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El Estado que sí es islámico




El Estado que sí es islámico


VICENTE ECHERRI






El Estado Islámico vuelve a las noticias con una nueva atrocidad: esta vez no se trata de decapitar o quemar vivo a alguien, sino de un crimen de lesa cultura: un vídeo difundido este jueves por la propia organización terrorista muestra a varios de sus hombres en la tarea de destruir decenas de estatuas en el Museo Histórico de Mosul, algunas de las cuales se remontan al período asirio tardío (siglos VIII y VII A.C.).



El motivo es religioso, según explican los portavoces del EI:


“El profeta nos ordenó deshacernos de las estatuas y las reliquias y sus compañeros hicieron lo mismo cuando conquistaron países en su nombre”.




Esta prueba de ortodoxia musulmana coincide con un ensayo firmado por Graeme Wood que constituye el artículo principal de la edición de The Atlantic actualmente en los estanquillos (“What ISIS Really Wants and How to Stop It”) en que el autor resalta el error de los que, en ánimo de disculpar al islam y a los musulmanes, se esfuerzan en negarle carácter religioso al flamante califato surgido en medio de la caótica situación de Siria y la inestabilidad que persiste en Irak.




“La realidad es que el Estado Islámico” —dice Wood— es islámico, muy islámico. Ciertamente, ha atraído a psicópatas y aventureros […] pero la religión que predican sus más ardientes seguidores se deriva de una interpretación del islam coherente e incluso erudita”; para agregar poco después:



“Los musulmanes pueden rechazar el Estado Islámico, casi todos lo hacen. Pero pretender que no es realmente un grupo religioso milenarista, con una teología que hay que entender para poder combatirla, ya ha llevado a Estados Unidos a subestimarlo y a respaldar estrategias estúpidas para contenerlo”.




La opinión de Wood nos lleva a pensar en el presidente Obama y su insistencia no sólo en querer distinguir entre el islam y estos extremistas, sino en querer convencernos de que el islam no podría asociarse con ellos, pues se trata de una religión de paz, si bien todas las religiones son culpables de excesos.


El Presidente tendría que saber que el cristianismo y el islam tuvieron orígenes diferentes y se propagaron de distinta manera. Aunque, su alianza con el imperio romano llevó a la Iglesia a convertirse en una institución oficial y opresora, el cristianismo que se difundió por la cuenca del Mediterráneo en los primeros siglos de nuestra era sí fue una religión de paz, amor y mansedumbre. Los mártires cristianos no se inmolaban en el acto de asesinar a otros, sino que se distinguían por practicar la no violencia.




El islam, en cambio, fue, desde el principio, una empresa de propagación armada que se extendió por la fuerza de España a Indonesia en menos de un siglo.


Asimismo, los castigos brutales que escandalizan hoy a tantos —decapitaciones, lapidaciones, mutilaciones— están contemplados en el libro santo de las mahometanos, no así en nuestro Nuevo Testamento.




Por anormal que pueda parecernos, el Estado Islámico es un esfuerzo serio y consciente de volver a la pureza primitiva de la fe de Mahoma (del mismo modo que algunas sectas cristianas se han empeñado en recobrar la conducta de la Iglesia Primitiva).




La diferencia radica en la doctrina que estos fanáticos pretenden cumplir e imponer hasta en sus detalles más nimios.


El Estado Islámico sirve para resaltar la naturaleza perversa y violenta que subyace en el islam mismo.



A juzgar por la letra del libro santo de los árabes, es la mayoría de los musulmanes quien pervierte los dogmas que dice profesar.



Desde esta ciudad, lo que ocurre en Siria y el norte de Irak se percibe con una preocupante proximidad (Mosul está de aquí a 920 kilómetros en línea recta), muy diferente a como podemos apreciarlo desde nuestros hogares del otro lado del Atlántico.



Los fanáticos del EI, como bien explica Wood en su ensayo, esperan provocar el apocalipsis (o batalla final entre justos e injustos) en el que incluso llegarán a verse arrinconados y al borde de la aniquilación nada menos que aquí en Jerusalén, momento éste en que Jesús —el segundo profeta del Islam— volverá a la tierra para llevar a los musulmanes a la victoria.


Esta fantasía puede suscitar risas, pero sucede que a diario encuentra eco en centenares, sino en miles, de jóvenes que se alistan en las filas del EI para servirle en sus países de origen o para ir a pelear y a morir en Siria y en Irak.



Por más que Obama y otros como él se nieguen a admitirlo, se trata de una guerra entre nuestra civilización y lo que ella ha alcanzado y representa contra una versión más radical y pura de un credo primitivo. La contienda apenas comienza.






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