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Golpes en Venezuela, Brasil y Argentina, con marca de EEUU

Los 15 años del siglo XXI le demostraron a la política exterior estadounidense que no puede atacar a los países latinoamericanos al igual que invade a las naciones árabes.

La línea imaginaria que une a las capitales de Venezuela, Brasil y Argentina acompaña el proyecto, nunca iniciado, del Gran Gasoducto del Sur. Una obra que aportaría a la soberanía energética regional, pero que no avanzó más allá de un acuerdo de entendimiento firmado por los presidentes de estos
países en 2006. Petrosur no vio la luz, pero el impulso de los liderazgos de Chávez, Lula y Kirchner marcó el rumbo de la integración sudamericana.

Lo novedoso entonces es la estrategia de golpear a los tres al mismo tiempo. La reciente acusación del presidente de EE.UU., Barack Obama, declarando a Venezuela una amenaza contra la seguridad de Estados Unidos, sumado a las protestas sociales en Brasil contra la recientemente reelecta Dilma Rousseff, por el escándalo de corrupción en Petrobras, y la muerte del Fiscal Nisman en Argentina, quien realizara una denuncia mediática contra el Gobierno argentino por encubrimiento en la causa AMIA y luego apareciera muerto de un disparo, completan el panorama.

Aunque los cargos contra Rousseff en Brasil y Fernández en Argentina no prosperaron, el daño político está hecho y pone a las mandatarias sudamericanas en el centro de una escena mediática orquestada por los monopolios de comunicación afines a intereses propios y externos.

En ese contexto y ante la apatía del secretario general de la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), el colombiano Ernesto Samper, las voces de solidaridad surgen vigorosas desde los países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (Alba): Ecuador, Bolivia, Cuba y Nicaragua, expresando su apoyo incondicional. Pero, como el gasoducto, la cohesión actual entre el eje Caracas, Brasilia, Buenos Aires parece sufrir de anemia.

Venezuela, vive un año de elecciones legislativas y una nueva victoria del chavismo podría revitalizar el afianzamiento de la revolución bolivariana. Washington no parece dispuesto a darle respiro, y fiel a su política belicista, pocos días después de desembarcar un contingente de Marines en Perú, ha realizado una declaración de guerra contra una nación pacífica y soberana que no participa en ningún conflicto armado desde el siglo XIX y no se muestra dispuesta a entregar sus recursos hidrocarburíferos a multinacionales extranjeras.

Obama, que vive una ola de racismo en sus narices, está más preocupado por cumplir promesas con la oposición venezolana. La imagen de paracaidistas estadounidenses cayendo del cielo caribeño no es nueva. Panamá y Nicaragua son un ejemplo de ello.

La amenaza no cumplida de la invasión directa de Estados Unidos a Siria se dio como resultado de la rápida respuesta de China, Rusia e Irán. Países con intereses directos en esa región, lo que devino en la aparición de los grupos mercenarios como el EIIL (Daesh, en árabe), que cada día deben enfrentar nuevas derrotas contra el Ejército del presidente sirio, Bashar al-Asad.

La gran incógnita, entonces, radica en si los países del Alba casi no poseen fuerzas armadas, los integrantes de la Alianza del Pacífico son cabeza de playa para los marines estadounidenses y las potencias con poder de veto en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (CSNU), que son contrarios a los intereses a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), no tienen presencia en el continente americano y los países promotores de la Unasur están ocupados en sus propios asuntos internos. ¿Quién estará junto a Venezuela en caso de una invasión armada?
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