Canales populares

El "lobby gay" y la homosexualidad



El asalto a la ciencia


Hasta 1973 la homosexualidad estuvo incluida en el DSM (Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders), año en el que fue excluida por una violenta campaña de los activistas homosexuales que empezó en la convención de la APA (American Psychiatric Association) en San Francisco tres años antes. Este grupo, apoyado por algunos doctores de la APA interrumpieron estas reuniones anuales llegando a comparar a los psiquiatras con los nazis y con torturadores, profiriendo amenazas. En la del 73 redujeron las intervenciones de expertos como Socarides, o Bieber y lograron excluir la homosexualidad del DSM por un 58 % de los votos, al aliarse con el grupo de la APA que ambicionaba la presidencia (Robinson-Marmor); no habiendo una clara posición dominante, se trató de una decisión política.

Para acallar las protestas de los profesionales, que deseaban seguir tratando la enfermedad, en 1980 se incluyó una dolencia llamada ego-distónico (homosexualidad pesarosa). Con todo, en 1986 lograrían incluso excluir la pedofilia. No fue, evidentemente, una decisión científica sino una muestra de cómo el auge del activismo de los grupos de presión minoritarios puede lograr efectos políticos favorecedores para ellos.

En realidad, se trata de una alteración del desarrollo psicológico, muy acentuado en los niños y adolescentes, procedente de la necesidad de aceptación por los del propio sexo, que afecta a la seguridad en uno mismo y a la relación con los demás. Las causas van desde abusos sexuales a problemas familiares, tendencia a la sumisión, alto grado de sensibilidad, rechazo, y hasta traumas, como vivir un divorcio o muerte de los padres, fobia social, sobreprotección materna, o alcoholismo, o agresividad paterna.

Las declaraciones de los afectados demuestran el carácter no-sexual de la cuestión, y de cómo puede darse la desviación sexual a través del abuso principalmente. Es un trauma que exige tratamiento: contra el rechazo, el miedo, la autocompasión y la amargura. Requiere el reconocimiento del problema como tal y su separación de la satisfacción sexual.

Por ello, la copia de las estructuras de relación heterosexual (matrimonio, hijos) no sólo suponen un grave riesgo para las demás personas involucradas sino que no pueden ser un paliativo a esa situación. Se trata de curar una herida emocional y de paliar una necesidad sentimental.
Por lo tanto, la aceptación de la homosexualidad como comportamiento “normal y natural” es tan estúpida como el rechazo o el anatema.

Según Socarides, se trata de una "adaptación neurótica que debe ser tratada", pero las terapias reparadoras son rechazadas por numerosas organizaciones. Según el Dr. Robert Spitzer la terapia reparadora "puede provocar sentimiento de culpa y ansiedad sin lograr mejoras o cambios en la orientación de los pacientes".

Además, al ser una alteración (y no una tendencia inscrita en los genes) están más expuestos a la adicción sexual, a otras alteraciones psíquicas, a la adicción a las drogas y al impulso suicida. No sólo las investigaciones de terapeutas como Bieber, Socarides, Nicolosi, Hatteter, Gershman, Hadden, Ellis, Kinsey o Barnhouse, rebaten los principales estudios que propugnan una base genética a la homosexualidad (LeVay, Baglyie-Pillard, Hammer) por faltos de rigor científico, sino que otros realizados por homosexuales muestran una muy grave incidencia en este grupo de la promiscuidad aguda y la infidelidad (hasta un 95 %), el abuso de drogas, el alcoholismo y las enfermedades de transmisión sexual. En un ambiente cerrado como es, no son atribuibles todas las lacras al “rechazo social y la discriminación”.

Lo mismo ocurre con la pedofilia. Los abusos a menores son en buena medida de carácter homosexual, hasta el 80 % en algunos sectores analizados.

De hecho, entre las causas recogidas por las asociaciones de terapeutas y de ayuda, sobre los que abandonan la homosexualidad, las mayoritarias son el dolor emocional, razones espirituales, el deseo de matrimonio e hijos, motivos morales o religiosos, y el deseo de amistad no-sexualizada.

La idea de la homosexualidad genética ha sido implantada políticamente entre la población por los activistas. Ninguna de las áreas que estudian los rasgos innatos (mellizos, disecciones cerebrales y vinculación genética) lo demuestran. Es más, muchos de ellos dan resultados contradictorios, como reconoció el doctor LeVay del suyo propio.

Aunque es muy curioso que ahora que el movimiento obtiene reconocimientos y poder empieza a denunciar los estudios de la genética homosexual para poder extender su fuerza numérica y su contagio ideológico.

Los activistas se han dedicado hasta ahora a descalificar de modo sistemático y rabioso a todos los que les han contestado desde la ciencia: McConaghy, Bieber, Green, Butiglione o Polaino.
Como todo ilegítimo grupo de presión, la meta del movimiento “gay” no es la tolerancia ni el respeto, es la imposición de su ortodoxia de modo dictatorial disfrazada de democracia, socavando los fundamentos de todo orden social. Como los ecologistas, las minorías raciales o religiosas, o las ONG, verdaderas mafias entre el terrorismo y la subversión que aspiran a ser beneficiarias de las subvenciones estatales y obtener poder político sin pasar por las urnas.
Estos activistas ocultan documentos básicos como el “Manifiesto Revolucionario Gay”, publicado por un tal "Michael Swift" (pseudónimo) en 1987 (el título original es el llamado “Gay Manifesto”, ó “Gay Revolutionary” y lo publicó en la revista Gay Community News de Boston (http://tresmontes7.wordpress.com/gay-manifesto-manifiesto-alegre/); otro documento que se emplea como evidencia de una agenda homosexual radical es la Gay Rights Platform, de 1972, que entre otras cosas pide una legislación que termine con la discriminación en el trabajo, que otorgue derechos de adopción, pide la legalización de la prostitución y la abolición de la edad de consentimiento.

El texto del Manifiesto Gay dice así:

“Nosotros sodomizaremos a vuestros hijos, emblemas de vuestra débil masculinidad, de vuestros bajos sueños y vulgares mentiras. Nosotros los seduciremos en sus escuelas, en sus dormitorios, en sus gimnasios, en sus vestuarios, en sus zonas deportivas, en sus seminarios, en sus grupos de jóvenes, en los cuartos de baño de los teatros y cines, en los dormitorios de sus ejércitos, en sus paradas de carreteras, en todos sus clubes de hombres, en los congresos, en cualquier sitio donde hombres estén junto a hombres. (…)”

La carga desestabilizadora de estos movimientos se nutre de la decadencia de la izquierda que parte de la pérdida de las ideas de clase a partir de Mayo del 68 y la adaptación a estos movimientos de ideólogos como Michel Foucault.

En la revista “Regards”, nº 5 de mayo de 2004, dice el militante Eribon:

“La reivindicación del matrimonio, presentada repetidamente como reaccionaria, es, en efecto, más subversiva que el discurso de la subversión. Tiene un efecto desestabilizante del orden familiar, sexual y de género mucho mayor que la subversión embrujadora.”

Esta táctica de criminalizar al contrario y de pervertir el significado de los conceptos para utilizarlos en provecho propio ya fue la estrategia de Lenin primero y de Hitler después, y desgraciadamente los políticos sin escrúpulos la siguen empleando hoy.

Las tácticas

La estrategia de los activistas tiene tres puntales:


* Calificar de homofobia toda oposición, asimilándola además a una forma de “racismo”.

* Aumentar desemesuradamente el número del colectivo homosexual, bien a través de falsos datos, bien con la despenalización de la pedofilia o de la inclusión en la enseñanza (de modo obligatorio) de la homosexualidad como una “opción” (¿no decían que es genético?).

* La creación de un imaginario “mundo-gay” simpático, culto y benéfico a través de los medios de comunicación y las influencias, descartando los aspectos trágicos y sórdidos.


En el primer aspecto, la represión puede llevar a la cárcel en Suecia por leer ciertos pasajes bíblicos, en Francia a través de elevadas multas por un simple chiste, y en España por no permitir en un tablao bailar sevillanas a dos maricas.

La “discriminación positiva” (el “yo sí, tú no” o “quítate tú para ponerme yo”), meta de todos los grupillos de presión, sí es admitida. Ahora la banca JP Morgan y la Goldman Sachs, dos de las grandes mundiales, exigen la condición homosexual en su actual campaña de contratación de ejecutivos.

El aumento falseado del número de homosexuales es hoy el principal caballo de batalla. Ya en 1948, el estudio de Kinsey, “Sexual Behavior in the Human Male”, daba la cifra de 10-47 %. Lo que no decía es que muchos de los encuestados eran violadores, presos, proxenetas, chaperos y otros delincuentes.

No hay tal 10 %. En la última encuesta canadiense hecha en 2003 la cifra fue del 1,4 %. Curiosamente, a medida que aumenta la edad disminuye su número, ya sea por abandono o muerte (SIDA, enfermedades...). En cuanto a España (nombre que evita la FELGT -Federación Estatal de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales -¿acaso son una institución o propiedad del Estado, o es una exigencia de las organizaciones de ideología separatista afiliadas?-), en base a cifras del INE y a los datos del Ministerio de Sanidad, los homosexuales son el 1 % de la población (de un total de 33,5 millones de adultos, casi un 50 % mujeres). Los que declaran contactos esporádicos homosexuales son un 2 % más. El 3 % total (relativo) sería casi de 1 millón, no los 3 o 4 proclamados.

Con respecto a los matrimonios, si sólo existen 10.000 “parejas de hecho” homosexuales, ¿de dónde salen los publicitados 100.000 “matrimonios gays”?, especialmente considerando que el matrimonio supone obligaciones contractuales y convivenciales. En la muy progre Suecia, donde hay un 53 % de divorcios, la probabilidad de ruptura matrimonial homosexual es de un 35 % más que la heterosexual, y la de lesbianas el triple. La Naturaleza es sabia.

Lo que de verdad pretende el “lobby gay” es la subversión social, un atentado contra los principios de naturaleza y sociedad que se rigen por el sentido común y la humanidad de los ciudadanos. Todo ello en nombre de los “derechos humanos” y la “igualdad”. Lo que esgrimen todos los grupos de presión minoritarios. Y con fines de normalizar la degradación y rechazar toda objetividad antropológica, sociológica, psicológica o cultural.

En el tercer aspecto, el de la creación de un maravilloso imaginario-gay, los medios de comunicación tienen un papel fundamental. Si el lobby-gay ya dominaba de modo tiránico ciertos sectores de la música, en el mundo de la TV ha entrado a saco. Es difícil encontrar un presentador que no lo sea. Y en casi todas las series hay un personaje gay, simpático y bueno.
El terreno no era baldío, lo habían preparado las películas made in Hollywood, interpretadas por conocidos actores (heterosexuales o no) afines al lobby: “Priscilla, reina del desierto”, “La jaula de las locas” o “A Wong Foo, gracias por todo” y otras donde se propagaba una imagen del gay, entre víctima y élite instruida y exquisita, que poco o nada tiene que ver con el mundo de vicio sexual desenfrenado y de tragedia personal, que constituyen su realidad.



La relación de la homosexualidad con la pedofilia es el siguiente caballo de batalla del “movimiento gay”. Ya hace muchos años que una Asociación de Jóvenes Homosexuales de Barcelona solicitaba la despenalización de la pedofilia. Ahora un partido holandés llamado “Amor, Libertad y Diferencia” (NVD) lo solicita. Reclaman, en un principio, rebajar la “edad del consentimiento” (y del consumo de alcohol y tabaco, el voto y la participación en películas pornográficas) a los 12 años, y después abolir el límite.

Este es un mundo al revés, un mundo aberrante. La norteamericana APA pone en su oficina homosexual a gays hostiles a las terapias de tratamiento y recuperación.

La propaganda, como todos los movimientos subversivos saben (del comunismo al fascismo, de los ecologistas a las ONG, de los defensores de las minorías a los nacionalistas), es más poderosa que el análisis y la compleja realidad. Pero los datos están ahí: el informe de la doctora Judith A. Reisman afirma que hay una estrecha relación entre homosexualidad y pedofilia, y que los programas escolares sobre la “diversidad y tolerancia sexual” y el hedonismo pornográfico imperante la impulsan. Se basa en sus dos estudios científicos: “Niños homosexuales producto del artificio: una investigación del maltrato de la juventud vulnerable a través del sistema de los medios de comunicación y del aula escolar” y “El lenguaje seductor como reflejo de la orientación sexual masculina”. En ellos acusa al doctor Kinsey de iniciar esta problemática aceptación. Estos estudios basados en estadísticas gubernamentales revelan que, mientras el maltrato infantil en heterosexuales había sido de un 9 %, en homosexuales había sido de un 24 %.
No sólo los estudios de Reisman reflejan cifras alarmantes en cuanto al maltrato infantil en homosexuales, los resultados según otros estudios son:

36% (Journal of Sex & Marital Therapy, K. Reund et al., 1984).
33% (Eastern Psychological Assoc. Convention, Nueva York, Dr. Raymond A. Knight, 1991).
42% (Journal of Interpersonal Violence, W. L. Marshall et al., 1991).
60% (Psychiatric Journal, University of Ottawa, J. W. Bradford et al., 1988).

El grupo de presión gay

Por lo tanto creemos que el problema de la homosexualidad proviene de un grupo de presión militante que manipula y pervierte su significado, por una negación del sufrimiento emocional que, en la gran mayoría de los casos, supone estar expuesto a esta perversión y a la negativa a considerarla como tal y CURARLA psicológicamente, yendo al hecho traumático que lo provocó (como el acoso escolar del que tanto se habla ahora).

El rechazo o el apoyo militante sobran, como en el caso del resto de los grupos de presión, manipuladores e ilegítimos. Y por último la enorme carga subversiva y antihumana de las metas del movimiento de activistas homosexuales.
0
0
0
0No hay comentarios