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Hazard jugando para Francia? Courtois para Holanda?

La división de Bélgica: Valonia y Bruselas para Francia, Flandes para Holanda




Flamencos y valones desconfían de la voluntad de Francia y Holanda de acogerlos de cara a la división de Bélgica




La solución se evoca a bote pronto cuando, obviando deliberadamente la espinosa cuestión de quién se queda con la rica Bruselas, se plantea una supuesta división de Bélgica: que sus partes se repartan entre sus vecinos en función de sus lenguas. Los valones, con Francia, que para eso hablan francés. Y los flamencos, con Holanda y su neerlandés. En el terreno económico, la 'anexión' es un hecho: en pocos años, los países vecinos ya se han hecho con las joyas de la corona belga (el sector energético, bancario y aéreo).
Pero hablamos de personas. ¿Es esta una opción real, una alternativa al nacimiento de dos minúsculos estados en el corazón de Europa? ¿O es uno más de los chistes belgas que franceses y holandeses adoran hacer sobre sus “pequeños vecinos”?
“¡Ojalá no ocurra nunca!”, es la primera reacción que suscita una supuesta división del país, tanto entre francófonos como entre flamencos, los más nacionalistas sin ser mayoritariamente independentistas. Pero... ¿y si finalmente ocurriera?, ¿si finalmente esta pareja al borde del divorcio se pusiera de acuerdo en qué hacer con los hijos y la casa (Bruselas) y cada uno se fuera por su lado?
Ante esa posibilidad, los franceses se declaran inequívocamente a favor de la anexión de Valonia al Hexágono, sobre todo si el paquete incluye Bruselas: un 60% la apoyan, según una reciente encuesta de ''Le Figaro, en la línea del resultado de otros sondeos. Las afinidades entre belgas francófonos (sean bruselenses o valones) y franceses son evidentes.
“No habría ningún problema en que se adhirieran a Francia, estaríamos encantados de acogerlos”, opina Anne, una francesa residente en Bruselas desde hace una década. Dice que sólo ha sentido que cruzaba una frontera al ir a trabajar a Flandes. “Culturalmente, valones y franceses estamos muy conectados. Conocen nuestra literatura, nuestro cine, leen nuestras revistas, tenemos las mismas tiendas… Los chistes son cosa del pasado, ahora salen belgas en nuestros concursos de la tele, en el cine...”.
Esta simpatía es correspondida por el lado valón pero sin afán adhesionista. “A lo mejor en el plano económico sería una buena idea, pero no en cuanto a mentalidades. En caso de escisión, creo que preferiríamos mantener nuestra identidad”, afirma Frédéric. Natural de Lieja (Valonia), se siente próximo a los franceses del norte, pero, subraya, en absoluto a parisinos o marselleses.
Los belgas francófonos destacan por su patriotismo y con frecuencia se quejan del aire de superioridad y arrogancia de sus vecinos franceses. El tema no pierde actualidad, como demuestra el estreno esta semana de la comedia Rien à déclarer. Dirigida por el francés Danny Boon, refleja la relación entre enemigos declarados, un aduanero belga y otro francés que, a raíz del fin de las fronteras en la UE, deben trabajar juntos en la primera patrulla conjunta franco-belga.
También ha indagado en este vínculo Baoudoin van Humbeek en Por qué los belgas no quieren hacerse franceses, un recorrido hilarante sobre las miserias del país vecino lleno de argumentos contra “la nefasta perspectiva de la anexión” y sus “irreconciliables diferencias”. Pero lo cierto es que los belgas francófonos admiran profundamente a Francia. Inspiran en ella sus políticas educativas y sociales. Culturalmente, se definen a sí mismos como “la comunidad francesa” (el término que hizo reír a François Mitterrand en una visita a Bélgica), TF1 es una de las cadenas más vistas en Valonia… Y mientras los libros flamencos apenas cruzan la frontera, los valones leen la literatura francesa como propia.
Pero si se les pregunta si les gustaría pasarse a la nacionalidad francesa, pocos están interesados; según distintos sondeos, entre un 20% y un 30%. El partido a favor de la anexión (los llamados rattachistes) ha escrito a la Asamblea Nacional francesa –sin éxito– para pedir apoyo público a su causa: “El drama del pueblo valón –explica la carta– es que somos franceses que por razones de la historia nos hemos visto obligados a vivir fuera del Hexágono”. Sus reclamaciones no se perciben como serias en Bélgica y su apoyo electoral es mínimo.
No hay en Flandes ningún partido que abogue por la anexión a Holanda. Como a menudo se recuerda, no se separaron de ellos hace 180 años para ahora volver con el rabo entre las piernas... Como ocurre con Francia y Valonia, varias encuestas muestran que los holandeses adoptarían a los huérfanos flamencos sin problemas. Para ellos, la anexión de Flandes sería un muy buen negocio, económico y territorial.
Pero ¿qué piensan los flamencos de la idea? “¡No, no y no!”, exclaman a la vez ante la pregunta Lieve y Elke. Ambas viven en Gante y tienen raíces o lazos con Holanda. “¡Para eso no me fui de allí hace 20 años!”, exclama Elke, que emigró con su familia cuando era niña; sólo volvió ella. Allí era “la belga”; en Bélgica su acento la delata y pasa por holandesa.
“Hablamos la misma lengua pero nos comunicamos de forma diferente, ellos son mucho más directos y ruidosos, ¡no hay más que ver sus debates en televisión! Y se quejan mucho más cuando algo no funciona. Para ellos todo debe ser eficiente, claro, con reglas que todos deben seguir sin discusión...”. “Sí, aquí todo se interpreta más, no somos tan estrictos”, apunta Lieve, de madre holandesa. “Enseguida sacan el dedo moralista, creo que tiene que ver con el calvinismo”, opina Elke (el catolicismo es la religión mayoritaria en Flandes).
Aunque no tienen amigos francófonos y sólo van a Valonia de vacaciones, ambas se sienten representadas bajo la etiqueta de belgas, “por raro que parezca”. Son muchos los belgas flamencos, también los nacionalistas, que se siente más cerca de los francófonos que de sus vecinos holandeses. “Discutimos, sí, pero tengo más amigos valones que holandeses, tenemos más afinidades y, al fin y al cabo, compartimos una gran parte de cultura común belga”, apunta en otra entrevista Paul van Orshove, profesor de derecho en Lovaina.
Hasta la llegada de los canales privados, la televisión holandesa tenía una cuota de pantalla del 30% en Flandes; ahora es irrelevante. Pero los intercambios culturales son constantes. En literatura, las letras neerlandesas son una categoría propia que no entiende de pasaportes. El diario holandés 'NRC Handelsblad' fichó el año pasado a un periodista flamenco como director. Y es en la frontera entre los dos países donde se gesta a diario la viñeta política del periódico más influyente de Flandes ('De Standaard').
Su autor es Ruben Oppenheimer, natural de Maastricht (Holanda), que dice sentirse más próximo a los belgas que a sus compatriotas de Amsterdam aunque cree que “hay más diferencias que similitudes” entre holandeses y flamencos. Aun así, si Bélgica se dividiera, dice, podría surgir alguna alianza. Y a la vista de cómo ha evolucionado el debate político, Oppenheimer no cree que Bélgica dure mucho como Estado. ¿Tú a Holanda, yo a Francia? Los belgas no se fían.

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