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Freud y la guerra



¿Qué clase de cosa es esta mente nuestra que parece operar fuera de nuestro control? ¿Quién, de hecho, puede afirmar que controla su mente? ¿Quién puede pensar en algo durante más de unos segundos sin que inmediatamente otros pensamientos no voluntarios se entrometan? ¿Quién puede obligar a su mente a no pensar en el sexo, por ejemplo, en la venganza o en la gloria personal? Una vez que entra uno de estos pensamientos es casi imposible librarse de ellos y luego, de repente, nos abandonan y los reemplaza algún otro pensamiento, igualmente no deseado. Si hay alguien que tiene la fama por haberse formulado esas preguntas cuando a nadie se le había pasado por la cabeza es Sigmund Freud y será el protagonista en nuestra historia de hoy.


Nacido en Moravia, en 1856, de joven se leyó todas las obras de William Shakespeare. Estudió medicina en Viena especializándose en neurología y psiquiatría. Durante la década de 1890 desarrolló una técnica para el tratamiento de los pacientes que sufrían de histeria animándoles a realizar asociaciones libres consiguiendo algunas curas notables o, al menos, remisiones de los síntomas. Durante esos años fue cuando describió lo que hoy conocemos como subconsciente.

Es una cosa de lo más enigmática. Cualquiera que esté dispuesto a mirarse al espejo sin cerrar los ojos sabe que tiene un subconsciente y quizá lo ha sabido siempre, pero conscientemente siempre lo ha negado.

La grandeza de Freud fue en que siguió pensando tenaz y sistemáticamente sobre este fenómeno hasta que empezó a entenderlo. Todo el mundo reconocía secretamente que en su propio caso mucho de lo que decía Freud era verdad. ¿Qué ser humano normal no es consciente de que bajo la superficie de la consciencia se agolpan deseos sexuales que emergen en los momentos menos esperados y quizá menos apropiados?

Dijo cosas en las que acertó pero también otras en las que hoy consideramos que no iba acertado. Por supuesto, fue objeto de burla y ridículo por sus teorías sobre el sexo. Su reputación era la de un libertino, de una persona desagradable; y todo a causa de sus teorías. Con frecuencia se le ha negado la categoría de científico y a su obra psicoanalítica de ciencia. Y la verdad es que existen notables diferencias entre el método científico utilizado en física, química o matemáticas, con lo que él hizo. Hay que decir, sin embargo, que fue quizás lo más parecido que pudo hacer: hizo hipótesis sobre “fuerzas” que nos afectaban e intentó darles algún tipo de explicación lógica.

Sea científicamente correcto o no, tuviera razón o no, estemos de acuerdo con él o no, lo que está claro es que Freud marcó un “antes” y un “después”. Nunca volveremos a contemplar igual nuestras pasiones, fobias, filias o simples inclinaciones como lo hacíamos antes de él. Ya no las veremos nunca más como un producto del momento o una circunstancia imprevisible, sino como fuerzas psicológicas (el subconsciente) que quedan fuera de nuestro control racional y modifican nuestro comportamiento.

Cuando Hitler tomó el poder en 1933 no fue una sorpresa para él que los primeros libros que quemaran los llamados “camisas pardas” fueran los suyos. Esto, según él, era una psicosis en masa. Según dijo: Estamos progresando, en la Edad media me hubieran quemado a mí, ahora se contentan con quemar mis libros. Tuvo que escapar de Viena con su hija Ana después de pagar el 20% de sus bienes y se mudó a Londres muriendo al año siguiente.

Pero no quiero ahondar en lo que todo el mundo conoce sobre él, sino otra faceta en la que quizás no es tan conocido. Fue un crítico brillante tanto de literatura como de sociedad en general. Cuando estalló la primera guerra mundial, todo el mundo quedó sobrecogido por el horror, la brutalidad y la crueldad que habían estado agazapadas todo el tiempo bajo la superficie de la corrección social. Freud quedó tan conmocionado como los demás, pero no tan sorprendido. Tampoco se había sorprendió cuando los nazis empezaron a matar judíos e intentaron matarle a él mismo. Él decía que todas esas cosas siempre habían estado allí, esperando.

Y es que, a principios de 1915, cuando Freud ya era famoso por su obra “La interpretación de los sueños”, publicó un artículo titulado “Reflexiones sobre estos tiempos sobre la guerra y la muerte”. Fue un artículo que pone los pelos de punta sólo por ver lo actual que puede llegar a ser teniendo casi cien años.

Empezó hablando de la desilusión que sentía mucha gente, sobre todo en Alemania, al descubrir la crueldad y brutalidad de lo que eran capaces naciones e individuos que antes se creían civilizados. Se contaban historias terribles acerca de conductas de los soldados de todos los países. Sobre cómo violaban en grupo a jóvenes y luego las mataban, sobre cómo ensartaban sus bayonetas a mujeres embarazadas, sobre cómo disparaban a los prisioneros para herirles y ver cómo sufrían sólo por diversión, o sobre cómo torturaban a niños y animales porque les gustaba oírles gritar. Eran historias demasiado próximas a la experiencia que cada uno había tenido de la guerra como para negarlas. Naturalmente, era más fácil creer estas historias sobre los soldados enemigos que sobre los propios.

Decía que los gobiernos de todos los países combatientes, mientras sostenían que sus propios ciudadanos tenían que seguir obedeciendo las leyes de la vida civilizada, no tenían ningún reparo en actuar contra los gobiernos enemigos y sus ciudadanos sin ningún respeto por las leyes o costumbres civilizadas. Dichos gobiernos mentían sistemáticamente y se dedicaban con entusiasmo a producir y desplegar armas cada vez más monstruosas, entre ellas el gas venenoso y bombardeo sobre población civil indefensa. Eran tan despiadados como lo fuera cualquier bárbaro y no parecían avergonzarse lo más mínimo por ello.

Esperemos que estén equivocados, decía Freud, y que los alemanes no seamos tan malos como creen. Pero añadió: tampoco somos tan buenos como nos gustaría hacerles creer. Somos humanos, igual que ellos. Y el ser humano no se siente feliz en la civilización, por mucho que afirme lo contrario. Contaba que, psicológicamente, el hombre civilizado ha estado viviendo por encima de sus posibilidades, pues existe un yo más profundo, una especie de salvaje primitivo, dentro de todos nosotros que ansía librarse de los límites que pone la civilización. Yo lo sé porque lo he visto en todos mis pacientes sin excepción: hombres y mujeres, jóvenes y viejos, cultos y analfabetos. Así pues, no me sorporende lo que ha revelado la guerra y a vosotros tampoco debiera sorprenderos.

En un ensayo posterior escribió que la gente, en lo más profundo, no es demasiado buena. El elemento de verdad tras todo esto y lo que la gente está tan predispuesta a negar es que los hombres no son criaturas amables que quieren ser amadas y que como máximo se defienden si son atacadas. Son, por el contrario, criaturas cuyo acervo instintivo debe reconocerse una buena dosis de agresividad. Y añadió “Homo homini lupus” [el hombre es un lobo para el hombre] ¿Quién , a la luz de toda su experiencia de la vida y de la historia puede tener el valor de negar esa afirmación?.

También hizo mención sobre el cambio de actitud frente a la muerte que había provocado la guerra:

En tiempos de paz, la muerte se puede mantener a una distancia segura. Uno la puede negar o, al menos, evitar mencionarla o pensar en ella. En la guerra, esa negación deviene imposible. La muerte se entromente en la vida de cualquiera de la forma más irritante e indecorosa. Pero eso no es algo malo, pues en lo más profundo de nuestros subconscientes primitivos, somos muy conscientes de la muerte, incluso aunque superficialmente la neguemos. Deseamos la muerte de nuestros enemigos, somos ambivalentes sobre la muerte de nuestros seres queridos y tememos nuestra propia muerte, en la que al mismo tiempo no creemos de verdad.

Y concluyó: Si estás dispuesto a vivir, prepárate a morir.

Unas opiniones muy fuertes. No dejan indiferente, ¿verdad?

La gran ironía de su vida es que a pesar de trabajar en el campo de la psicología que toma su nombre del griego “obra del alma”, nunca creyó que los humanos tuvieran un alma eterna. Siempre buscó las razones de la salud y la enfermedad en equilibrio o desequilibrio de fuerzas físicas.

Aunque más tarde, en 1933 y junto al gran Albert Einstein, publicó un artículo titulado “¿Por qué la guerra?”, lo que le dio la fama fue su libro “La interpretación de los sueños”. No se publicó en 1899 cuando estaba listo porque la editorial consideró más atractivo que saliera el año 1900, un número más redondo. Curiosamente, no se agotó el primer día que salió a la venta como el famoso libro de Darwin, sino que se imprimieron 600 ejemplares de los cuales sólo se vendieron 123 las primeras seis semanas y 228 en los años siguientes.

Aquí podemos plantearnos cuál es el valor real de las cosas terrenales. Por aquella época, y por decirlo así, nadie daba un duro por ese libro, pero en 1998 salió a la venta un libro de aquellos de primera edición en Christie’s (Nueva York) y su coste en catálogo oscilaba entre 40.000 y 60.000 dólares.

Pero, aunque se pagara mucho por uno de esos libros, no cabe duda que sus legados y sus ideas tienen mucho más valor.

Fuente: www.historiasdelaciencia.com
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