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El Fabuloso Turco

A mediados del siglo XVII el inventor Wolfgang von Kempelen creó un autómata capaz de jugar al ajedrez. Esta colosal máquina dotada de un a inteligencia superior a la inteligencia humana fue conocida como "El Turco" por el traje que llevaba puesto.

Tenía la forma de una cabina de madera de un metro veinte de largo por 60 cm de profundidad y 90cm de alto, con un maniquí vestido con túnica y turbante sentado sobre él. La cabina tenía puertas que una vez abiertas mostraban un mecanismo de relojería y cuando se hallaba activado era capaz de jugar una partida de ajedrez contra un jugador humano a un alto nivel. También podía realizar el problema del caballo con facilidad.




Jugó con la emperatriz María Teresa de Austria y Catalina La Grande, volvió loco de furia a Napoleón y de intriga a Edgar Allan Poe; este autómata famoso, espléndido jugador de ajedrez y fantástica engañifa vivió una verdadera epopeya a ambos lados del Atlántico y a lo largo de tres generaciones.

Su trayectoria más allá de haber sido una estafa, marca un punto alto en la demanda de máquinas inteligentes y tiene por ello un lugar asegurado en la historia de la imaginación tecnológica.




La publicidad que tuvo llamó la atención de todo el mundo. Después de la muerte de Kempelen en 1804, el autómata pasó por muchas manos, acabando en las de Johann Maelzel. El secreto de su funcionamiento fue bien conservado, a pesar de que muchos pensaban que se trataba de un engaño. Aún quedaba suficiente misterio para permitir al Turco continuar sus giras. En 1809, el Turco derrotó a Napoleón Bonaparte en Schönbrunn, durante la campaña de la Batalla de Wagram.

Maelzel llevó al autómata a jugar en Francia e Inglaterra, pero debido al monto de sus deudas, viajó a los Estados Unidos para exhibirlo. Mientras se hallaba en Inglaterra, en 1820, el Turco jugó una partida contra Charles Babbage, un pionero de la computación.

La gira en Estados Unidos fue un éxito y Maelzel decidió llevarlo a Cuba, como primera parte de un tour por Hispanoamérica.




El secreto del Turco se encontraba en la naturaleza plegable de los compartimentos dentro de su cabina y en el hecho de que los mecanismos y un cajón de la cabina no se extendían hasta la parte posterior, donde se encontraba un tablero de ajedrez secundario, que el operador usaba para seguir el juego.
El problema de esta explicación era que el espacio era demasiado pequeño y requeria de un jugador enano o un veterano de guerra que hubiera perdido las piernas.




El Turco fue donado al Museo Peale de Filadelfia. En 1854, 85 años después de su construcción, fue destruido en un incendio. El hijo de Mitchell, Silas Mitchell, publicó un libro que explicaba sus secretos. Al menos 15 jugadores de ajedrez habían operado al autómata a lo largo de su existencia. Esto resultó en numerosos libros y panfletos, ninguno de los cuales llegó a descubrir su secreto.
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