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El origen de las fiestas religiosas



El origen de la Navidad
La celebración de la Navidad surgió de la influencia de las fiestas paganas en honor del dios Sol

Desde hace miles de años la festividad que hoy conocemos como Navidad ha sido de vital importancia en las más diversas culturas. Para las sociedades precristianas esta festividad representaba el nacimiento del Sol, deidad central en la mayor parte de las civilizaciones antiguas.

El sol era un elemento fundamental en la cultura de las primeras sociedades agrarias ya que, gracias a el, las cosechas renacían en primavera. Pero el inicio de ese ciclo vital se producía durante el solsticio de invierno –21-22 de diciembre–, el momento en que los días eran más cortos y era necesario elevar las plegarias al cielo para que el astro rey propiciase el crecimiento de los cultivos.

Así pues, caldeos, egipcios, persas, sirios, fenicios, cananeos, griegos, romanos e hindúes, además de las culturas orientales y las precolombinas, celebraban en diciembre el nacimiento de su dios solar para representar los ciclos de la naturaleza.

No es de extrañar pues que la nueva deidad cristiana –Jesucristo– se sumase a los conocidos dioses solares Osiris, Horus, Apolo, Mitra o Dionisos. Y tampoco es casualidad que la fecha de la Navidad se estableciese en el mismo día que los romanos festejaban el “Sol Invictus”, el Nacimiento del dios Sol Invencible.

Entre estas creencias paganas festejadas en el solsticio de invierno, existían algunas que guardaban una especial similitud con la actual celebración de la Navidad y de las cuales recogió ésta muchos elementos.

El dios Mitra, adorado en Irán desde el año 1000 a. C., cargaba con los pecados y expiaba las culpas de la humanidad. Muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, Mitra había nacido de una virgen el 25 de diciembre, en una gruta, y había sido adorado por pastores y magos. En vida curó enfermedades y propició milagros, también fue perseguido y muerto, y al tercer día resucitó.

En Grecia el culto a Dionisos se repartía en cuatro festividades. Dos de ellas en el solsticio invernal y otras dos en primavera. Las primeras marcaban el nacimiento de la deidad y las primaverales establecían la resurrección de la naturaleza. Este ciclo sería el que años después adoptaría el cristianismo para situar el nacimiento de Cristo en diciembre y la Pascua de Resurrección en primavera.

Los romanos por su parte celebraban también las Saturnalias, fiesta en honor a Saturno establecida desde el año 217 a. C., que se caracterizaba por sus festejos y banquetes. Las clases sociales se abolían y los señores servían a los esclavos, las actividades públicas cesaban al igual que todos los oficios, y se estableció la costumbre de intercambiar presentes. Es obvio que estas características fueron absorbidas por el naciente culto cristiano.

También el antiguo Egipto influyó con sus aportaciones a la Navidad. La diosa Isis quedaba embarazada milagrosamente en el mes de marzo y daba a luz a su hijo Horus a finales de diciembre. Éste era una divinidad muy relacionada con el Juicio Final, ya que era quien presentaba las almas ante su padre, Osiris.

Pero de todas ellas, la más importante era la mencionada “Sol Invictus” que además de en Roma, era celebrada también por los pueblos celtas. Estos últimos ofrecían sacrificios a los dioses y según la tradición druida se colgaban cabezas de oso –o de guerreros enemigos– en el árbol sagrado que luego constituiría el famoso árbol de navidad.

Mientras, en Roma, el 25 de diciembre, cuando las noches eran más largas y frías, se rendía culto al dios sol, representado por un recién nacido, para pedir un nuevo año de luz y calor. La Iglesia aprovechó las similitudes festivas para promulgar la importancia del nacimiento de Dios.

Era lógico que el nacimiento de Cristo se estableciese en esta fecha, igualándose en tradición y pompa a las más conocidas fiestas paganas, de las que sin duda, tomó muchos de sus elementos. Pero esta datación no sucedería hasta el siglo IV tras años de disputas y controversia entre las distintas iglesias cristianas.

¿Nació Jesús un 25 de diciembre?
La elección de una fecha para celebrar el nacimiento de Cristo provocó enfrentamientos durante años

En el siglo II los cristianos todavía no celebraban el nacimiento de Cristo, sólo se conmemoraba la Pascua de Resurrección. Pero durante el siglo siguiente comenzó a tomar fuerza la idea de celebrar también el nacimiento del Hijo de Dios. La tarea era complicada, ya que los Evangelios no aportaban datos suficientes, y en el antiguo Oriente era muy extraño que los padres recordasen la fecha de nacimiento de sus hijos o parientes.

Clemente de Alejandría (150 – 215) propuso la fecha del 25 de mayo, la más coherente con los textos bíblicos, pero el papa Fabián (236 – 250) establecería como sacrilegio el intentar fechar el nacimiento del Nazareno. Tras años de disputas comenzó a extenderse la idea de que Jesús debía haber nacido en el mes de marzo.

Tal suposición se apoyaba en el Evangelio de Lucas: “Había en la región unos pastores que pernoctaban al raso....”, ya que si los pastores cuidaban los rebaños y dormían al raso debía tratarse de una noche de primavera. Era imposible, por las lluvias y el frío del invierno, que en Belén los pastores estuviesen con su ganado en el mes de diciembre.

Otras Iglesias cristianas no católicas fijaron la conmemoración de la Navidad el 6 de enero, ya que sí era posible que Jesús hubiese nacido en esa fecha si se situaba su nacimiento en Oriente Medio, en vez de en Judea, donde el tiempo era más cálido en enero. Con el mismo argumento, las Iglesias orientales, egipcias, griegas y etíopes fijaron el natalicio el día 8 de enero. Eutiquio, patriarca de Alejandría, todavía defendía este argumento en el siglo X d. C.

Argumentos aparte, las fechas del inicio de enero, fueron las primeras en las que se celebró la Navidad. En esta decisión, sin duda, tuvo mucho peso el hecho de que en la Alejandría egipcia –cuna en muchos aspectos de la doctrina cristiana– se celebrase en esos días el festival en honor a la diosa Isis y el nacimiento de su hijo Aión, personificación de Osiris. La celebración incluía vigilias y plegarias, tras las cuales los fieles bajaban a una cripta donde retiraban la estatua de un recién nacido con marcas de una cruz en la frente, manos y rodillas.

Pero nuestra actual celebración de la Navidad el 25 de diciembre no tuvo lugar hasta el siglo IV. Los mitos solares ya habían sido identificados con el nuevo salvador cristiano, y dado que la tradición romana había asimilado el culto al dios Mitra, y celebraba el nacimiento del Sol en esa fecha, Jesús habría de nacer en el mismo momento que todos los dioses solares lo habían hecho, durante el 24-25 de diciembre, en medio del Natalis Solis Invicti romano.

El primer texto que relaciona la natividad de Cristo con la festividad romana, del escritor romano Cipriano relata:

“¡Oh, que maravillosamente actuó la providencia, que en el día en el que nació el Sol... Cristo debía nacer”

La fecha se tornó inmutable bajo el pontificado de Liberio (352-366) y se oficializó con el papa Julio I, en el año 345. Casi dos siglos después, en el año 529 el emperador Justiniano declaró la fecha como día festivo. Con la instauración de la navidad se recuperó en occidente la celebración de los cumpleaños, aunque en muchas parroquias europeas no se comenzaron a registrar las fechas de nacimiento hasta la Edad Media.

En cualquier caso, y aunque la fecha ya hubiese sido fijada, las especulaciones continuaron durante siglos. El papa Juan I (523 –526) encargó una investigación al monje Dionisio el Pequeño, que concluyó que la fecha era exacta y correcta. De aquí derivó que la edad de Cristo a su muerte era de 33 años, dato confirmado erróneo con posterioridad, ya que Jesús nació en el año 7 o 6 a. C. De la fecha exacta no existen aún hoy indicios relevantes.

En un principio la festividad navideña tuvo un carácter humilde y campesino, pero a partir del siglo VIII comenzó a celebrarse con gran pompa litúrgica, al igual que en la Iglesias orientales, aunque estas mantuvieron y mantienen la festividad del nacimiento de Cristo el día 6 u 8 de enero.

Hannukah, una fiesta judía
En diciembre, el tercer mes del calendario judío, se celebra el Hannukah, una fiesta que recuerda la independencia del pueblo hebreo

Esta festividad comienza el día 25 de diciembre (tercer mes del calendario judío) y dura ocho días. También se la conoce como la fiesta de las luminarias.

El Hannukah contiene aún hoy elementos que datan del siglo XVII a. C. Por aquel entonces sucedieron los hechos que recoge el A.T. en el libro de los Macabeos.

Los judíos, siguiendo a los hermanos Macabeo, se rebelaron contra el poder sirio al que vencieron, pero su templo fue destruido. Cuenta la historia que solo quedaba en el templo arrasado un poco de aceite que permitiría que la lámpara no se apagase durante una noche. Pero el aceite duró ocho días.

En este hecho se basa la fiesta del Hannukah. Los judíos conmemoran esas ocho noches en las que el pueblo consiguió abolir al poder opresor. Por eso es tan importante el simbolismo de las velas y el aceite en la religión judía.

Durante los días de la celebración se encienden ocho velas (una por noche) que se colocan en una lámpara. Todas las casas brillan con estas luces situadas en las ventanas, puertas o exteriores.

El aceite adquiere una importancia especial para la cocina. Los platos y postres tradicionales de esta festividad rezuman el aceite de su fritura.

Una curiosa tradición de esta fiesta es un juego llamado dreidel. Niños y adultos juegan con un trompo de cuatro lados apostando un número determinado de monedas, que simbolizan el dinero que los macabeos acuñaron tras su victoria, en el primer estado independiente judío.

El principio de año, dada la diferencia de los calendarios, se celebra en el mes de septiembre. El año nuevo judío comienza con diez días de expiación penitencia, tras los cuales remata la festividad en el día más importante de la religión hebrea, el Yom Kipur.

El día de año nuevo - Rosh Ha-shaná- se hace sonar un cuerno de carnero para invitar a la gente al arrepentimiento. La gente, en la antigüedad, con frecuencia en año nuevo, hacía ruido para así ahuyentar a los demonios; los judíos transformaron esta práctica en hacer sonar el cuerno para prefigurar el momento en que Dios destruiría al demonio en el mundo, “sopla el cuerno del carnero y ven con los torbellinos”. En ese momento, se dice en los versos supremos, que Dios reinará sobre toda la tierra, puesto que es ahora el rey de aquellos que lo aceptan en un compromiso que se renueva con la llegada del nuevo año.

Samaín, el origen de Halloween
La fiesta de difuntos se ha extendido con distintas connotaciones a diversos países, pero el origen de las conocidas calabazas iluminadas se halla en el mundo celta.

Una de las festividades celtas más conocidas, era la celebración del nuevo año en la noche del 31 de octubre (según nuestro calendario actual), llamada Samaín (Shamhaín). Se trataba de una fiesta en honor a los muertos, coincidiendo con el paso de la estación otoñal al invierno, y la recogida de la cosecha.

El pueblo celta, con profundas creencias religiosas basadas en la inmortalidad del alma, procuraba honrar a sus difuntos, y así, en esta fecha, una tradición de tiempos inmemoriables, unía el mundo de los vivos y el de los muertos.

En la noche del cambio de estación, los muertos volvían a visitar a sus parientes y eran honrados en las mesas familiares con opulentas comidas, alumbradas por fuegos sagrados preparados a tal efecto. También las hogueras resplandecían por los alrededores, con el fin de guiar a los antepasados a sus antiguos hogares.

Pero también era una noche de temores. Durante esas horas la puerta entre el mundo de los vivos y el Inframundo se hallaba abierta. Los celtas creían que un hechizo enemigo podía hacer que los vivos franqueasen tal barrera, y quedar atrapados en el mundo oscuro sin poder regresar. Por ello alejaban las malas intenciones de sus enemigos, colocando calaberas vaciadas e iluminadas en sus ventanas.

De esta antigua tradición se conserva la costumbre de vaciar calabazas e iluminarlas con una vela, así como en algunas fiestas derivadas del Samaín (Halloween), los niños son obsequiados con dulces en su recorrido por las viviendas vecinas, en representación de los muertos que buscan a sus parientes vivos.

La influencia cristiana, hizo que la festividad derivase en la celebración de “Todos los Santos”, que en Estados Unidos se celebra hoy como el Halloween, exportado –probablemente desde Irlanda- durante el siglo XIX.

¿Quienes eran los reyes magos?
La tradición sobre los reyes magos tardó siglos en forjarse tal y como hoy la conocemos

“Por entonces unos sabios de oriente se presentaron en Jerusalén... Se pusieron en camino, y la estrella que habían visto en Oriente los guió hasta donde estaba el niño... Abrieron sus tesoros y le ofrecieron como regalo oro, incienso y mirra... y regresaron a su país por otro camino.”

Aunque tradicionalmente se había considerado que los magos provenían de Persia y eran sacerdotes del antiguo culto de Zoroastro -Zarathushtra–, esta cita del Evangelio de San Mateo era toda la información que se poseía en el siglo III sobre los magos de Oriente.

¿Cómo sabemos entonces que los magos eran tres, sus nombres, su edad o su raza? Los datos del texto bíblico eran tan escasos, que la tradición tuvo que recrear, a través de los siglos, la legendaria historia de estos personajes.

Existen algunas representaciones artísticas de los magos –del siglo III– en las que sólo se mostraba a dos varones, que más tarde se convertirían en cuatro. La evolución fue rápida. En pocos años, las escenas de la adoración de Cristo incluían seis, ocho o diez magos. Para los cristianos armenios, los magos habían sido doce, y para los coptos, sesenta.

A pesar de la controversia, la tradición cristiana occidental propuso que los adoradores habían sido tres. Esta idea tomó fuerza gracias al pensador Orígenes, que defendía que los tres regalos citados en el Evangelio señalaban la existencia del mismo número de individuos.

Hasta este momento se había considerado a nuestros personajes como magos, siguiendo el Evangelio, pero esto también habría de cambiar. Basándose en un texto de los Salmos que rezaba: “los reyes de Tarsis y de las islas le ofrecerán sus dones, y los soberanos de Seba y de Saba le pagarán tributo...”, Tertuliano (ca. 160 – 220) afirmó que los magos eran Reyes de Arabia y Saba, en Oriente.

En el Evangelio armenio del siglo IV aparecen por primera vez sus nombres. Melkon como rey de los persas, Garpar como el rey de los indios y Baltasar, el rey de los árabes. Así pues, los desconocidos magos provenientes de lejanas tierras, adquirieron además de nombre propio, un nuevo linaje real. Dejaron de representarse en los templos como sacerdotes de Zoroastro y comenzaron a portar la corona real.

La leyenda aún no estaba completa. Beda el Venerable (673 – 735) se atrevió a otorgar a los reyes algunas cualidades más:

“Melchor, un anciano de larga cabellera cana... ofreció el oro... Gaspar, joven, imberbe, de tez blanca y rosada, honró a Jesús ofreciéndole incienso... Baltasar de tez morena, testimonió ofreciéndole mirra...”

A finales de la Edad Media, algunos comentaristas como Petrus de Natalibus, aportaban las edades de los reyes, 60, 40 y 20 años respectivamente. El más joven, Baltasar, que siempre había sido blanco, cambió de color en el siglo XVI. La nueva apariencia se debió a que la Iglesia, por motivos evangelizadores, decidió identificar a los reyes con los tres hijos de Noé y las tres razas que poblaban el mundo en Europa, Asia y África.

La leyenda de los enigmáticos magos siguió creciendo, aún más, con el paso de los siglos. Tras despedirse del Niño Jesús, se convirtieron en viajeros hasta llegar a la India, donde el apóstol Santo Tomás les habría bautizado y nombrado obispos. Dedicaron el resto de su vida a la evangelización y a su muerte, fueron inhumados en un mismo sarcófago.

Según diversas tradiciones, la emperatriz santa Elena, encontró sus restos en Saba –cerca de la actual Teherán–, y los trasladó a Constantinopla. De esta ciudad fueron enviados a Milán. En el año 1164 la ciudad fue saqueada y las reliquias viajaron a Colonia, donde en el siglo XIII se construyó una catedral en su honor.

Los supuestos restos se encuentran en una urna de oro y piedras preciosas del siglo XII. Pero en este punto existe controversia. Un siglo después Marco Polo aseguraba que en Saba se veneraban sus cadáveres incorruptos.

Desde el reciente siglo XIX los niños escriben cartas a los Reyes Magos, quienes les premian con regalos. El último dato que conocemos es que en 1903, el cardenal de Colonia devolvió a Milán una parte de los huesos de los supuestos Magos que, según la tradición aún conservan sus coronas. Quizás la leyenda aún no haya terminado de forjarse.

Kwanzaa, una fiesta afroamericana
El Kwanzaa es una celebración africana que tiene lugar entre el 26 de diciembre y el 1 de enero, y conmemora las tradiciones de la población afroamericana.

Esta importante celebración tiene su origen en la costumbre de reunirse alrededor de la primera cosecha del año. Este hecho, común a muchos pueblos indígenas, para celebrar la llegada del alimento, cobra un cariz singular en el kwanzaa.

Es una festividad social, de reunión, de comunidad. Las poblaciones afroamericanas se reúnen para renovar la fidelidad en sus valores ancestrales. Pero no es un hecho genérico, son siete principios concretos sobre los que estas comunidades asientan sus creencias y por ello es preciso recordarlos cada año. Estos siete valores –Nguzo Saba- son la base de la tradición festiva y tiene su día propio de celebración dentro del kwanzaa:

1. Principio de unidad en la familia, la comunidad, la nación y la raza (Umoja).
2. Principio de autodeterminación de la propia vida, de libertad de elección (Kujichagulia).
3. Trabajo colectivo, responsabilidad y solidaridad (Ujima)
4. Economía de cooperación comunitaria (Ujamaa)
5. Importancia de la creación de comunidades afroamericanas para preservar la cultura (Nia)
6. Creatividad artística (Kumba)
7. La fe en la cultura, su historia, su lucha y sus gentes (Imani).

La simbología de estas celebraciones es muy rica. En un escenario de kwanzaa encontramos por ejemplo una esterilla de paja que simboliza los cimientos sobre los que descansa la comunidad, siete velas que representan los siete principios, frutas y verduras que representan el trabajo comunal y la cosecha, mazorcas de maíz que simbolizan a la familia y los hijos (una por cada hijo), una copa que es la unidad del pueblo y cómo no, los regalos que los hijos reciben de sus padres como fruto de su trabajo.

La citada copa se utiliza para brindar entre las familias, pero además contiene un curioso ritual. Parte del líquido que contiene se vierte en el suelo hacia los cuatro puntos cardinales para recordar a los ancestros antes de beber.

Ya hemos dicho que la celebración dura siete días dedicados (uno cada día) a los principios o valores de la comunidad. Aún así todos los días se realiza un llamamiento a la unidad que consiste en la repetición por parte de la asamblea del término harambee. Cada una de las repeticiones se dedica a un principio.

También todos los días se enciende una vela de distintos colores. La negra representa a la unidad, es la primera que se enciende y se coloca en el centro de las demás.

El 31 de diciembre es un día importante para estas comunidades. Se celebra el Karamu. Es una fiesta comunitaria que incluye una comida y un festival cultural.

Y como no podía ser de otra forma en estas fechas, también existe la tradición de los regalos entre los participantes. El último día del Kwanzaa se reparten los presentes en señal de recompensa a los logros conseguidos por los miembros de la comunidad.

La celebración finaliza con una reflexión conjunta y en silencio sobre los deseos para el año entrante.
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