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El Impenetrable, tierra de fe y de trabajo

El Chaco de monte adentro es misterio, es soledad. Es el grito de quienes celebran haber derribado, a unos 30 metros del río, un enorme algarrobo por el que un pesado camión espera. El Impenetrable es desafío, tierra de valientes, pero también de soñadores y de quienes persisten en desarrollarse y luchar contra el clima y las distancias. El Impenetrable, con paisajes naturales increíbles, es el reflejo de un Chaco que tiene una perla natural, por la que miles pagarían lo impagable.




De esas condiciones ideales para el turismo rural y la aventura de jugarse a la producción primaria hay solo un delgado hilo. Por un lado, quienes han logrado hacer las inversiones que el lugar demanda, han alcanzado un desarrollo importante, sobre todo en turismo de aventura.




Pero los antiguos pobladores luchan por subsistir. La organización de comunidades, no solo indígenas sino también de criollos, parece ser la clave para pensar en un posible desarrollo.

Los que solo crían unos pocos animales para la subsistencia, ayudados por los planes sociales por un lado, y por otro quienes pudieron instalar una infraestructura para mejorar su productividad, forman parte del paisaje de la amplia geografía de este Impenetrable que abarca el norte y noroeste del Chaco y que comprende los departamentos Almirante Brown y Güemes.

Este informe pretende ser testimonio de las particularidades de la zona y del trabajo y la fe de las comunidades de Miraflores, Nueva Pompeya y El Sauzalito. El recorrido es largo. Solo hasta Miraflores hay pavimento, y de allí, una infinidad de caminos de tierra, sinuosos, difíciles, con mucha tolvanera, arena y fuertes ondulaciones que ofrecen un escenario muy particular.

Tierra, sol, trabajo y fe





El Impenetrable es una conjunción de tierra, sol, agua y trabajo, y también de fe, fe que motiva y moviliza. El recorrido por las comunidades y los parajes de la zona nos permitió observar que hay quienes tratan de desarrollarse desde lo productivo.




Pequeños emprendimientos que necesitan de mayor asistencia técnica por parte del Estado; que se entienda que los esfuerzos aislados no sirven y que es necesario impulsar una coordinación entre planes nacionales y provinciales, articulados con lo que puedan hacer las municipalidades.

Hay mucha gente que la pasa mal. Y mucho acostumbramiento a ese status quo. Pero no todo es así, porque hay sectores de la comunidad dispuestos a desarrollarse, siempre a partir de la producción primaria.

Con un cercano río Bermejito que está prácticamente seco pero que en épocas de crecida llega hasta el pueblo, en Nueva Pompeya, por ejemplo, se trabaja en la actividad forestal, la cría de ganado menor y mayor, con más presencia cerca de Fuerte Esperanza donde se instalaron grandes establecimientos.

La apicultura, una actividad rentable, también se suma y, hemos visto con orgullo que la comunidad wichí nucleada en la Asociación Comunitaria Nueva Pompeya no quiere seguir mandando los algarrobos que cortan a la orilla del río a las carpinterías de Machagai.

Pidieron ayuda al gobernador Jorge Capitanich para instalar una carpintería en su comunidad con el objetivo de trabajar ellos la madera. Y para eso, jóvenes indígenas ya fueron capacitados para manejar las máquinas. Esa es una buena noticia.

La religiosidad de las comunidades







Diseminados en las localidades y parajes, los templos evangélicos son el centro elegidos por muchos pobladores para encontrarse con Dios. Y conviven con los católicos, que siguen su tarea misionera.

En este contexto, es digna de destacar la tarea del sacerdote Fernando Croxatto, de la Diócesis San Roque, que sigue los pasos del inolvidable “cura caminador” y que, si bien centra su actividad en El Sauzalito, su acción pastoral abarca varias comunidades de El Impenetrable.

Misión Nueva Pompeya, el corazón de El Impenetrable

Desde Miraflores, a través de caminos de tierra, llegamos a Misión Nueva Pompeya, desandando los 139 kilómetros que separan ambas comunas. Allí, está el edificio más antiguo de la arquitectura misionera que aún persiste en el Chaco: la misión.

Esta comuna está ubicada a 487 kilómetros de Resistencia, la capital provincial. “Estamos muy lejos, pero acá la gente es muy hospitalaria, sencilla, enamorada de la vida misma”, cuenta Natalia Flores, una vecina oriunda de Barranqueras, que se casó hace diez años con un docente wichí y vive en esta localidad.

Al mirar el edificio de la misión, inevitablemente uno piensa en lo que significó la evangelización de las etnias indígenas. Pero es muy difícil que los pobladores cuenten alguna enseñanza o anécdota dejadas por sus antecesores a través de la tradición oral.




“La misión ahí está... Mucho no sabemos”, dice Hilaria Supaz cuando le pedimos algún testimonio dejado por sus abuelos. Hilaria, una vecina indígena de Nueva Pompeya prefiere hablar del presente. “Más apoyo, mas ayuda para los chicos, eso queremos”, dice.

Esta comunidad fue fundada por una misión franciscana que llegó a la región hacia el año 1900. El sacerdote Salvador Mazza (de la congregación de los franciscanos) le pidió al gobierno nacional de ese entonces parcelas de tierras en el `Impenetrable’ para fundar una misión.

Según los documentos, el gobierno le concedió 20.000 hectáreas y se produjo el primer y granasentamiento de aborígenes que trajo un gran florecimiento a la zona. El año 1935 fue la etapa de mayor apogeo cultural y religioso.

Fue entonces cuando se construyó un templo, un convento y un colegio con mano de obra aborigen. “Los materiales que se utilizaron fueron los que tenían disponibles en la región; es por eso que las tejas y ladrillos tienen el color de los suelos chaqueños”, dice una crónica.

Con la sequía que azotó a la zona en 1941 la misión fue empobreciendo y terminó abandonada en el año 1949. En 1979 los Hermanos Maristas, instados por monseñor Ítalo Severino Distéfano, obispo de Sáenz Peña, se instalaron en la localidad con el objeto de promoción social y evangelización.

Miraflores, la puerta de ingreso

Luego de pasar por Castelli, el primer destino del equipo de NORTE fue Miraflores. Desde Sáenz Peña a esta localidad hay 170 kilómetros. “Hay muchas historias por contar, pero queremos crecer”, comenta Luis Marini, un comerciante del lugar. Este municipio fue creado en 1992 durante el mandato del entonces gobernador Rolando Tauguinas.

Su población está compuesta en su mayoría por indígenas de las etnias qomlek y wichí, pero también familias de criollos como hijos de inmigrantes forman parte de una localidad que sigue creciendo en número (hoy superaría los 20.000 habitantes contando su amplia zona de influencia hasta lejanos parajes), también en infraestructura y en emprendimientos. Si bien esto no es indicativo de crecimiento integral, sí lo es de un paulatino progreso.

Entre 1912 y 1923 se hizo una gran campaña para desarrollar el cultivo del algodón, y por esa razón, en Miraflores hay muchos habitantes descendientes de europeos. Aún muchos hablan de “el techat”, que significa “el vinal”, en alusión a la abundancia de esa especie forestal, a unos 18 kilómetros de esta comuna.

Allí, en 1981 durante el gobierno militar, 25 familias wichí fueron dejadas luego de ser desalojadas de El Sauzalito y Nueva Pompeya, y confinadas al abandono total.

En 1983, con el retorno de la democracia, recibieron atención médica y se emprendió la lucha contra la tuberculosis.

El Sauzalito: inquietante realidad

A 427 kilómetros de Sáenz Peña, y a 607 de Resistencia, casi sobre el límite con la provincia de Formosa -en la margen derecha del rio Teuco-, está El Sauzalito. De esta comuna dependen parajes cercanos como El Sauzal, Wichí, Tartagal, Fortín Belgrano y Tres Pozos.

Ubicada a 87 kilómetros al noroeste de Nueva Pompeya, es la localidad más poblada del Chaco en función de su superficie: tiene 20.000 kilómetros cuadrados y más de 2.700 habitantes. Sus habitantes originarios son los wichíes. Allí, es impensable no hablar con el padre Fernando Croxatto y conocer su experiencia y conocimientos de El Impenetrable.

El sacerdote se encuentra al frente de una de las parroquias más alejadas que tiene esta diócesis, como lo es la de San Francisco Solano, considerada una de las más importantes teniendo en cuenta la extensión con la que cuenta, unos 245 kilómetros de diámetro, por lo que ocupa y abarca a una vasta zona del impenetrable chaqueño y sus comunidades, aborígenes wichis, criollos y algunos pocos blancos provenientes desde otros países.

Esta importante congregación religiosa de la grey católica, dio inicio a esta trascendental misión en El Impenetrable a principios de 1994. Antes solo se atendía a la gente del lugar cada tanto, desde la parroquia de Juan José Castelli, comenta el presbítero.

Esa dolorosa impunidad





Para Croxatto, “hay acá una realidad que es desafiante, tanto geográfica, social, cultural, política y religiosamente hablando”. Este año la sequía y el estado de los caminos suman a las distancias de siempre una cuota mayor de esfuerzo. En su relato a NORTE, el religioso advierte que tenemos que agregar a esto una dolorosa impunidad frente a la invasión de intereses económicos depredadores del monte, (a la que llama la colonización económica), que tiene atrapados a la gente por la explotación de la ignorancia, de la pobreza y la marginalidad; por la sumisión política a los beneficios adquiridos y el temor de su pérdida.

Los primeros pasos del catolicismo







El sacerdote recuerda que “la misión de quienes llegaron por primera vez a esta casi inhóspita zona fue cuando promediaba la década del ochenta. “Fue un `santo cura Brochero’ llamado Severiano Ayastuy, un marianista de pasión y convicción”, resalta Croxatto. “Y desde entonces el sacerdote comenzó a caminar y vivir en los cientos de kilómetros de espesa selva chaqueña, donde nada era fácil, sobre todo poder llegar hasta las pocas familias que pedían por la presencia de Dios”, recordó. “En la mayoría de las ocasiones tenía que trasladarse a caballo, pese a su avanzada edad, ya que tenía 76 años cuando llego al lugar”, resaltó.

“Dio todo de sí en el tiempo que estuvo en el lugar para, después de una gran labor con los habitantes de la zona, retirarse a los 92 años. Y hace tres que este “santo cura Brochero”, partió al camino del Señor, dejándonos una gran obra para todos los que hoy estamos conviviendo con la gente de esta gran región”, afirma el sacerdote. Asimismo recuerda que luego de la misión de Severiano Ayastuy para enclavar una parroquia en la localidad y luego de su partida llegaron otros tres sacerdotes, también misioneros, que recorrieron otros rincones del inquebrantable monte chaqueño.



















































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