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Guerra de la Langosta: la tensión entre Brasil y Francia


Las langostas de la discordiaDisputa económica por el crustáceo casi provoca enfrentamiento militar entre Brasil y Francia.

El bombardero B-17 de la Fuerza Aérea Brasileña, volando sobre el destroyer Tartur de la Marina francesa

Un inocente crustáceo fue la causa de una de las mayores crisis diplomáticas de la historia entre Brasil y Francia, que casi llegó a las vías militares pero también tuvo contornos cómicos. 

(Por Cláudio da Costa Braga)
El imbróglio, que quedó conocido como Guerra de la Langosta, tuvo inicio en el comienzo de la década de 1960, cuando barcos franceses pasaron a pescar en el litoral de Pernambuco. Tras agotar la captura de la lagosta en su propio litoral y en los países de la costa occidental africana, Francia se interesó por el Nordeste brasileño, donde la producción crecía a ojos vistos. La exportación anual de langosta pulou de 40 toneladas, en 1955, para 1.741 toneladas en 1961. Lo Brasil lucrava casi 3 millones de dólares por año con ese comercio, que se concentraba en los puertos de Fortaleza y Recife.

Ubicación de la tensión

Los primeros barcos franceses llegaron en marzo de 1961, tras obtener autorización para realizar “investigaciones” en nuestro litoral. Al constatar que las embarcaciones estaban pescando lagostas en gran escala, la Marina canceló la licencia. En noviembre a Francia volvió a la carga, esta vez pidiendo para tutear fuera de las aguas territoriales brasileñas, en la región de la plataforma continental – rango submersa hasta 200 metros de profundidad que pertenece al país, pero cuyas aguas son libres para explotación internacional. Autorización concedida, comenzaron los problemas.

En enero de 1962, un pesquero francés llamado Cassiopée fue flagrado capturando langostas y apresado por la corveta brasileña Ipiranga. El incidente abrió una curiosa discusión diplomática acerca de la naturaleza del animal en cuestión. La Convención de Ginebra, firmada en 1958, aseguraba que los recursos minerais, biológicos, animales o vegetales de la plataforma continental pertenecen al país costeiro. Con base en ese tratado, lo Brasil alegaba que la lagosta era un recurso perteneciente a la plataforma, debido a su naturaleza sedentária: para desplazarse caminaba, o a lo sumo ejecutaba saltos. En resumo, no nadaba.

En respuesta, el gobierno francés se salió con el argumento opuesto: la langosta puede ser considerada un pez. Al moverse por las aguas de un lado para el otro, ella ciertamente no estaba andando, y por lo tanto no era un recurso de la plataforma. El objetivo era desplazar el asunto para el campo de la pesca en alto-mar, permitida por la Convención.

Para derrumbar la lógica francesa, el comandante Paulo de Castro Moreira de Silva (1919-1983), renomado oceanógrafo, defendió lo Brasil con una perla de ironia: “Ora, estamos delante de una argumentação interesante: por analogía, si la langosta es un pez porque se desplaza dando saltos, entonces el canguru es una ave”.

Un prato lleno para la pilhéria, la Guerra de la Langosta volcó hasta marchinha de Carnaval. Los versos consagrados de “Usted piensa que cachaça es agua?”, éxito en 1953, fueron adaptados en los salones para “Usted piensa que langosta es pez?”. Pero la repercusión del caso era llevada a serio por los periódicos. Finalmente, ninguno de los países daba el brazo a torcer: los franceses continuaban pescando langostas, y la Marina brasileña apresava los barcos que conseguía el flagrante. La carga era incautada y los capitanes tenían que firmar un término comprometiéndose a no más volver a la costa brasileña. Pero muchos volvían.

Los pescadores nordestinos iniciaron protestas generando fuerte presión sobre el gobierno. Amenazaban actuar directamente contra los pesqueros franceses y sus representantes en tierra para la defensa de sus intereses. Se quejaban de competencia desleal: además de mayores y más bien equipadas del que las nuestras, las embarcaciones francesas eran acusadas de practicar a pesca de arrastro, modalidad prohibida en Brasil por su carácter predatório – una red pesada es lanzada al fondo y recoge todo lo que encuentra por el frente. Los brasileños capturaban langostas con el tradicional covo, una especie de trampa en que el animal entra y queda prendido.

La situación quedó aún más tensa en el inicio de 1963. El día 30 de enero, un navío de patrulla detectó la presencia de pesqueros franceses en la región, y como estos ignoraron la orden para retirarse, recibió órdenes de la Marina para “usar la fuerza en la medida del necesario”. Delante de la amenaza de un ataque, los franceses cambiaron de idea. El problema es que, días después, los barcos y sus cargas no sólo fueron liberados como el presidente João Goulart, quebrando el protocolo de las negociaciones, concedió personalmente al embajador de Francia en Brasil, Jacques Baeyens, autorización para que seis pesqueros volvieran a capturar lagostas en la región.

El clamor público fue tamaño que la autorización fue suspensa. Era la vez de los franceses protesten. El canciller francés afirmó no aceptar la decisión brasileña. La ira se alastrou por el gobierno de Francia, lo que resultó en la popularização de la frase "el Brasil no es un pais serio" erróneamente atribuida al presidente Charles De Gaulle. Pero él se envolvió directamente en la crisis: por orden suya, Francia envió un navío de guerra para la región con la tarea de proteger los pesqueros franceses. João Goulart inmediatamente determinó una respuesta militar. El Consejo de Seguridad Nacional fue convocado para discutir sobre la salvaguarda de nuestra soberanía bajo amenaza militar extranjera.


El crucero Tamandaré y cuatro destructores de la clase "Fletcher" de la Marina de Brasil en dirección a la ubicación de la tensión

Diversos navíos fueron enviados para el litoral de Pernambuco, mientras los de Salvador entraron en prontidão rigurosa. Esquadrões de aeronaves fueron desplazados para Natal y Recife. La movilización fue rápida pero intempestiva, revelando las grandes restricciones materiales de nuestros navíos, principalmente en el aspecto logístico, en el mantenimiento precario y en la necesidad de muchas reparaciones. Las restricciones de munición y torpedos eran tan críticas que no permitían a los navíos mantener un engajamento por más de treinta minutos.

En la opinión pública, la guerra estaba declarada. “Navíos franceses atacan en el Nordeste jangadeiros que pescan langosta”, estampou el Correo de la Mañana. “Flota naval de Francia ronda costa de Brasil”, anunció lo Última Hora. Mientras eso, en los periódicos franceses, por más de un golpe las autoridades vinieron a público acordar que su país detenía tecnología nuclear, al contrario de Brasil.


Bombarderos B-17 de la Fuerza Aérea de Brasil volando sobre la ciudad de Recife

En los bastidores diplomáticos, había otras cuestiones en juego. Francia imaginaba que la postura firme del gobierno brasileño estaría siendo respaldada por Estados Unidos, en un apoyo no declarado. Era una suposición equivocada. En la época, el Departamento de Estado americano envió mensaje a Brasil acordando que nuestros navíos de guerra – en la época arrendados a Estados Unidos – por contrato no podrían envolverse en conflicto con países amigos de los norteamericanos. Ordenaba por eso que ellos volvieran inmediatamente a sus bases. Lo Brasil se rechazó a atender al pedido americano, mencionando el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y usando un argumento caro a los brios militares de aquel país: por ocasión del ataque a la base de Pearl Harbor, en 1941, lo Brasil hube declarado guerra a Japón, en solidaridad a Estados Unidos.

Por suerte, la Guerra de la Langosta no pasó de una indigesta hostilidad entre las naciones. En 10 de marzo de 1963, Francia retiró su navío de guerra y los pesqueros por él protegidos. Lo Brasil conseguía, así, impedir la captura de langostas en su plataforma continental, a pesar de la intimidación militar de un país con poderio bélico muy mayor.

La crisis fue una demostración de que, aún entre países tradicionalmente amigos, los Estados no están exentos de ser amenazados, hasta por el uso de la fuerza, cuando están en juego intereses económicos.

Cláudio da Costa Braga es oficial de la Marina de Brasil y autor de La Guerra de la Lagosta (Río de Janeiro: Servicio de Documentación de la Marina, 2004).


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