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El libre albedrío no existe pero nos va mejor creyendo en él

Cada vez son más los científicos que consideran que las conductas humanas obedecen a un mecanismo causa-efecto, postura determinista que choca con la creencia de nuestra libertad de elección





¿Acepto ese trabajo precario o me arriesgo a seguir buscando? ¿Le mando a la mierda por haberme engañado o le doy una segunda oportunidad aunque no se la merezca? ¿Vacaciones urbanas o descanso en casa rural? ¿Bañador retro o bikini brasileño? ¿Ensalada o pizza? ¿Sexo en la primera cita o recato?


Para bien y para mal, nos gusta creer que tenemos control sobre nuestras decisionesQue tenemos capacidad de elegir en base a la voluntad y los deseos propios, sin presiones, sin sujeción o condición alguna. Esa idea del libre albedrío ha sido defendida —y también criticada— a lo largo de los siglos desde los campos de la filosofía y la religión, y su aceptación tiene numerosas consecuencias en nuestra vida diaria.


Los códigos éticos, por ejemplo. Se basan en el libre albedrío, ya que confían en la libertad de las personas para elegir su camino y para cargar con la culpa en el caso de que sus opciones fueran las incorrectas. Pero,¿qué pasaría si ese libre albedrío no fuera tal? ¿Si no existiera? ¿Seríamos responsables de nuestros actos si aceptáramos no tener capacidad de elegir? ¿Nos comportaríamos de manera inmoral escudándonos en el determinismo?








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