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El fin del Scharnhorst

Mar de Barents, domingo 26 de diciembre de 1943, 7 pm.
La banda de estribor del acorazado Scharnhorst (1) se encuentra bajo agua. Un joven marinero encaramado en un cañón antiaéreo de 20 mm tiene su camisa ensangrentada y respira bajo el dominante olor a sangre, pólvora y combustible en llamas. Aún conserva en el bolsillo de su chaqueta la armónica que tocaba junto a sus camaradas cuando en una cubierta superior impactó la primera granada de 356 del Duke of York.
El tormentoso viento ya viene soplando desde la noche anterior y durante todo el día desde el ángulo suroeste. Los desgarradores gritos de sus camaradas retumban en sus oídos…
El Scharnhorst se desliza lentamente de proa hacia las profundidades del mar hasta que finalmente sus 3 grandes hélices (con sus palas de 5 metros, diseñadas para desarrollar altas velocidades) aún girando moderadamente apuntan al cielo.
De inmediato el buque desaparece de la superficie bajo una fuerte succión…






El Scharnhorst era un buque indestructible, una ciudad flotante, una fortaleza inexpugnable.
El orgullo de la Alemania de Hitler. Sus 21 compartimentos estancos estaban protegidos por acero Krupp, de hasta 350 mm de espesor.

Las turbinas desarrollaban una potencia de 165 mil HP, que podían impulsar el crucero acorazado a una velocidad de hasta 32 nudos, haciéndolo más veloz que toda otra unidad de batalla de su época.

Muchos hombres de mar veían en el Scharnhorst al buque de guerra perfecto, el mejor que jamás haya sido construido. Su dotación no tenía miedo; estaba segura de que volvería sana y a salvo a su patria.

Tenía un halo legendario de “buque agraciado”. Su dotación se veía a sí misma como una elite de la flota de mar alemana, superior a todos sus rivales.



La Misión
En la Navidad de 1943 el Jefe de la Marina de Guerra alemana, Almirante Karl Dönitz, ordenó
a su último gran buque de batalla entonces alistado, el Scharnhorst, de casi 39 mil toneladas
de desplazamiento, al mando del Capitán de Navío Fritz Julius Hintze, a detener un convoy de 19 barcos mercantes ingleses.

Esta codiciable presa transportaba en carga completa unas 200 mil toneladas de munición, vehículos blindados, combustible de aviación y otros elementos de importancia militar.

Pero lo que había sido planificado como la largamente esperada irrupción de la Kriegsmarine en el frente marítimo nororiental, terminó en un desastre.

Apoyados en la decodificación de mensajes alemanes e informaciones de la resistencia noruega, los británicos le tendieron una bien premeditada trampa al Scharnhorst, hundiéndolo en una de las últimas batallas entre grandes buques de superficie en la historia de la guerra naval.

El Escenario

Difícilmente exista una zona más solitaria y desamparada que las aguas en torno a la Isla de los Osos.
Este misterioso peñasco rocoso se encuentra a 240 millas al norte de Cabo Norte, en medio de la infinita nada. Frecuentemente se halla tras mantos de densa niebla.

El mar golpea incansablemente contra la escarpada costa y torna casi imposible un desembarco
en ella.
Al este, el pico más alto se alza verticalmente a unos 500 metros sobre el nivel del mar.

Con los hielos polares acercándose en invierno, la isla es aún más triste, helada e inaccesible.

Durante la Segunda Guerra Mundial transitaban por las inhóspitas aguas entre la Isla de los
Osos y el Cabo Norte, en viajes de ida y vuelta de Gran Bretaña al puerto ruso de Murmansk,
los convoyes mercantes que abastecían de todo tipo de material bélico a las líneas soviéticas
en lucha contra Alemania.

También aquí tenían los submarinos alemanes su más importante y peligroso “coto de caza”. Eran temibles aguas oceánicas. Los marinos alemanes las denominaban “mar del infierno”, los británicos “pista de baile del diablo”.

La batalla de la Isla de los Osos se extendió por un período de 96 horas, comenzando con el avistamiento por los alemanes del convoy mercante británico JW55B el miércoles 22 de
diciembre de 1943, hacia las 11 am, hasta el hundimiento del Scharnhorst a unas 66 millas
al nordeste de Cabo Norte, a las 7.45 pm del siguiente domingo 26 de diciembre.



Las fuerzas en pugna

Del lado alemán, el grupo de batalla integrado por el Scharnhorst y 5 unidades de la 4ª escuadrilla
de destructores fue puesto bajo el comando del oficial de mayor graduación, el
Contraalmirante Erich Bey.

Participaron además de la confrontación del lado germano varios aviones de exploración y 8 submarinos con base en los cercanos puertos noruegos Narvik yHammerfest (2).

A este grupo se enfrentaron al mando del comandante en jefe de la Home Fleet, el Almirante Bruce Fraser, una divisón de combate compuesto por el acorazado Duke of York, de 35 mil toneladas, el crucero Jamaica y varios destructores, además la 10° División compuesta por los cruceros Belfast, Sheffield y Norfolk, y el destructor noruego Store.


Cuando a fines de dicho año los aliados hundieron al Scharnhorst en las heladas aguas del
Océano Ártico frente a Cabo Norte, lograron sobrevivir solamente 36 —promediando los 22
años de edad— de los 1.968 hombres que dotaban este gran crucero de batalla.

Sus 50 oficiales y 35 cadetes navales murieron en su puesto de combate, permanecieron voluntariamente a bordo hasta el final o colaboraron desde el mar al rescate de los sobrevivientes,
como es el caso de un joven teniente, que se quitó la vida en una balsa luego de ayudar al
salvamento de algunos de los cientos de marinos que flotaban a la deriva
.


El hundimiento del Scharnhorst marcó el comienzo del fin de la Marina de Guerra del Tercer Reich, y con ello sus posibilidades para siempre de desafiar seriamente la supremacía angloamericana en el mar.

El Enfrentamiento

Al principio todo salió tan bien como hubieran podido desearlo las dotaciones del grupo alemán.
El convoy JW55B fue avistado varias veces por sus unidades a pesar de la escasa visibilidad, la
noche y las tormentas de nieve.

Los aviones de reconocimiento de gran radio de acción lo localizaron con sus aparatos de radar, y se apostaron submarinos en un amplio arco de reconocimiento que tendría que cruzar el convoy para alcanzar su objetivo; dejaron que pasara el convoy y salieron a la superficie para informar su posición. Con todos estos informes, el grupo de batalla alemán pudo formarse una idea aproximada del curso del convoy.

El Scharnhorst y los 5 destructores navegaban a gran velocidad hacia el punto donde se calculaba que lo encontrarían.

Cuando en la madrugada del 26 de diciembre el Almirantazgo le comunicó la presencia del
Scharnhorst en alta mar, el Almirante Bruce Fraser fijó como objetivo prioritario la protección
del convoy, aun a costa de no lograr la destrucción del navío enemigo.

Por su lado, el comandante alemán no conocía en ese momento con exactitud la posición de los mercantes, habiendo destacado a 3 de sus destructores en su búsqueda.

A las 9.21 am el Sheffield avistó el acorazado alemán a unas 7 millas de distancia. Una vez que los cruceros británicos entraron en contacto con el Scharnhorst, lo mantuvieron mediante su poderoso radar.

En aquellos momentos en que aun con la ayuda de los mejores binoculares no se veía otra cosa
que la oscuridad barrida por la intensa tempestad de nieve, el ojo del radar sería un factor
decisivo de la fase final por venir de la batalla.

El encuentro entre el Scharnhorst y los navíos británicos se desarrolló aceleradamente. Al
principio el acorazado alemán procuró alejarse a unos 30 nudos, aumentando así progresivamente
la distancia con relación a los perseguidores británicos.

De los siguientes párrafos basados en gran parte en los relatos de algunos de los sobrevivientes
de aquella batalla de la Isla de los Osos se desprende el gran temple de una bravía
generación de marinos…

La Fase Final
El Scharnhorst venía luchando contra su fin desde las 4.47 pm, cuando los cruceros Duke of
York y Belfast dispararon las primeras granadas luminosas.

Parte de ella recién comprendió la seriedad dela situación cuando una granada de la batería
de 356 mm del Duke of York perforó la cubiertaacorazada superior y explotó en medio de una
camareta.

Todos los marinos que se encontraban en ella murieron en el acto, salvo uno que sobrevivió aunque envuelto en llamas, pudiendo ser auxiliado a tiempo por sus camaradas.

Fue el principio del fin. El Scharnhorst, que se encontraba entre dos fuegos, con los cruceros
británicos a un lado y el Duke of York al otro, fue alcanzado al menos 3 veces por el fuego de las
piezas de 356 de éste, quedando una de sus torres de 280 inutilizada.

Un impacto bajo la línea de flotación provocó una vía de agua que le hizo disminuir sensiblemente su velocidad. A las 5.30 pm los destructores se lanzaron al ataque, afrontando el fuego del acorazado alemán.

En una de las salas de calderas se había producido una explosión, el eje de una de las hélices
estaba fuera de servicio, los compartimentos de proa estaban inundados, por todo lo cual
la velocidad del buque ya no superaba los 20 nudos.

Después de haberse suspendido por un tiempo el fuego entre ambas partes por la distancia
y la oscuridad reinante, hacia las 7 pm el Duke of York estaba nuevamente a tiro, reanudándose
entonces el fuego. Alcanzado por varias andanadas, el Scharnhorst redujo su velocidad
a tan sólo 5 nudos.

Hacia las 7.30 pm, cuando el Almirante Fraser ordenó el alto el fuego, el crucero acorazado
alemán yacía impotente, en llamas, incapaz de defenderse. Algunas de sus cubiertas inferiores
se habían convertido enteramente en improvisadas enfermerías, con dotaciones de rescate
portando cada vez más marinos mutilados de un lado a otro del devastado navío.

El Hundimiento
A pesar de las destrucciones masivas, al principio cuando el comandante del Scharnhorst
impartió la orden de abandonar el buque la evacuación se desarrolló disciplinadamente.

Apenas se escuchaban gritos. Tendía su mano de despedida a sus hombres que en las cercanías
abandonaban el buque.

Pedía que aquel que llegase con vida a Alemania enviase sus saludos, y contase que todos cumplieron con su deber hasta el final.

Algunos marinos optaronpor quedarse a bordo, “[…] allí donde ellos pertenecían”. Uno de ellos encendió un cigarrillo y se sentó a esperar…

A las 7.32 pm los destructores ingleses Virago, Opportune y Musketeer se abalanzaron sobre
el gigante moribundo, lanzando un sinnúmero de torpedos desde una distancia de unos
2.000 metros, a los que siguieron otros 3 lanzados por el crucero Jamaica.

Muchos dieron en el blanco, por lo que aumentó la escora del Scharnhorst hacia estribor.

Durante casi 3 horas los numerosos buques aliados que habían rodeado al Scharnhorst le
dispararon más de 2.000 granadas y lanzaron contra él más de 50 torpedos, de los cuales
por lo menos 10 dieron en el blanco.

Aunque soplaba un fuerte viento del suroeste, en las cercanías del Scharnhorst la aceitosa
superficie del agua estaba relativamente calma. A una velocidad de unos 5 nudos el navío se
hundió de proa; tras interminables momentos su estilizada chimenea yacía en posición horizontal
sobre el mar.

Cargando grandes masas de agua, de su gran boca elíptica con eje de casi 10 metros sólo emergía el sordo ruido de las turbinas que aún funcionaban.

Enseguida dos grandes explosiones subacuáticas sacudieron el mar, como si fuera un movimiento sísmico, probablemente proveniente de la explosión de calderas, o quizás una reacción en cadena
en la santabárbara provocada por un torpedo.

Era tal la confianza en la invulnerabilidad del Scharnhorst que algunos de los marinos a flote
creyeron reconocer a un buque británico en la mole que desaparecía bajo las aguas, alguno
que hubiese sido hundido por aquél.

Los vencedores no alcanzaron a ver el final del Scharnhorst. Ninguno de ellos supo exactamente
cuándo se hundió el buque enemigo, aunque muy probablemente haya sido en ocasión
de aquellas fuertes explosiones subacuáticas que se percibieron en varias unidades
aliadas a las 7.45 pm.

Cuando a las 7.37 pm el Jamaica había concluido su ataque con torpedos, la artillería secundaria del Scharnhorst aún disparaba a intervalos irregulares. 10 minutos más tarde el Belfast se acercó a toda máquina a fin de asestar el golpe de gracia a la nave alemana y encontró solamente elementos a la deriva, iluminando la escena con bengalas y proyectores.

A las 7.51 pm el Almirante Fraser ordenó a todas sus unidades abandonar el área con excepción
de los buques aún dotados con torpedos y un destructor con reflectores. El Scorpion logró
recoger a 30 sobreviventes, y el Matchless otros 6.

El comandante británico aún no estaba convencido del hundimiento del Scharnhorst, cuando a las 8.16 pm se comunicó telegráficamente con Scorpion pidiendo confirmación de su hundimiento.

Este destructor recién contestó a las 8.30 pm: “[…] sobrevivientes afirman que el Schanrhorst se hundió”.

A las 8.35 pm el Almirante Fraser informó al Almirantazgo en Londres lacónicamente “Scharnhorst hundido”.

La respuesta vino una hora más tarde: “Grand. Well done”. Poco después el Almirante Fraser ordenó suspender la búsqueda de sobrevivientes y ordenó toda máquina en dirección a Murmansk.

Varios centenares de marinos acompañaron al Scharnhorst hacia las profundidades del Ártico.

Pero otros tantos fueron entregados a la muerte, arrastrados por el viento y las olas, luego
de luchar desesperadamente por mantenerse sobre las aguas en salvavidas, en cajas de
madera, en vainas servidas de 280, en cualquier objeto que pudiera flotar.

Aquella noche de diciembre de 1943 la Kriegsmarine perdió 1.932 jóvenes marinos, en cumplimiento de su deber frente a Cabo Norte.

Días después se decía en la radio alemana que “[…] ellos murieron como hombres de mar en lucha contra un enemigo superior en fuerzas.
El Scharnhorst descansa en el campo del honor […]”.

Por su parte, el Almirante Fraser se dirigió a sus oficiales manifestándoles que si alguna vez
se encontraren al mando de un buque que se enfrente a un enemigo varias veces superior
en número, esperaba que se comportaren como lo hicieron los marinos alemanes, que hicieren
maniobrar su buque con la misma habilidad, y que lucharen con sus hombres como lo
han hecho en este día los oficiales del Scharnhorst.

Cuando el Duke of York zarpó de Murmansk con rumbo a Inglaterra, el Almirante Fraser ordenó que arrojaran por la borda una corona de flores en el punto donde se hundió el Scharnhorst.

Saludaba militarmente junto a sus oficiales y la guardia de honor, mientras la última ofrenda se iba hundiendo lentamente en la tumba de los marinos alemanes.

El hallazgo

Los restos del Scharnhorst fueron hallados por una expedición organizada y dirigida por Alf
R. Jacobsen a bordo del H.U. Sverdrup II, bajo el comando del Capitán Jan Loennechen, en
la tarde del martes 26 de septiembre de 2000, a unos 300 metros de profundidad.

En una periferia de varios kilómetros el fondo del mar es llano, una alfombra gris sin protuberancias.

Repentinamente apareció en la pantalla de la computadora un objeto grande, macizo. En
ciertas partes se erguía 15 o 20 metros sobre el fondo, y tenía la forma del casco de un
buque, aunque con contornos irregulares. Estaba partido. La formación principal medía unos
160 metros.

Apartada estaba la parte restante del casco, de unos 60 a 70 metros de largo,
yaciendo en ángulo recto con relación al trozo más voluminoso.

La expedición debió embarcar
luego en el Tyr, un buque noruego dotado de robot sumergible, comandado por el Capitán
Arne Nagell Dahr jr. Con su amplia experiencia en búsqueda submarina el Tyr había prestado
valiosos servicios a militares y civiles.

Transpuesta por el robot la marca de los 270 metros de profundidad, apareció en el monitor
de video una robusta sombra marrón. Era acero. El metal resplandecía casi sin corrosión,
como si recién hubiese salido de la forja. Seguramente era el acero especial Wotan, de Krupp,
colado para el acorazamiento de los buques de la Kriegsmarine.

Era indudablemente el casco del Scharnhorst el que aparecía en pantalla, después de más de medio siglo sin haber sido visto por nadie.

En la popa desde toldilla hasta la quilla se veía un inmenso boquete, por el que debieron
haber entrado en la fase final de la batalla toneladas de agua en pocos instantes.

El cierre oportuno de compuertas estancas habrá retrasado el fin del navío, aunque probablemente a costa de numerosas vidas que quedaron al otro lado de las compuertas…

Las piezas de artillería de mediano alcance, de 150 mm, parecían intactas, como si no hubiesen
entrado en combate. Esto explicaría la facilidad con que se habían acercado los destructores
ingleses, a una distancia no superior a 2.000 metros.

Había torpedos atascados en los tubos de lanzamiento. La torre de telemetría de 10 metros
tenía sus dos brazos ópticos extendidos, como en un grito de auxilio…

En proa, delante del puente, la coraza de 350 mm de espesor estaba en partes hecha jirones.

Las destrucciones allí eran impresionantes. Finalmente surgió orientado hacia arriba
como un inmenso ojo el gran reflector del puente del Almirante, con el cristal aún intacto.
No se encontraban restos humanos; el tiempo había borrado todo vestigio de quienes permanecieron en las partes expuestas del buque.

El Scharnhorst se había convertido en una tumba de guerra, con restos de cientos de valientes marinos en su interior.


link: https://www.youtube.com/watch?v=HcmLjhVDR4w
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