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El “inventor” de la calculadora


El título de este artículo es ciertamente exagerado y, sin embargo, no es descabellado considerar al gallego Ramón Verea como uno de los padres de la modernas máquinas de calcular. Lamentablemente, como en tantas otras ocasiones, el inventor y su máquina viven en la tierra del olvido.

Ingenios para calcular
Desde
los tiempos más remotos la humanidad ha soñado con poseer máquinas
capaces de realizar cálculos complejos y, así, liberar a sufridos
contables y administradores de tener que luchar con grandes sumas,
restas, multiplicaciones y otras operaciones más complejas. La historia
de las calculadoras es tan larga y complicada que dista mucho de ser
algo sencillo de narrar. Se trata de un viaje por la historia de la
ciencia y la técnica plagado de nombres e ingenios de todo tipo, nadie puede atribuirse la paternidad del invento, muchos han sido sus padres. Ya a principios del siglo XVII el alemán Wilhelm Schickard
ideó una especie de reloj calculador mecánico que podría considerarse
como el primer aparato de este tipo conocido. A partir de entonces la
lista de científicos, ingenieros e inventores relacionados con el arte
de las máquinas calculadoras ha sido tan amplia, que se han dedicado
tratados completos a su estudio. Entre ellos, cabe mencionar al ínclito
Blaise Pascal,
que con su pequeño artilugio portátil para sumar logró que el concepto
de calculadora empezara a ser considerado como algo tangible. Más
tarde, gracias a Leibniz, J. H. Müller o Charles Xavier Thomas de Colmar,
entre otros, se perfeccionaron y comenzaron a comercializarse
calculadoras mecánicas de diverso tipo hasta que, llegados ya al siglo
XIX, con Charles Babbage
como principal pionero, los artilugios de cálculo comienzan a tener una
complejidad tan alta que podrían considerarse como verdaderos
ordenadores mecánicos que incluso contaban con sistemas para introducir
datos tan “modernos” como las tarjetas perforadas.
La calculadora de Ramón Verea
En medio de la fiebre por desarrollar la más perfecta máquina de cálculo mecánica, aparece Ramón Silvestre Verea García, nacido en la provincia de Pontevedra hacia 1833, que supera cualquier otro modelo anterior y presenta en Nueva York su ingenio capaz de multiplicar. Lamentablemente, Verea es un tipo “raro”, porque su único interés, como él mismo afirmó, era poder demostrar que un español es capaz de inventar algo sobresaliente, simplemente, pero no puso ningún interés en que tal máquina llegara al mercado.
Una pena, porque si hubiera acompañado su espíritu inventivo con algo
de perspicacia comercial, probablemente hoy sería recordado como padre
de las calculadoras y, seguramente, se hubiera convertido en un hombre
rico. Aunque por su invento recibió una medalla de oro durante una
exposición celebrada en Matanzas, Cuba, llegando a merecer la atención
de Scientific American, fueron otros los que explotaron la idea. Otto Steiger
se encargó de llevar al mercado máquinas calculadoras capaces de
multiplicar cifras de forma directa, sin necesidad de recurrir a sumas,
como lo hacían los ingenios predecesores. Pero el corazón de esta
calculadora había nacido en la mente de Verea y del francés León Bollée, quienes desarrollaron el sistema capaz de tal proeza, mejorando aparatos anteriores como el creado por Edmond D. Barbour.
La vida de un aventurero
Aunque no se conoce mucho acerca de la vida de Ramón Verea, puede afirmarse que se trató de un inquieto aventurero,
una atractiva figura que tras pasar varios años en un seminario de
Santiago de Compostela, abandona el curso de sus estudios eclesiásticos
y decide, en 1855, emigrar a Cuba. En tierras americanas se dedica a escribir novelas y a trabajar como periodista. Una década más tarde viaja hasta Nueva York,
donde vivirá algún tiempo, trabajando en oficios de todo tipo, como
maestro, traductor o comercial de maquinaria de artes gráficas. Puede
que esta última actividad sirviera para, dado su conocimiento de la
tecnología de su época, incentivar su espíritu inventivo que desembocó
en el desarrollo de su calculadora. Sin embargo, no se quedó mucho
tiempo en Norteamérica, puesto que el inquieto Ramón viajó y vivió
también en Guatemala, dejando los Estados Unidos por
diversos problemas políticos relacionados con su postura ante el
colonialismo, dando sus huesos al final en la capital argentina. Será
en Buenos Aires donde fundará la revista El Progreso
y continuará su labor como escritor y periodista hasta su muerte,
sucedida en 1899. El que hubiera podido ser uno de los grandes de la
historia de las máquinas de cálculo, terminó sus días siendo muy pobre,
olvidado y, tristemente, enterrado en una tumba innominada.

Patente 207.918.
Nunca se llegó a fabricar en serie, pero sirvió de inspiración para
otros inventores e ingenieros que dieron vida a exitosas máquinas de
cálculo. Hoy, queda el recuerdo de la inventiva de Ramón Verea en un
documento de sumo interés, a saber, la patente registrada en la Oficina de Patentes de los Estados Unidos el día 10 de septiembre de 1878,
con el número 207.918. Puede obtenerse con facilidad el expediente de
esa patente, documento que demuestra la complejidad de proceso
desarrollado por Ramón, capaz de ser utilizado en máquinas de cálculo
que podían multiplicar a una velocidad considerable. El único testigo
que existe de aquella aventura, además de los documentos de la patente,
son algunas reseñas en revistas de la época y un olvidado prototipo que duerme el sueño del tiempo en la colección de ingenios de cálculo que la IBM posee en su sede de White Plains, Nueva York.
Más información:
En TecOb - El gallego que inventó la calculadora
La Voz de Galicia - Curantes ignora dónde nació su inventor de la calculadora
Engines of Our Ingenuity - Verea’s Calculating Machine (Fuente de la imagen)
Documento de la patente de Ramón Verea, septiembre de 1878
belay - Ano Cultural na Estrada - Ramon Verea?
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