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Es una cuestión chií

Por Hanin Ghadar (periodista libanesa experta en medio oriente y el norte de áfrica, directora de Now News, Colabora en The New York Times y Foreign Policy, entre otros medios.)


Desde que se involucró en la guerra de Siria, Hezbolá ha actuado a todos los niveles para hacer que sus decisiones fueran una cuestión chií. El Partido de Dios empleó como excusa para su intervención militar primero la protección de los santuarios chiíes de Siria, y luego la defensa de los chiíes de las localidades fronterizas. Cuando el argumento de defender a los chiíes de Siria dejó de funcionar, adoptaron la excusa de la guerra contra el terrorismo, para proteger el islam y a la Umah.

El Día de Quds de 2013, el líder de Hezbolá, Hasán Nasrala, habló, por primera vez, como chií:


Hoy hablaré como chií. Somos la shía de Alí, y no abandonaremos a Palestina.


Naturalmente, Palestina tenía poco que ver con el discurso; lo que quería decir es que todos los chiíes tendrían que unirse a Hezbolá en su guerra contra los terroristas.

Los chiíes se beneficiaron de los buenos tiempos de Hezbolá, cuando abundaban los servicios, el dinero y la identidad política. Pero es hora de pagar el precio por todo ello, y abandonar al partido se considera traición. Eso significa que los chiíes del Líbano no se quejarán, al menos abiertamente, si sus parientes mueren en Siria, si pierden sus empleos en el Golfo y, en general, mientras se quedan más aislados que nunca.

Ser chií en el Líbano hoy en día es enfrentarse, probablemente, a uno de los panoramas más desalentadores y difíciles que hay. Por una parte se les teme porque su supuesto líder tiene suficiente poder y armas para combatir a sus enemigos. Pero también se les odia porque ese mismo líder se ha enemistado con todo el mundo, lo ha intimidado y alejado mientras se ocultaba tras sus seguidores. Así que los chiíes son carne de cañón: son prescindibles y se les arrojará a las llamas en cuanto su líder lo necesite, y tendrán que aceptarlo porque no pueden permitirse que se cuestione su lealtad.

El poder y la identidad política resultan tentadores, por supuesto, pero su coste es enorme, y es hora de pagar la factura.

Al comienzo de la Operación Tormenta Decisiva, encabezada por Arabia Saudí, Nasrala pronunció dos discursos y concedió una entrevista. En las tres ocasiones sugirió que los chiíes, y no sólo Hezbolá, estarían respaldando a sus hermanos del Yemen. Entretanto, la organización enterró al jeque Mohamed Abdulmalak Shami, uno de los máximos líderes espirituales huzis, en el barrio de la Dahiya, en el sur de Beirut, justo al lado de la tumba del comandante de Hezbolá Imad Mugniyeh; fue un acto enormemente simbólico, que vincula aún mas al partido chií con el grupo yemení Ansar Alá, apoyado por Irán.


Ansar Alláh

Antes del último discurso de Nasrala, Hezbolá convocó una manifestación popular en la Dahiya en apoyo del Yemen. Según diversas informaciones procedentes de ese barrio, la manifestación no suscitó demasiado interés y el número de asistentes fue bastante más bajo que de costumbre. Parece que para las gentes de la Dahiya el Yemen sigue siendo una cuestión nueva y aún no se ha creado un vínculo entre los chiíes del Líbano y el país árabe.

Lo que sí ha quedado establecido es la hostilidad hacia Arabia Saudí. Los saudíes son presentados como el principal enemigo de los chiíes (Israel ahora queda muy por detrás), y los medios de Hezbolá (los tradicionales y las redes sociales) ha lanzado virulentas acusaciones y amenazas contra ellos.

Las tensiones entre suníes y chiíes nunca han sido tan grandes, y la actual guerra entre Hezbolá y los medios respaldados por los saudíes en Líbano seguramente se traducirá en una contienda sobre el terreno.

Hay que señalar que cuantas más bajas sufran los huzis del Yemen, más agresivos se volverán Nasralá y sus seguidores. Entretanto, Irán también está perdiendo terreno en Siria, de forma lenta pero segura, y si las operaciones saudíes llegaran a Siria, el Líbano, desde luego, serviría de bastión para Hezbolá. Es a donde correrán a esconderse, teniendo en cuenta cómo el Líbano está más o menos controlado por el Partido de Dios; más, al menos, que cualquier otro país de la región.


hutíes o huzíes el grupo chiíta pro-iraní que combate en Yemen

La resolución 2116 del Consejo de Seguridad de Naciones Unidad –emitida la semana pasada en virtud del capítulo séptimo de su Carta– debería ser una verdadera señal de alarma para Irán. Y el presidente Obama incluso dejó entrever en su reciente entrevista con Thomas Friedman que los Estados árabes deberían actuar contra los crímenes de Asad. Fuera la intención de Obama o no, muchos analistas y políticos árabes lo consideraron una luz verde para ampliar las operaciones militares a Siria, y una señal de que Estados Unidos aprobaría dicha acción, como ocurrió con la operación en el Yemen.

Si estos Estados dieran ese paso, ello abriría la posibilidad de una guerra en la región, guerra que no beneficiaría ni a Irán ni a sus peones, y ello es un motivo más para que la República Islámica afiance su control del Líbano, empleando a Hezbolá para consolidar su poder en el país. Una forma de hacerlo (si nos basamos en conductas anteriores del partido en el Líbano y en Siria) sería seguir aumentando la tensión sectaria y haciendo que los chiíes se sintieran cada vez más seguros al amparo de Hezbolá; los prepararían para usarlos como escudos humanos en ulteriores batallas internas.

Hezbolá aprovechará al máximo tanto la angustia generada como la sangre derramada como consecuencia de esta estrategia, y, de considerarlo necesario, no vacilará en volver a empuñar las armas en el Líbano en una reedición, a una escala aún mayor, de los acontecimientos de mayo de 2008. Y si no, simplemente seguirán minando las instituciones del Estado. Como si no bastara con no tener presidente, el partido aún puede adoptar medidas encaminadas a derrocar al Gobierno y retrasar las elecciones legislativas todo lo que haga falta.

El vacío político también puede ser aprovechado por Irán, a través de Hezbolá, para presionar a fin de que se cambie la Constitución y el actual sistema turnista entre dos bandos para ampliarlo a uno de tres, en el que los chiíes lograrían más poder a costa de los cristianos.

Puede que desde el exterior no sea posible convencer a la comunidad chií para que evite estos riesgos. Hezbolá se ha asegurado de que desconfíen de las otras sectas, especialmente de los suníes. Pero los chiíes aún pueden salvarse: son sus vidas, trabajos y sustentos los que están en juego.

Hay muchas voces sensatas en la comunidad chií, y dialogar es ahora más crucial que nunca; no con Hezbolá, sino con los chiíes. Todas las partes interesadas –la comunidad internacional, los poderes regionales, y destacadas figuras libanesas– deberían dirigirse a los chiíes, calmar sus miedos y sacarlos de su aislamiento. Si se les dan garantías y los suníes rebajan su acoso sectario, podrán emerger las voces sensatas de la comunidad chií para contrarrestar el daño que le ha causado Hezbolá, y el Líbano podrá evitar una nueva guerra civil.


guera civil en El Líbano (1975-1978)
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