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Historias en el armario

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TRES CUMPLEAÑOS.




La noche anterior al cumpleaños de su abuela, Gastón había estado con un flaco. Cenaron juntos y fueron a su casa. Tenía que levantarse temprano al día siguiente, porque la fiesta era al mediodía y había que volver al barrio, así que tuvo que apurarse para no perder el último tren. Se acostó muy tarde. Al otro día, en el cumpleaños, la mesa estaba dispuesta de modo tal que cada uno se sentaba con su respectiva novia o novio. A su lado, habían ubicado también una silla, que quedó vacía.

Su hermana lo mira y le dice:

—Quedó una silla para tu pareja.

Esa palabra ambigua que llevó a Gastón a sospechar que su hermana sabía. Ella le confesaría más tarde que lo dijo sin darse cuenta, pero supone que la traicionó el subconsciente. Gastón nunca había presentado una novia.

Ese mismo día, por la noche, Gastón seguía de cumpleaños, esta vez el de una amiga. Uno de sus hermanos también estaba invitado y, prendido a un vaso de vino, no paraba de hablarle de cualquier cosa. Él se moría de sueño y en un momento le dice que está fundido porque la noche anterior se acostó tardísimo. Su hermano mira alrededor, lleno de chicas, y le pregunta: “¿Con quién estuviste? ¿Es una de las amigas de Laura?”, pero él no respondió nada.

Noche siguiente, cumpleaños de su hermana menor; la tercera fiesta en dos días.

—¿Sabías que Matías acaba de salir del armario? —le pregunta su hermano, y agrega: —Vive con otro flaco. Hay que tener huevos para ser puto.

Gastón no sabía si había sido una indirecta o pura casualidad. Respondió cualquier cosa y siguieron conversando hasta que le quedó claro que su hermano no sabía nada. En un momento, éste vuelve a la pregunta de la noche anterior:

—¿No me vas a decir con quién estuviste anoche? Nunca me contás nada...

“Ahí me di cuenta que la cosa no daba para más”, dice Gastón. Tomó aire, le dio una palmadita en el hombro a su hermano y, finalmente, respondió:

—Negro, no lo conocés.



PISO COMPARTIDO.





Esteban nos cuenta la historia de dos amigos, Marina y Fernando, que se conocieron en la facultad. Ella empezaba su segunda carrera y Fernando recién llegaba de un pueblo del interior santafesino. Se hicieron amigos muy rápido.

Marina se puso de novia con Gerardo y, al final, se fueron a vivir juntos. Fernando hablaba siempre de Diego, con quien compartía el departamento. Le había dicho que Diego era un amigo de la secundaria que también había llegado a Rosario para estudiar y dividían gastos porque a ninguno de los dos le daban los números para vivir solo.

Pasó el tiempo, se recibieron, Marina se casó con Gerardo y Fernando seguía viviendo con Diego. Un día, Marina se encuentra en la calle con una amiga en común, que le dice:

—¿Sabés que el otro día conocí al primo de Fernando? Es un chico divino. Estaban haciendo juntos las compras en el supermercado.

Pero Fernando no vive con el primo —contestó Marina, extrañada—. Él vive con Diego, un amigo de su pueblo que vino a estudiar con él cuando recién llegaron a Rosario.

Él me dijo que era el primo. Y sí, se llamaba Diego… ¡Que se yo! Quizás me dijo que era el primo para no explicar tanto.





LA NEGRA.




Salimos del telo temprano por la mañana. Costó convencerlo de ir, ya que Fede tenía miedo de que alguien lo viera salir o entrar con otro hombre. Desayunamos en el Mc Donalds de la esquina y, antes de despedirnos, me dice:

—Esta noche voy al recital de Mercedes Sosa en el Rosedal.


Yo también tenía pensado ir, así que le propongo que vayamos juntos.

—No puedo, voy con mis amigos. ¿Entendés?

Los amigos de Fede no sabían. En realidad, nadie sabía de Fede. Así que le pregunto qué hacer si, por casualidad nos cruzamos:

—Si te veo, ¿te puedo saludar?

—Sí, claro. Pero, cualquier cosa, sos un compañero de la facultad.

Yo fui con mis amigos y Fede con los suyos. No nos cruzamos en toda la noche. Y ahí estábamos, a pocos metros el uno del otro, en medio de tanta gente, la Negra cantando y nosotros mandándonos mensajes de texto durante todo el recital.




LA TORTA GIGANTE.



“No contarlo no significa que los demás no lo sepan”, dice Renata y empieza a reírse de antemano de la historia que va a relatar.

“Yo estaba segura de que mi amiga no sabía nada. Pero ella no sólo sabía, sino que además estaba enojada porque yo no confiara en ella, así que encontró una manera de hacerme hablar. Fue tan original y me hizo reír tanto que se lo dije”, cuenta Renata.

Estaban con su amiga conversando sobre campañas gráficas, ya que ambas trabajan en publicidad y, de repente, ésta le dice:

—¿Viste la nueva publicidad de Exquisita?


—No —responde Renata.

—Bueno, mirala y después quiero que la comentemos.

Una semana después, mirando televisión, pasaron el comercial: la gente de un barrio cocinaba una torta gigante y la paseaba por todo el barrio. “Me empecé a reír tanto que no podía parar y al otro día, mientras iba manejando por la Panamericana, la llamé al celular y le dije:

—Tengo que contarte algo: me estoy yendo a la casa de mi pareja, que se llama Laura. ¡Y muy buena la propaganda de Exquisita!”.

No fue la única de sus amigas que la empujó a salir del armario. Con otra de ellas, la excusa fue su cumpleaños. Renata hacía una fiesta y, luego de pensarlo mucho, no se había animado a invitarla, porque iban a estar su pareja y todas sus amigas del ambiente. Nunca se había animado a contarle a su amiga y, si la invitaba a la fiesta, iba a darse cuenta.

Uno de los invitados, cuando llegó, le dijo:

—Tu regalo está en el auto, vení a buscarlo.


“Salí a la calle y en el auto estaba mi amiga, a la que no había invitado, disfrazada de regalo de cumpleaños. Me saludó y me dio un sobre con una carta. La leí en el momento y me puse a llorar de la emoción, hasta que ella me dice:

—Dale, pará de llorar, entremos y presentame a tu novia”
.



HERMANOS.



Mariano y Javier no habían ido nunca juntos a un boliche. Pese a ser hermanos y a que los dos solían salir cada fin de semana, cada uno lo hacía con su grupo de amigos y nunca se habían cruzado. Mariano tenía ganas de salir con su hermano menor, pero había un problema: nunca le había contado que era gay. No podía llevarlo a los boliches que frecuentaba, ni presentarle a sus amigos. Por eso, vivía poniendo excusas, y eso lo ponía mal. “Javier no debe entender por qué nunca lo invito a salir conmigo y va a terminar pensando que es porque no me siento bien con él”, pensaba.

Una noche, su hermano lo dejó sin opción. Cuando se estaba preparando para salir, Javier se acerca y le dice: “esta noche quiero ir con vos a donde vayas. Sos mi hermano y nunca salimos juntos, así que ya le dije a mis amigos que hoy salgo con vos”. El pibe estaba totalmente decidido y decirle que no hubiese significado ofenderlo.

—No hay problema —respondió Mariano lleno de dudas e, improvisando una excusa, le aclaró: —pero mirá que justo esta noche ya arreglé con unos amigos que los iba a acompañar a un boliche gay. ¿Estás seguro de que querés venir?

—Sí, vamos —respondió Javier entusiasmado.


Desde que llegaron, Mariano estaba muerto de miedo. En aquel boliche lo conocía mucha gente y su hermano tarde o temprano se iba a dar cuenta. Luego de un rato, buscó la forma de perderlo de vista. Un par de horas después, mientras conversaba con un flaco en la barra, lo vio. Javier estaba en el medio de la pista de baile dándose un beso con otro pibe.

“No lo podía creer”, cuenta Mariano, que nunca había sospechado que su hermano menor también era gay. Javier se dio cuenta de que Mariano lo había visto. Volvieron a casa sin decir nada pero, unos días después, terminaron conversando sobre todo lo que nunca habían hablado. Desde entonces, empezaron a salir juntos cada fin de semana.


FUENTE






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