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El fenómeno Pororoca la mayor ola de agua dulce del mundo

El fenómeno natural Pororoca-Brasil la mayor ola de agua dulce del mundo.



La ola más larga se “surfea” en el Amazonas 



Para los nativos es sinónimo de destrucción; para los surfistas, un gran reto. El Pororoca es una ola gigante que recorre el Amazonas aguas arriba durante decenas de kilómetros. Sólo se produce en febrero y en marzo. Su próximo “avistamiento” está previsto para hoy, domingo, y mañana. 


Se preparan durante casi todo el año para sobrevivir a sus secuelas. Hasta a los niños más pequeños les enseñan en los colegios cómo es de devastador. El asesino o el monstruo inunda pueblos enteros y anega tierras. Su sonido, hasta media hora antes de llegar, es aterrador; su rugido anuncia la destrucción, tanto que los nativos le llaman desde hace miles de años Pororoca: el gran estruendo destructivo. Esta ola gigante se produce por el choque de las aguas del Amazonas y el océano Atlántico en la desembocadura del río.




Para que este fenómeno natural se produzca tienen que concurrir varios factores: las lluvias y la Luna llena, que dan paso a la subida de la marea y a la presión del océano sobre el río. La gran ola de color marrón, que se adentra decenas de kilómetros río arriba y alcanza hasta cuatro metros de altura, se forma dos veces al año, en febrero y marzo, sólo puede verse durante tres días, una vez por la mañana y otra por la noche.




Sin embargo, desde hace años para los surfistas más experimentados esta indómita pared de agua es un espectáculo del que disfrutar. Picuruta Salazar, de 43 años, es un viejo domador de olas brasileño. Este campeón mundial de long-board montó el año pasado el Pororoca durante 37 minutos y recorrió sobre su tabla 12,5 kilómetros (el trayecto más largo jamás realizado en este deporte). Ahora ha decidido batir este fin de semana su propia marca, ya que está previsto que el fenómeno vuelva a producirse entre el 27 y el 29 de marzo.

Pero llegar hasta el Pororoca, cuyas aguas marrones contrastan con una blanquecina espuma menos densa que la del mar, no es, precisamente, fácil. “Cuando uno va por el Amazonas se siente como en mitad del mar. Parece infinito. No hay nada a la vista, sólo agua y más agua. Al internarse en los bosques que le rodean, el día parece haberse convertido en noche. Los ruidos de los animales se reproducen. Es otro mundo donde nada de lo que aprendes sobre la civilización sirve. Uno se desenvuelve por puro instinto”, asegura Picuruta Salazar. 





Este veterano surfista pocas veces tiene miedo. Ni siquiera teme a este gran río que visto desde arriba parece una gran boa. Y que como todas estas serpientes, para matar primero aplasta a su víctima y luego la engulle lentamente.

Sin embargo, sí tiene miedo al canero –llamado también bagre espinoso o candiru–, un parásito dentado característico del Amazonas. Parecido a un ciempiés, vive de la sangre y se introduce por las cavidades corporales. Una vez dentro, rasga los músculos y chupa la sangre. El único remedio es la cirugía inmediata. Y eso, en mitad de la nada, puede significar la muerte. Pero Picuruta se sobrepone a ese miedo porque el nuevo Pororoca está a punto de aparecer. Mientras, anima la espera recordando cómo en 2003 decidió ir a por la que es conocida como la ola más larga del mundo.




El año pasado empezó a sentir que la rutina le atrapaba, que siempre montaba las mismas olas. Una tarde, después de limpiar el traje que utilizaba para protegerse del frío, decidió acudir a la llamada del destino. Junto a sus compatriotas Carlos Burle y Eraldo Gueiros y el australiano Ross Clarke-Jones, se propuso emprender una verdadera odisea: domar al Pororoca. 


Belleza salvaje. La expedición optó por atacarlo desde el río Araguari, un afluente del Amazonas. Así que enrolados en un pequeño barco pesquero llamado El Dorado iniciaron su aventura. Después, subidos en una lancha fueraborda, se fueron en sus tablas –que son un poco más largas de lo habitual y con un relleno especial que permite que floten más– en busca de la ola. “Es la cosa más absolutamente loca que he visto en mi vida. Es un río en el que se puede surfear. Es realmente bellísimo y muy salvaje”, explica impresionado Clarke-Jones. 




Pero la lancha volcó y los surfistas cayeron al agua. Nadie logró domar al mito y la primera jornada se convirtió en un completo fracaso, ya que el Amazonas lo arrastra todo, tanto que si se introduce una red de pescar se puede sacar desde un neumático de camión hasta un televisor.

No obstante, no se rindieron. Uno a uno volvieron a subirse a sus tablas y tomar el río. Las lanchas les seguían muy de cerca, atentas a cualquier posible desenlace, igual que los cocodrilos que acechaban a esos raros seres montados sobre madera. O las pirañas, que pueden despedazar un buey en menos de ?5 minutos. Estos peces son tan fuertes que incluso pueden vivir mucho tiempo fuera del agua.



Sin embargo, ni a Picuruta, Burle, Gueiros o Clarke-Jones parecía preocuparles. Lo único que les importaba era seguir sobre sus tablas y esquivar árboles, algunos de ellos arrancados de raíz, que se interponían en su recorrido. Los cuatro surfistas se mantenían sobre el agua, como danzando, incluso alguno no pudo resistir la tentación de realizar una pirueta.

Poco después, los domadores iban cayendo, tras haber aguantado todos como mínimo seis minutos. Éste parecía ser el fin de la aventura. Sin embargo, uno de los expedicionarios continuaba sorteando la ola gigante. La mayoría pensó que era Ross Clarke-Jones porque este mito australiano ha surfeado crestas de hasta ocho metros y en 2001 ganó el primer torneo Quicksilver In Memory of Eddie Aikau, una competición que reunió a los 30 mejores surfistas del mundo. No era él, ni Eraldo Gueiros, quien tres años antes había conseguido el récord de montar el Pororoca durante ?7 minutos, ni Carlos Burle. El hombre que estaba logrando domesticar la naturaleza era el viejo Picuruta Salazar. 



“Aquello es el paraíso. El maldito paraíso”, cuenta Picuruta. En ese momento, a punto de conseguir el récord mundial, por su cabeza pasaron algunas personas. Su mujer, sus tres hijos (Caio, Álex y Matheus) y su hermano mayor, Álex. Éste le inculcó el amor por el surf, obligándole a subirse a una tabla y remontar las olas cuando era un crío. O esos niños, de entre tres y 18 años, a los que pretende alejar de la droga y de la delincuencia y que tiene en su centro de acogida en Santos, una pequeña localidad brasileña. Para ellos, Picuruta es su salvador y su héroe. Les proporciona educación y además les enseña a surfear. En Brasil el deporte rey es el fútbol y el surf, el príncipe. “Tenemos muchos campeones mundiales. Nuestras maravillosas playas invitan a correr en el mar, pero no en un río como en el Amazonas”, relata Salazar, que es todo un ídolo en su país.





Récord. Mientras más avanzaba, más peligrosa se tornaba su aventura. Pasaba el tiempo y parecía que nada podía detenerle. De pronto, su cuerpo se estrelló contra el río. Solamente recuerda cuatro brazos que le ayudaron a salir del agua y su sonrisa. Ignoraba el tiempo que había durado su proeza y la distancia recorrida, pero sabía que lo había hecho bien. Mucho más que bien, a tenor del resultado: a lo largo de 12 kilómetros y durante 37 minutos dominó el Pororoca.

Ha pasado un año y Picuruta Salazar tiene otra cita con el destino. La gran y larga ola está a punto de rebelarse. Por un instante, le rondan dos ideas: morir y cometer un error que acabe con todo. Sin embargo, puestos a tener miedo, él prefiere concentrarse en algo más físico, el canero, el pequeño chupasangre.

¿Se imagina usted a sus hijos montando el Pororoca? “La verdad, es que no sé si yo les dejaría cometer esta locura”, concluye el veterano surfista, mientras espera el inicio de una nueva y delirante aventura. 
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