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Ella estuvo lavando el cadáver del Che Guevara

Yo estuve lavando el cadaver del Che Guevara


Por Susana Osinaga Robles



Yo soy la enfermera que lavó el cadáver del Che. Por aquel entonces, yo era joven, tenía 34 años, y trabajaba en el Hospital Nuestro Señor de Malta, en Vallegrande. En el pueblo no sabíamos quién era él. Su cuerpo lo acababan de traer unos militares en helicóptero desde La Higuera, una población cercana, y lo único que nos dijeron fue que se trataba de un guerrillero.

Cuando me lo entregaron, mi primera tarea fue acomodarlo bien y desvestirlo por completo. Llevaba las botas hasta media canilla y dos pantalones y tres pares de calcetines sucios encima. Me costó comenzar con la tarea porque quedé hipnotizada con su rostro. Algunas compañeras que lo vieron dijeron luego que se parecía a Jesucristo. Yo ya no recuerdo si hice la misma comparación que ellas, pero sí puedo decir que me impresionaron sus ojos. Un coronel me había ordenado dejarlos abiertos y me miraban fijamente. Me seguían. Daba igual que me moviera hacia un lado o hacia otro. Iban siempre detrás de mí. Eso me puso más nerviosa y tardé bastante en quitarle toda la ropa.



Después, le eché el pelo hacia atrás con cuidado y lo peiné para que se viera como un hombre decente y no como un mendigo. Limpié sus heridas con alcohol, le desenredé la barba y le puse una especie de pijama, pero los soldados se lo bajaron enseguida para mostrar las balas a los periodistas: en el costado, la pierna y el corazón. Luegolo dejé sobre una camilla y comenzaron a exhibirlo en la lavandería de la clínica.

Vino mucha gente a verlo: niños, abuelos, campesinos. Todo el mundo quería husmear. Al final, pasaron por aquí miles de personas. Y hasta ahora siguen llegando los curiosos. Sobre todo los turistas, los gringos. Ellos son los que han pintado decenas de inscripciones y mensajes en las paredes del lugar a favor de los pobres y de la revolución. Al principio, yo no entendía nada de lo que escribían, pero después me han explicado y ya comprendo un poquito más. Ellos aseguran que el Che nos quería liberar.



Hoy hay quienes ven al Che como a un santo. “Milagrero es”, dicen. Hay muchos vecinos míos que suelen prender velas en la antigua pista de aterrizaje en la que hallaron sus restos. Y otros le rezan y le organizan misas porque piensan que su alma los protege. Yo nunca le he solicitado nada serio. Pero sí creo que me ayuda, que me cuida de alguna manera. De las tres enfermeras que estábamos presentes cuando lo trajeron muerto, soy la única que aún continúa viva. Y eso se debe seguramente a que le tengo fe.

En mi casa hay un retrato de él que me regaló un extranjero hace mucho tiempo. Es una fotografía que parece que atrae a los que son de otros países. Porque vienen mucho a visitarme para que yo les comparta mi historia. A mí me gusta hablar con todos ellos porque me siento acompañada. Y luego de contarles les digo siempre que me colaboren con unos centavos. Ya estoy mayor, soy jubilada, y con la tienda de abarrotes que manejo no me alcanza. Estoy enferma y los medicamentos cuestan mucho dinero.





FIN DEL POST
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