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El que no se meta moringa pierde


Tres enfermedades crónicas, varias taras genéticas, una ceguera parcial debido al uso excesivo de gotas para los ojos con anabolizantes y una propensión desmedida a los excesos —comida, vicio y rock and roll— me pusieron alerta un día, superada la edad de Cristo y más cercano a los años de Felipe Pirela al momento de exhalar su último aliento. Ese día, hace poco, decidí dar un brinco maromero hacia el otro nivel de la existencia, donde uno empieza a cabecear de sueño a las 8 de la noche, bajarle al alcohol y a la vara, ponderar una dieta balanceada y hacer esa cosa horrible y decadente que es trotar a través de una larga acera urbana minada de muchachitas exquisitamente hermosas y unos carajitos de torsos corpulentos y semidesnudos que te pasan por un lado, te tropiezan sin pedirte disculpas, para seguir de largo en pos de aquellos leggins que se deslizan provocando por los pasillos del placer aeróbico, mientras uno sigue andando más por vergüenza que por resistencia orgánica.
La crisis de los 40 trajo consigo, dramáticamente, la muerte de Chávez, un segundo divorcio, la pérdida de los ahorros de vida, el desempleo —hasta que ÉPALE CCS me sacó de las catacumbas—, la guerra económica y la escasez; por lo que todos, unos más asertivos que otros, comenzamos a acelerar los planes inminentes de supervivencia alternativa: aparecieron las arepitas de auyama, las torticas de ñame, los tequeños de apio, las sopas de agua coloreada, la carne mechada de concha de plátano, el café de arroz quemado, el jugo sin frutas ni azúcar, los tesitos de malojillo y todas las recetas del "Manual del pelabola" de Malú Rengifo. Pero nunca se me pasó por la cabeza la moringa.
Fidel se la recomendó a Chávez, pero al parecer ya era demasiado tarde. En una de esas transmisiones agónicas desde Cuba, cuando el Comandante iniciaba su tratamiento contra el cáncer en la isla, el líder cubano le recomendó que usara un monte que hasta la fecha —con 85 años— lo mantenía duro y lúcido. La moringa de Fidel parecía tener poderes sobrenaturales porque no solo le permitió transitar el siglo XX con la dignidad de un toro embravecido —y mira que fumó bastante y sobrevivió a 638 intentos de asesinato reconocidos—, sino que lo internó en el XXI con la misma capacidad luminosa que irradió dignidad a las luchas reivindicativas del nuevo tiempo histórico de los pueblos. Chávez no llegó a tiempo.
La segunda mención importante se produjo en plena campaña para las elecciones parlamentarias de 2015. Diosdado Cabello, líder del PSUV y del parlamento, nos sorprendió un buen día con un súbito conocimiento de las posibilidades balsámicas de la moringa, al recomendar su uso a los candidatos de la oposición para que alcanzaran la fase REM, sugiriendo, como un médico de herbolario investido de misericordia, su uso en supositorio para un efecto inmediato. Esa vez nos asombró con una presentación industrial de la moringa: cápsulas de fácil absorción. Un mes después, recién instalado presidente de la malograda Asamblea Nacional, el milenario dirigente Henry Ramos Allup, como un acto de venganza, al arrebatarle el poder legislativo al oficialismo, sugirió a Cabello repartir moringa entre sus homólogos para que lograran conciliar el sueño de ahora en adelante. La presentación de Allup fue un poco más burda: era como un polvo en sobre plástico, medio narco. Lo cierto es que por primera vez, y después de 17 años, gobierno y oposición llegaban a un acuerdo —al menos en tono de joda y en torno a la emocionalidad del contrario— en un acto, sospechoso, de buena voluntad.
 
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