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Eros y Psique - Parte II - Las celosas hermanas

Psique se regocijaba en el amor de su marido que sólo venía por las noches; pero tristes eran los largos días en que tenía que vivir sola. Se pasaba el día vagando por la espléndida casa que parecía como una jaula dorada; la más deliciosa comida no le agradaba, puesto que no la compartía con nadie; las horas del día eran demasiado lentas hasta que llegaba el brillo de la oscuridad, que le devolvía la alegría de vivir. Inútilmente le pedía que no le dejara sola durante el día, que era cuando podría ver su cara.

"No puede ser", susurraba él y sellaba sus labios con besos. "Un horrendo peligro te amenazaría, si tú supieses quién soy. Conténtate confiando en mi amor, que es tuyo para siempre".

Se esforzaba por estar contenta, ya que durante el día la pobre Psique se consumía; buscaba a su invisible marido para que la permitiese tener al menos una visita de sus hermanas para alegrarle su ausencia.
"¡Querida Psique!", dijo él. "Me temo que vendrán a hacerte daño. Ya te buscaron en la montaña rocosa donde fuiste vista por última vez por los hombres; pero traerán odio y peligro a nuestro amor".



Psique lloraba y suplicaba hasta que finalmente él la dejó ver a sus hermanas, haciéndola prometer que no les diría nada sobre él. Así que a la mañana siguiente, cuando él se desvaneció con la luz del día, el mismo céfiro que la había llevado a este bello valle fue el encargado de coger a sus dos hermanas y llevarlas a la casa en la que vivía sola con invisibles criados.

Estaba contenta de verlas otra vez, y no menos asombradas estaban sus hermanas de las riquezas y adornos de su nueva casa. Pero cuando le preguntaron sobre el dueño de toda esta riqueza, ella les contestó con cortas respuestas. Su marido, dijo Psique, era un príncipe joven y guapo que estaba durante todo el día cazando en los bosques. Ella estaba tentada por la curiosidad de sus hermanas a decir más, pero se apresuró a echar a sus hermanas ofreciéndolas costosos regalos cuando llegó la hora de tenerle en sus brazos.

Pero ellas, llenas de envidia por la buena fortuna de Psique, volvieron al día siguiente para conocer quién podía ser ese gran señor mucho más rico que sus maridos. Imprudentemente otra vez intentaron averiguar su secreto, y esta vez, olvidando lo que les había dicho sobre él, definió a su marido como un mercader de barba gris, cuyos asuntos a menudo le hacían estar fuera de casa. Las hermanas se dieron cuenta de que ella se contradecía dándolas a entender que algo escondía.

Otra vez les ofreció ricos regalos, pero las celosas hermanas estaban cada vez más interesadas en conocer el secreto del matrimonio de Psique. Ellas adivinaron que su marido no era un simple hombre, y envidiosamente la cercaron para hacer un misterio de su verdadero nombre. Así que ellas tramaron un complot del que él estaba bien enterado, durante esa noche murmuró a su oído:

"Querida, cuídate de tus hermanas. Mañana intentarán que me descubras, pero eso será el fin de nuestra felicidad".

Con lágrimas y besos Psique le prometió que prefería morir cien veces antes que desobedecer su más pequeño deseo, y cuando se fue por la mañana estaba dispuesta a mantener su palabra. Pero pronto vinieron las hermanas, que la engatusaron y la amenazaron sucesivamente, hasta que finalmente ella no tuvo más remedio que confesarles la verdad. Al final ellas la presionaron para que confesase que nunca había visto a su marido, que la visitaba sólo por la noche y que ni siquiera sabía su nombre.

"Querida hermana", dijeron, "es lo que nos temíamos. Créenos, nosotras, damas más viejas y sabias, queremos tu felicidad. Ese falso marido es en realidad un terrible monstruo que no quiere que le veas, porque tu amor se tornaría en horror. Con todas sus bellas palabras se propone devorarte en secreto, y pronto se cumplirá tu destino a menos que sigas nuestro consejo".

"¿Qué haré?", exclamó Psique retorciendo sus manos, ya que creyó sus falsas palabras, sin saber por qué su marido no quería ser visto.

"Toma una lámpara y un cuchillo afilado", le ordenaron. "Tan pronto como se duerma, enciende la lámpara, entonces ante la visión de la horrible forma del monstruo clavarás el cuchillo en su horrible corazón. Sólo así podrás salvar tu propia vida".

Con la mayor serenidad la animaron a seguir su consejo sin retraso, sus hermanas aturdieron la mente de Psique como las olas del mar. Dudaba entre obedecerlas a ellas o a su propio corazón. Amaba a su marido invisible y aborrecía al monstruo que le habían dibujado. Pero cuando la noche se acercaba, preparó la lámpara y el cuchillo, con los que esperaba salvarse de la amenazante destrucción.



Como siempre, su amado llegó a casa con la oscuridad; después de abrazar a Psique se tumbó en la cama. La curiosidad era superior al temor. Decidió finalmente ver la forma que tenía. Cuando su respiración le dijo que estaba dormido, se levantó a encender la lámpara; luego, sujetándola en una mano y el cuchillo afilado en la otra, se acercó suavemente a su lado.

Un grito casi estalló de sus labios, cuando la luz de la lámpara le mostró el más dulce y bello monstruo, el mismo Eros en la flor de la bella juventud, con mechones de ambrosía cayéndole por sus rosadas mejillas y hombros blancos como la nieve en los que sus alas se doblaban como flores. Ante esta visión la mano que sostenía el cuchillo temblaba. Junto a él su arco y carcaj, del que sacó una flecha dorada y examinándola se pinchó en su dedo; al instante fluyó su sangre con un nuevo amor por su marido.

Acercándose a esta figura durmiente, difícilmente podría evitar besarle, cayendo una gota de aceite caliente de la lámpara sobre el hombro de su marido. Despertado por el escozor, Eros se levantó de un salto y con una mirada comprendió todo.

"¡Ah, Psique!", exclamó. "Tú has arruinado nuestro amor. ¿Por qué escuchaste a tus traicioneras hermanas más que a mi consejo? ¡Ahora deberemos separarnos para siempre!".

Con llorosas súplicas ella se arrojó ante él y buscó cogerse a sus rodillas; pero extendió sus alas y voló sin una mirada de perdón. En ese momento el palacio encantado se desvaneció como un sueño; entonces Psique, sola en la fría oscuridad, vanamente llamaba al amor que había perdido, con sus últimas palabras sonando en sus oídos.

"¡Adiós! aunque yo, un dios, nunca puedo saber
cuándo tú puedes perder tu dolor, el tiempo pasará
sobre tu cabeza y tú puedes mezclar
lo amargo y lo dulce, ni olvidar,
ni recordar, hasta que estas cosas perezcan
en tu frágil memoria un sueño de amor".

W. Morris.


Más mitos y leyendas de culturas grecorromana, egipcia, nórdica, celta, oriental y americana en mi blog: http://thechestofdreams.blogspot.com.es/
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