas y municiones y regresaban a la lucha. En una grabación de audio filtrada a internet en marzo, el más alto responsable de la inteligencia turca admitía que “hasta ahora, Turquía ha enviado a Siria 2.000 camiones llenos de armas y municiones”.

En junio pasado, el propio monstruo de Frankenstein de Turquía, que actuaba bajo el nombre de Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL) –posteriormente rebautizado como Estado Islámico (EI)– apareció a las puertas de sus antiguos amos. El EI atacó las instalaciones del consulado turco en la ciudad de Mosul, en el norte de Siria, tras haber capturado amplias franjas de territorio sirio e iraquí. También tomó como rehenes a 49 turcos, entre ellos al cónsul general.

Irónicamente, tan sólo un día antes del ataque contra la legación turca un diputado de la oposición advirtió ante el Parlamento de que el consulado se exponía a ser atacado por el EI, a lo que desde la bancada del Gobierno se replicó, a gritos: “¡Deje de contar mentiras!”. Y tan sólo 20 horas antes de que el consulado fuera atacado el entonces ministro de Exteriores turco, Ahmet Davutoglu (hoy primer ministro), tuiteó: “Hemos tomado todas las precauciones en el consulado general de Mosul”.

Los rehenes siguen cautivos. Como Turquía, estratégica y militarmente. Cuando el secretario de Defensa estadounidense, Chuck Hagel, llegó a Ankara el 8 de septiembre para discutir una metodología conjunta para combatir al Estado Islámico y preguntó a los turcos qué servicios podían ofrecer, los personajes más importantes de Ankara, incluido Erdogan, explicaron por qué no podían enfrentarse activa o públicamente al Estado Islámico. Y así 49 desventurados turcos siguen en manos del Frankenstein turco.

Hace más de dos años, Davutoglu profetizó que los días de Asad en el poder estaban contados. En el curso de unas semanas, predijo, “el carnicero de Damasco se irá”. Pero hay otro hombre que puede competir con Davutoglu en un concurso de predicciones realistas sobre el futuro de Oriente Medio: a finales de 2011, cuando las últimas tropas estadounidenses abandonaban territorio iraquí, el presidente Obama describió Irak como “soberano, estable y autosuficiente”.
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