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el maquiavelico arte de gobernar y las bibliotecarias sexys

































Una vez más, Herder nos sorprende con la publicación de un nuevo manga: esta vez sobre la inmortal obra de Maquiavelo, El Príncipe, que se une a los ya existentes sobre Zaratustra (Nietzsche) y la Divina Comedia (Dante). Una oportunidad única para acercarse a los dictados maquiavelianos más importantes de forma amena.
En 1520 Maquiavelo escribía el Discurso sobre los asuntos de Florencia después de la muerte de Lorenzo de Médicis el Joven. El texto corresponde a un memorándum sobre la inestabilidad política de la ciudad italiana, que había vivido continuos trastrueques de gobierno desde el siglo XV.



Para intentar explicar estos desórdenes, Maquiavelo es elegido como antiguo diplomático internacional: su reflexión, pues, gira en torno a un objeto político preciso. Nuestro pensador llega a conclusiones muy interesantes por lo que toca a nuestra actualidad: la inestabilidad florentina no es resultado de malas intenciones de sus gobernantes. Cualquier sistema puede funcionar, afirma Maquiavelo, siempre que se ajuste a las condiciones de su tiempo y posea una coherencia determinativa interna. Florencia no albergó nunca un Estado en sentido propio, sino una mixtura de administraciones que dejaban su eficacia al amparo de la calidad de sus gobernantes.

Maquiavelo explica en el Discurso mencionado, así como en El Príncipe, que en Florencia existen ciertos sectores que se han hecho con el poder, pero ninguno tan fuerte como para constituir su monopolio. Se da, en paralelo –lo que me parece capital para entender nuestra crisis actual–, una indistinción fatal entre lo público y lo privado. En uno de los textos leemos: «existía, además, en aquel Estado otro desgobierno de no menor entidad, como era el que las personas particulares formaran parte del consejo de los asuntos públicos, lo que mantenía la reputación de los particulares minando la de los hombres públicos, la autoridad y la fama de los magistrados, cosa que va en contra de todo ordenamiento civil». ¿No se asemeja este tipo de relación a la que alude Maquiavelo, a la que se da en la actualidad entre el Estado y el sector empresarial?

Nuestro pensador cobra consciencia de un asunto aún más grave; el texto anterior prosigue de esta manera: «a estos desórdenes se sumaba otro más que comprometía a todo el resto: que el pueblo carecía de representación allí dentro».

El problema fundamental que Maquiavelo detecta es que los regímenes anteriores (todos imperfectos) han sido reformados no para satisfacer al bien común, sino para asegurar y mantener en el poder a alguna facción en particular. Ahora bien, tal situación solo crea la división de la sociedad y, a la vez, siempre se dará el hecho de que alguna de aquellas facciones perviva descontenta. Descontenta de sí y del régimen de gobierno imperante. Así, lo público no es más que una continuación de lo privado.

Sobradamente conocidas son algunas de las tesis maquiavelianas presentes en El Príncipe, todas presentes en el manga de Herder. Por ejemplo: la debilidad es el mayor riesgo en política, que acaba siempre por derivar en conflictos civiles. Donde no existe el temor hacia el Estado, los hombres albergan la tentación de aniquilar a los otros, a los que no son como ellos, sus semejantes. Maquiavelo denunciaba que el gobierno de los Médici era casi doméstico, familiar; vean si no encuentran alguna similitud con las distintas aristocracias que ahora merodean cerca del poder político en España: no me refiero a la duquesa de Alba, ni siquiera a Francisco Rivera ni a Iñaqui Urdangarin, que merecerían capítulo aparte, sino al sector empresarial. Nos hallamos ante el peligroso dualismo –cada vez más monismo– de la política y el poder: sabemos muy bien que, por ejemplo, en nuestro país el poder económico solo financia generosamente a aquellos partidos políticos que defiendan sus intereses.



Sin entrar ahora a considerarlos, Maquiavelo distingue seis modelos políticos: tres pésimos y tres buenos. A los tres primeros se contraponen tres óptimos… internamente corruptibles. Existe una única dinámica básica. Lo importante es que se mantenga la tensión entre unidad y corrupción. Los buenos son tan fáciles de corromper que pueden convertirse en cualquier momento en regímenes perniciosos, lo que ha servido para tildar el pensamiento de Maquiavelo como un pesimismo antropológico radical, donde el punto básico se sitúa en la dicotomía conflicto/descomposición.



La clave, precisamente, se halla en el movimiento de esta descomposición. La destrucción de un modelo está ya, vive en la misma estructura de tal modelo: su corruptibilidad es una potencia muy real. Miren, también, si no les suena esto a todo aquello que promete una y otra vez el gobierno de turno (políticas sociales, la no reducción de las pensiones, pleno empleo, aumento de becas para estudiantes, etc., etc.).
Cualquiera que sea el modelo lleva en su seno la posibilidad de su propia corrupción… Tal es condición de la existencia: virtud y vicio son extremos que se tocan.




























































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