Canales populares

Holodomor: un genocidio por hambre


Los muertos por hambre yacen en las calles ucranianas en 1933. El horror, parte de la vida cotidiana.


Entre 1932 y 1933 la entonces República Socialista Soviética de Ucrania fue asolada por el hambre provocado por la mano de Stalin. 10 millones de personas murieron en este genocidio que los ucranianos conocen como Holodomor, y que significa “morir de hambre”. En el marco de un nuevo aniversario de este crimen contra la humanidad, Observador Global viajó a Ucrania para descubrir que exceptuando a algunos intelectuales, a ciertos políticos que intentan ganar consensos apelando al nacionalismo, y a determinados representantes de la comunidad desperdigados por el mundo, pocos en Ucrania hacen algo para recordar una de las mayores tragedias del siglo XX. La indiferencia es el principal enemigo de la memoria.


El Holodomor, o Genocidio por hambre, mató en Ucrania a más de 10 millones de personas.


El viajero que quiera recorrer Ucrania deberá entender que en esta parte del mundo la geografía es tan caprichosa como la Historia. El país que hoy se llama Ucrania coincide poco con aquella Ucrania que se conoce a través de la literatura o de los recuerdos.

Ucrania es una idea, una figura. Curiosamente, la idea de Rusia que en general se tiene, proviene en general del folklore ucraniano: jóvenes rubias con trenzas de vestidos floreados de lino, jóvenes de vistosos bigotes negros calzados con botas y a caballo. Los campos de girasoles y el cielo celeste son los colores de la bandera ucraniana: amarillo y celeste. La Ucrania imaginaria era un país predominantemente campesino, una llanura habitada por cosacos, ucranianos, bielorrusos, rusos, salpicada por ciudades habitadas también por armenios, hebreos, polacos, rumanos.

Ese mundo ya no existe más. La Segunda Guerra Mundial causó en este país 6 millones de muertos, y el desplazamiento de sus fronteras. Hoy, el país más grande de Europa comprende territorios que antes pertenecían a Rusia, a Polonia, a Eslovaquia, a Rumania. Diez años antes de la Guerra, durante una larga y terrible carestía murieron alrededor de 10 millones de personas. Esa tragedia recibe el nombre de “Holodomor”, la muerte por hambre.

Es difícil imaginar hoy cómo era esa Ucrania perdida. La identidad ucraniana está todavía en construcción, y la Historia del país está permanentemente en re-elaboración.

Si alguien fuera en búsqueda de ese pasado, debe servirse de la documentación sobre el tema: “Cuando Stalin llegó al poder ordenó la colectivización. Los campesinos no eran dueños de su producción. Todo era secuestrado por el gobierno, que necesitaba satisfacer la demanda de alimentos. El techo impuesto era imposible de alcanzar, y muchos de los campesinos estaban empleados en la industria. Para no castigar a la población de las ciudades, Stalin promulgó la ley de la espiga. Si un campesino era encontrado en posesión de una sola espiga de trigo, debía ser fusilado.” (Oleksa Voropai).

¿Diez millones? ¿Un millón? ¿Acción deliberada para aniquilar al pueblo ucraniano? ¿Desgracia compartida por todos los campesinos soviéticos por igual? ¿Lucha de clases? ¿Crimen de Stalin? Es poco probable que recorriendo Ucrania uno logre hacerse una idea clara.

Lviv, o Leópolis, donde comenzaron las manifestaciones anti-rusas durante la perestroika, es el centro intelectual del país. Hoy está llena de negocios, hoteles, restaurantes de lujo. No es fácil conseguir un alojamiento a buen precio.

Pero existen Andrej y Liuba, dos profesores retirados que tienen un departamento en pleno centro de Leópolis. Una gran suerte para ellos, con su jubilación de profesores de la Universidad no les alcanza para comer. No es extraño, 25 dólares por mes es realmente poco. Las bellezas arquitectónicas de la ciudad atraen muchos turistas que, a 5 dólares por noche, ayudan a redondear un poco las cuentas del matrimonio. “¿Holodomor? Son invenciones de los americanos que nos quisieron separar de Rusia, los mismos que financiaron la revolución anaranjada. En la época del comunismo vivíamos bien. Hace dieciséis años que no vemos el mar, antes íbamos todos los años gratis. Los hospitales eran gratis. El año pasado me tuve que sacar dos dientes porque no me alcanza para arreglármelos. Esto es hambre.”

En la Universidad de Leópolis, el profesor de Historia Aleksander Dovchenko enseña Historia Ucraniana. “¿Holodomor? Es algo muy difícil de analizar, y sobre eso no existe ningún registro. Nadie se pone de acuerdo sobre las cifras ni sobre los motivos o las causas. No se explica como un intento de aniquilar a los ucranianos. Todos los pueblos de la Unión Soviética sufrieron la “rusificación”. Fue más bien un juego absurdo de responsabilidades donde nadie quiso admitir lo que estaba ocurriendo. Los campesinos conservan siempre la memoria de un pueblo, representan las más arraigadas tradiciones. Su desaparición era cómoda para la construcción del nuevo hombre soviético y socialista. Un ciudadano sin pasado, sin identidad. Ucrania es aún hoy la mayor llanura fértil de Europa. Por eso el hambre aquí fue peor. Fue justamente para aprovisionar a los centros más alejados que se privó a los campesinos de sus tierras y de sus cosechas. ”

En el museo de antropología de la ciudad, ninguna sala recuerda la hambruna. El director del museo, Nazar Podolski, explica que el museo está para otra cosa, es más bien “un viaje por la cultura ucraniana desde sus comienzos”. Aparentemente, la muerte de diez millones de personas no aporta nada nuevo.

En la ciudad, no hay un solo monumento, una sola lápida sobre el Holodomor. En el ayuntamiento de la ciudad, nadie parece sorprenderse: “aquí no hubo hambre, eso fue en la Ucrania rusa. Esto antes era Polonia.”

Las investigaciones son de otro tono: “Miles de personas morían por las calles. Habían desaparecido los perros, los gatos, las ratas. Era el turno de los que quedaban en vida. Una madre vuelve a su casa y encuentra al marido devorándose a su hijo. ‘Se hubiera muerto de cualquier manera’, se justifica el padre. Y la madre se sienta a la mesa. En un mercado, un niño roba un pescado. La muchedumbre enceguecida lo persigue y lo mata a golpes.” (Ryszard Kapuscinki).

En la estación de trenes de Odessa, los anuncios se hacen en ucraniano. Sin embargo, es una lengua que nadie habla. La ciudad es completamente rusa. Además del puerto, y de sus playas, la mayor atracción de la ciudad se llama Arkadia, un barrio donde se suceden discotecas temáticas a lo largo de cuatro kilómetros. “Far west” en puro estilo country, “Ibiza” es una casa blanca, “Kleopatra” en forma de pirámide y “Sputnik”, de nave espacial. Ayudadas en partes iguales por la naturaleza y por los tacos, las chicas que pasean de bar en bar miran al mundo desde muy arriba. “¿Holodomor? Fue una terrible carestía donde murió mucha gente” es la opinión más comprometida que uno puede obtener de una juventud que habla en ruso y que quiere mirar hacia adelante. Tampoco en Odessa existe ningún monumento que recuerde la tragedia.

La república autónoma de Crimea, es también un territorio tártaro de lengua rusa, y la destinación más turística del país. Las playas de la península se llenan de turistas. Puede uno perderse en playas salvajes, acampando libremente, o elegir alguna de las ciudades-diversión de la costa, o la elegante y carísima Yalta, donde llegan los cruceros desde Estambul o Venecia. Intentar conocer algo sobre el Holodomor en Crimea no tiene sentido: “Pocas veces la Madre Rusia perdió tanta sangre como la que dio por conquistar Crimea. Es un territorio históricamente ruso, y estratégicamente ideal. Los ucranianos harían cualquier cosa para que siga siendo ucraniano. El Holodomor forma parte de ese plan.”

Kiev, la capital de Ucrania, es una de las ciudades más bonitas del mundo. Nació aquí, hace mil años, el primer estado eslavo. Extendida a orillas del río Dniepr, está llena de iglesias de cúpulas doradas, de parques y jardines. Sentado en uno de los bancos de uno de estos parques, está Dimitri. Junto a él, un tablero de ajedrez con las piezas ya en orden. Quien quiere, se sienta y sin, pronunciar palabra, comienza a jugar. Cuando termina la partida, se puede hablar. ¿Holodomor? Dimitri no es tan viejo, pero recuerda lo que contaban en la familia. Muy de vez en cuando, de esas tragedias es mejor no hablar. El padre era huérfano. La madre, también. Unos muertos en la guerra. Otros, de hambre. “Todo el pueblo entero de donde venía mi familia murió de hambre. Nunca conocí a ningún pariente.” Pero prácticamente nunca habló, él, de la Gran Hambruna con su familia. “Estaba prohibido. Sabemos ahora que fue un genocidio. Yo mismo siempre pensé que la causa había sido una gran carestía, una gran sequía. No hay registros, no hay estadísticas, historias. En las escuelas nadie habla de ello.” Sobre el genocidio por hambre, llamado oficialmente “colectivización de la agricultura”, se comenzó a hablar recién cuando la Unión Soviética dejó de existir.

En toda Ucrania, el único memorial dedicado a la tragedia está en Kiev. En un parque hay diseminadas varias figuras esculpidas que representan el Hambre. Arde una llama eterna, y está todo rodeado de flores. No hay visitas, no hay peregrinaciones, nadie viene a conmemorar a sus muertos. Los millones de muertos por hambre no tienen ni siquiera una tumba, un lugar donde ser venerados. La menor preocupación de la gente en ese momento fue de cavar aunque fuera una fosa común. Fotografías de la época, expuestas en el pabellón del Museo de Historia Ucraniana de la ciudad, retratan la indiferencia ante los cadáveres dispersos por las calles.

La indiferencia es aún hoy el principal enemigo de la memoria. Después del Holodomor, Ucrania vivió la Segunda Guerra Mundial, a la que siguieron los años de represión estaliniana, el comunismo de la guerra fría y la desestabilización que llegó con la Perestroika. La Independencia fue acompañada de la corrupción y del capitalismo más salvaje. Hoy, que la economía parece más fuerte, el país lucha por mantener su independencia frente a la amenaza rusa.

Además de un reducido grupo de intelectuales ucranianos, y de ciertos políticos que intentan ganar consensos apelando al nacionalismo, pocos en Ucrania hacen algo para recordar una de las mayores tragedias del siglo XX. Como explicaba la señora Nadezhda, una de las pocas que visita el memorial del Holodomor: “En este país donde los vivos sufren tanto, difícilmente encuentra alguien el tiempo para ocuparse de los muertos, aunque hayan sido diez millones.”


FUENTE:
0
0
0
0No hay comentarios