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El pequeño teatro kirchnerista


Por Martín Rodríguez
Néstor y Cristina supieron hacer “puente” entre la minoría que los vota con el corazón y la mayoría que los vota con el bolsillo. El problema surge cuando no distinguen una cosa de la otra.

Distinto a otros populismos regionales como el de Venezuela, Bolivia o Brasil, el kirchnerismo no es la organización de una “mitad más uno”, sino el ordenador de una minoría sólida en la política argentina. Eso aportó tras las crisis: la organización de una minoría en una fragmentación que se mantiene. ¿Tuvo mayorías? Sí y no. Pero no tuvo la vaca atada de la mayoría como el peronismo histórico o los ejemplos regionales.

Néstor y Cristina supieron hacer “puente” entre la minoría que los vota con el corazón y la mayoría que los vota con el bolsillo. El problema kirchnerista es cuando no distinguen una cosa de la otra. Por eso cuesta tanto encontrar “el candidato propio”, porque los kirchneristas “puros” no distinguen “una cosa de otra”, es decir: cuando le hablan a la minoría, creen que le hablan a la mayoría. Se les representa un pueblo en la militancia, en las organizaciones sociales, en ese pequeño teatro donde se ajusta una visión de la historia y la patria. Y eso quizás explica por qué Scioli en este momento es el candidato más firme del FPV: porque es un político de mayorías. Un político anclado en los medios y la popularidad clásica.

Scioli pertenece desde siempre al FPV y desde siempre un sector duro del kirchnerismo lo resiste. Dicen: Scioli mide menos que el kirchnerismo, Scioli no le suma al kirchnerismo, Scioli es “el otro” ideológico encubierto. ¿Y qué es Scioli? Fue “usado” demasiadas veces (2003, 2007, 2009, 2011, 2013) y por su estilo conservador pagó el precio de su popularidad. Pero si el kirchnerismo solo tiene “30 puntos”, si Scioli es menos que eso, ¿por qué entonces mide? ¿De dónde sale eso que mide? ¿Quiénes votan a Scioli? ¿Es tan solo una operación de encuestas? No está revelado el misterio. Hipótesis al voleo: entre la supuesta minoría kirchnerista que concentra el 30% y la potencialidad electoral de Scioli que hoy también podría arañar ese tercio, tiene que haber alguna interferencia. Mi opinión es que Scioli mide por la suma, ergo: ni el kirchnerismo puro ni Scioli tienen cada uno, por separado, ese tercio. Están obligados a sumarse.

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No hay análisis kirchnerista que se saltee su cita con la “centralidad presidencial”, con “quién pone la agenda”, y otras afirmaciones que avivan el fuego de Cristina. En la misma lógica se repite que la “oposición no existe”, que está atomizada, que los une el espanto, que son la derecha, que son cáusticos, que nadie detiene el amor. Apuntemos que la que siempre fracasó fue la oposición emocional, Patricia Bullrich con sus informes de Inflación parlamentaria, las denuncias internacionales ante foros olímpicos, una vigilia que donde el kirchnerismo dijo blanco dijo negro. Sin embargo, ahí está Macri, ahí está Massa… todo el mundo se pregunta cuál será el cierre radical (entre las dos Emes), y un sordo ruido justicialista alienta a Scioli. El 2015 no es un niño huérfano al que le faltan padres. Hay tres candidatos a la presidencia con chances de ganar, que ostentan el monopolio de la fuerza encuestadora… y ninguno es kirchnerista (Scioli es a lo sumo un “aliado”). Es la realidad provisoria.

En el FPV hay de todo. Están los desesperados por seguir en el poder, están los nostálgicos de resistencias que no vivieron, están los idealistas que bancan la que sea, están los que temen la persecución judicial. En fin. Su rompecabezas por momentos tiene piezas visibles: acá la participación militante, allá el partido justicialista con sus caciques territoriales, ahí la rosca parlamentaria, más allá el sindicalismo hecho pedazos, y así. Pero esta constelación no se organiza, no se transparenta, no tiene rutinas tan visibles. Es una suma de realidades paralelas. El recuperado alfonsinismo que practica el kirchnerismo no incluyó una revitalización del instrumento partidario para una democracia interna. Esa cristalización, para algunos, sería la negación de la naturaleza populista. Finalmente prima la decisión presidencial sobre ese desorden. Pero esa concentración del poder decisorio toca su límite en una transición hacia adentro, no puede construir un heredero, básicamente: no puede empoderar a alguien. Por ende, tenemos un populismo teorizado al extremo pero con un “defecto” constitucional que no permite re-reelección y una estructura partidaria menos aceitada como para combinar recambios, a diferencia del PT y el Frente Amplio uruguayo, y con el patrimonio de una minoría, no de una mayoría. Doce años de gobierno conduciendo a un peronismo pero sobre el que prima la desconfianza a su tradición de acompañar cada cambio de época, cada signo de los tiempos, cada nuevo liderazgo, cada viento mundial.

El partido político más hermoso para el sueño del politólogo argentino es el Movimiento Popular Neuquino: un partido provincial con un funcionamiento interno envidiable. Con internas, líneas, democracia. En la Argentina, el tamaño posible (o ideal) de un partido político a lo sumo es provincial, municipal también. La política nacional se ciñe detrás de liderazgos fuertes en la “opinión pública” como Macri, Massa, Scioli, en un ambiente swinger donde todo puede pasar, y donde los winners conducen a los demás.

Volvió la política, pero no se ordenó.
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