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El tiempo es inexorable

¿Quién iba a pensar que la Revolución Bolivariana pudiese transmitir al día de hoy desesperanza? Pues fue justamente lo contrario lo que la hizo posible.

Transcurridos poco más de tres años de la partida física del Comandante Chávez, hoy el gobierno sigue dando tumbos, aplicando la máxima de Eudomar Santos: "Como vaya viniendo, vamos viendo", o esta otra de Teodoro Petckoff: "Estamos mal, pero vamos bien".

Como es obvio, no ha habido líneas de acción concreta en el campo político ni económico, que se dirijan hacia la construcción del socialismo. Abundan errores, improvisaciones, falta de claridad en el qué hacer y cómo hacerlo.

Se imponen los intereses personales de algunos sobre el interés colectivo. La Revolución parece naufragar en aguas turbulentas y pudiese correr la suerte de que no haya botes salvavidas para todos.

La falta de claridad de quienes están dirigiendo el gobierno hoy pasa factura, pues la consecuencia en lo económico y político no se ha hecho esperar. La rectificación no llega. Y cada vez que el gobierno toma decisiones en el campo económico, lo que hace es confundir aún más a las filas revolucionarias y complacer al capital, que por cierto se ha fortalecido en tiempos de revolución, trabajando paradójicamente para acabarla.

La desesperanza, lugar común hoy en la sociedad, es la lógica respuesta humana cuando no se avizoran soluciones concretas, solo un constante ensayo y error, de los cuales parecieran no aprender quienes nos gobiernan.

La paciencia del pueblo ha sido un factor indispensable para que el gobierno ganara tiempo para obtener logros puntuales y buscar la solución contra la usura, acaparamiento, bachaqueo, especulación… Pero, la ausencia de políticas coherentes ha contribuido a un clima de desconfianza y desesperanza difícil de superar.

No son los discursos ni las reuniones con empresarios que hoy arrodillan al pueblo, lo que logrará que el gobierno recobre la confianza y credibilidad perdidas.

Quizás las filas revolucionarias se acostumbraron al manejo que Chávez hacía ante determinadas situaciones y que, por lo general, le hacía salir airoso. ¿Qué determinaba que esto fuese así? Es simple: el Comandante nunca claudicó ante el gran capital, por lo menos no en los términos en que ellos lo hubiesen querido. Chávez nunca se apartó de la idea de construir el socialismo, pues bien supo jugar con las armas melladas del capitalismo.

Nunca dudó de mandar al carajo a quien en su estupidez tratara de persuadirlo de ceder ante los intereses de la burguesía nacional y más allá. Quizás le sugirieron más de una vez que si cedía un poco ante esos intereses, la burguesía no lo tumbaría.

Sin duda su coherencia entre pensamiento y acción fue lo que le ganó el profundo respeto y reconocimiento de propios y extraños, a nivel nacional e internacional, pues esto es lo que se espera de un líder. Y sin un ápice de duda, Chávez lo era y lo será por siempre.

Ojalá que aún quede tiempo para que los líderes políticos de la revolución, y especialmente el camarada Nicolás, repasen el pensamiento de Chávez y si tuvieran alguna duda que vayan al Cuartel de La Montaña, pues ellos siempre nos mandan a las filas revolucionarias a hacerlo, a encontrarnos con el gigante, ante el más ligero asomo de estar confundidos o dudar.

Lo que es igual no es trampa. Seguro que algunos irán al Cuartel de La Montaña a asegurarse de que el gigante está bien muerto para ellos, los agentes serviles de la oligarquía, y que ya no será un obstáculo para los grupos de poder que pretenden restaurar el capitalismo desde las instancias del gobierno, que aun cuando sean pocos se hacen sentir, y pretenden acabar con la posibilidad de la construcción del socialismo para la cual llegó la revolución.

El esfuerzo del gobierno bolivariano por mantener las conquistas sociales de la Revolución es innegable, pero no menos innegable es la agenda neoliberal que viene en los hechos ejecutándose en el país, devolviendo a la burguesía la propiedad de medios de producción que fueron conquistados por nuestro Comandante Hugo Chávez y relajando a niveles infames los controles de precios y el control de cambio, en búsqueda de una unificación cambiaria que solo le traerá miseria al pueblo y un enriquecimiento obsceno a la burguesía, cuyas humillaciones hacia quienes vivimos de nuestro trabajo ya no se aguantan.

Incluso cediendo nuestra soberanía y nuestro territorio al peor tipo de empresas transnacionales, las que se dedican al extractivismo expoliador y destructor de nuestro medio ambiente y nuestros pobladores, a cambio de un puñado de monedas manchadas de oprobio. Solo porque no se ha tenido la entereza y las agallas de ponerle un parao radical a un desfalco milmillonario que incluso en este momento todavía continúa, dándole los escasos dólares que nos quedan a la misma burguesía parasitaria que siempre se los ha robado, en connivencia con no se sabe cuántos burócratas corruptos. Nada hay más revolucionario que la verdad: si no hubiera desfalco de nuestras divisas, no habría crisis económica en este país.

La emancipación dignificante, la conquista de la renta petrolera para el pueblo, pretende ahora ser sustituida por una ridícula caricatura asistencialista, una tarjeta dadivosa cuyo pago sale de los bolsillos del pueblo trabajador y no de los bolsillos de la burguesía, y que además está sujeta a prácticas clientelares que el estado burgués ha sido por completo incapaz de superar.

Ya ningún vocero del alto mando de la Revolución habla del Estado Comunal, ni de la transición al socialismo bolivariano, ni siquiera del Plan de la Patria, mucho menos del Golpe de Timón; sino de una "agenda" con nombre de grandeza, pero demasiado tufo fondomonetarista, una suerte de paquetazo neoliberal a cuenta gotas, como si lo que se buscara es hacernos tragar el clásico "ajuste estructural" aprovechando la anestesia del fervor por Chávez que todavía hay en el corazón del pueblo.

Tic tac, tic tac. El tiempo se agota y la contrarrevolución avanza con paso firme y seguro, pues no hay oponente que le plante cara, más allá del discurso. Mientras tanto, el pueblo viendo el reloj…
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