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El resplandor y su siniestra habitación 237...





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El resplandor, la magnífica película de Stanley Kubrick realizada en 1980, lleva implícito en su título esa cegadora luz, tras la que luego veremos que se esconde una experiencia traumática. Suele ocurrir, como apuntó Freud, que lo que expulsamos por la puerta de la razón, entra luego por la ventana del inconsciente. O lo que viene a ser lo mismo: la negación de ciertos hechos suele conllevar inesperados y muchas veces crueles retornos. Es lo que sucede en El resplandor, donde cierto pasado traumático, que se quiso velar, irrumpe con siniestra violencia.

Desde un principio nos lo advierten: el Hotel Overlook está construido sobre un cementerio indio, que ya fue objeto en su día de dura y encarnizada controversia. No sólo eso, en la habitación 237 del propio hotel tuvo lugar un terrible suceso: un padre perdió la razón y asesinó con un hacha a su mujer y sus dos hijas. Nada de todo ello impide a Jack Torrance (Jack Nicholson) aceptar el trabajo de regentar a solas el espacio, junto a su mujer Wendy (Shelley Duvall) y su hijo Danny (Danny Lloyd), durante el duro invierno. Y no lo impide porque, de hecho, el propio Jack llega a ese hotel queriendo poner distancia con su pasado: sabremos que cierta energía incontrolable le martiriza.



Todos esos pasados juntos y revueltos, toda esa violencia mal encauzada, irán desencadenando la locura de Jack, fruto de su incapacidad para transformar la energía (auto)destructiva en caudal más fecundo. De hecho, será incapaz de escribir el libro al que dedica buena parte de su tiempo en el hotel. En su lugar, la repetición incesante de una misma frase: “All work and no play makes Jack a dull boy”. La traducción española dejó en “No por mucho madrugar amanece más temprano”, lo que en el inglés original resulta mucho más elocuente: “Sólo trabajo y nada de juego hacen de Jack un chico gris”. De cualquier manera, lo importante es subrayar la impotencia creativa de Jack, ligada a su manifiesta violencia.



En el centro mismo de la película, en su ecuador, se halla una secuencia ejemplar. Aquella en la que Jack descubre, entrando en la habitación 237, a una bella mujer desnuda saliendo del baño. Cuando la abrace, el placer inicial dará paso a la repulsión por ese cuerpo de repente envejecido y masacrado. Lo bello y lo siniestro: el resplandor y la muerte. Cuanto acontece en la película tiene mucho que ver con ello: con ese cuerpo de mujer deseable, al tiempo que causante de un terror angustioso.





A Jack el resplandor de ese cuerpo le seduce, magnetizado por su presencia allí donde cierto crimen tuvo lugar. Es decir, allí donde la sangre fue abundantemente derramada, comparece esa mujer cuya desnudez vela el fondo criminal de la habitación 237. Jack acude a su encuentro para descubrir impotente la transformación de ese cuerpo inexplicablemente marchito. De manera que lo que iba a ser un satisfactorio encuentro sexual, se torna lacerante pesadilla. O lo que viene a ser lo mismo: el encuentro sexual, lejos de consumarse, da pie a otro encuentro menos amable y más cercano a lo real de la muerte.







Jack se pasará el tiempo intentando escribir un libro. Dijo que aprovecharía tanto tiempo en soledad para hacerlo. He ahí su deseo. Pero cierto exceso de energía, proveniente de un pasado que le llevará a esa habitación criminal y al laberinto donde conocerá la muerte, se lo impide. La máquina de escribir no escupirá más que una sola y machacona frase: “All work and no play makes Jack a dull boy”. Frase que, además de la traducción ya señalada, podría interpretarse así: “Sólo trabajo sin obra final hace de Jack un chico gris”. Porque play puede ser sin duda juego, pero también obra dramática o relato, algo que no conseguirá Jack, atrapado en el sinsentido de un tiempo pasado. El mismo que cerrará la película, con esa fotografía fechada un 4 de julio de 1921, con Jack en el centro de la imagen. Ninguna salida posible en El resplandor, que no sea la circular y siniestra muerta.







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