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Jerry Lewis, un grande

Jerry Lewis
Entre la genialidad y la indiferencia

“Cuando dirijo, hago de padre; cuando escribo hago de hombre; cuando actúo hago de idiota”, dijo alguna vez Jerry Lewis; una definición tan breve como exacta que sirve para describir la carrera de este cómico genial, quizás el más importante que haya dado el cine después de Charles Chaplin, y un director audaz y extremadamente vanguardista, una estrella de la que Hollywood siempre ha renegado por considerarlo tan solo un payaso, un actor menor y un director sin gracia, calificativos que, sin embargo, no comparten en buena parte de Europa, sobre todo en Francia, donde es aclamado y venerado como un genio del séptimo arte en todas sus áreas. Si hasta el revolucionario director y crítico de cine francés Jean-Luc Godard, lo elogió cuando dijo en la década del ’60 que “en los Estados Unidos, el único que sabe lo que hace es Jerry Lewis y él es conciente de ello”.

Director, productor, guionista y protagonista de sus propios films, Lewis, que desde muy joven encontró la fama a partir de su exitoso dúo cómico-musical con Dean Martín, se anticipó a varios talentos del cine, porque desde Mel Brooks a Roberto Benigni, pasando por el mismísimo Woody Allen, todos le copiaron cosas. Quizás fue demasiado atrevido e innovador para la época en que filmó sus películas, algo que en su país no supieron, o no quisieron, reconocer; tal es así que a pesar de que sus films fueron grandes éxitos de taquilla, tanto en Estados Unidos como fuera de él, y que reflejó al hombre norteamericano mejor que cualquiera de las películas dramáticas que año tras año saturan la pantalla grande, nunca recibió una nominación al Oscar. Una increíble deuda que la industria mantiene con uno de los cómicos más grandes de la historia.

El rey de la comedia

Hijo de una pianista de variedades llamada Rae Rotherberg y de Danny Lewis, un cantante del montón que se ganaba la vida como podía, Joseph Levitch, más conocido en el mundo como Jerry Lewis, nació el 16 de marzo de 1926 en Newark, New Jersey (Estados Unidos).

Si bien su infancia la pasó, casi en su totalidad, junto a su abuela materna debido a las incesantes e interminables giras del matrimonio Lewis, en los veranos solía acompañarlos en sus presentaciones, y como no podía ser de otra manera para un hijo de artistas, el escenario se convirtió en un lugar demasiado familiar para el pequeño Joseph como para que, en el futuro, se dedicara a otra cosa que no tuviera que ver con el mundo del espectáculo. Tal es así, que su debut frente al público se produjo cuando tenía solo cinco años en un hotel en el que actuaban sus padres. Cantó la canción Brother, can you spare a dime? (Hermano ¿podrías darme una moneda?) y el público lo ovacionó, sobre todo porque después de cantar, mientras se despedía, se resbaló y cayó sobre el escenario. La gente comenzó a reír, algo que, lejos de intimidarlo, disfrutó.

Luego, la adolescencia lo encontraría, ya bajo el nombre de Jerry Lewis, haciendo números cómicos en diferentes clubes nocturnos de su país. Uno de los momentos más destacados de su rutina llegaba cuando hacía la mímica de canciones operísticas y populares, a las cuales les sumaba sus innumerables muecas y caídas al piso, una característica de su humor a lo largo de toda su carrera y por la cual el tiempo, después, se encargaría de pasarle las facturas correspondientes.

Pero fue con Dean Martin, cuyo nombre real era Paul Dino Crocetti, con quien formó una sociedad imbatible que comenzó, casi de casualidad, en el Club 500 de Atlantic City. Era el año 1946 y el cabaret, de la noche a la mañana, se había quedado sin cantante. Ante esa situación inesperada, Lewis, quien se presentaba en el lugar con su unipersonal, propuso como reemplazo a Martin, de quien se había hecho amigo luego de su paso por un club nocturno de Nueva York, el Glass Hat. Confiaron en la recomendación y lo contrataron. Al principio tenían actuaciones por separado, pero un día, imprevistamente y en medio de su show, el cómico invitó al cantante a subir al escenario. Juntos hicieron una muy cómica improvisación que hizo delirar de risa a todos los presentes esa noche, al punto tal que no los dejaban bajar de escena. A partir de ese día, ya nada volvería a ser igual en sus carreras. El boca a boca que se generó fue imparable y casi sin darse cuenta se convirtieron en el dúo Martin & Lewis. En pocos días pasaron de ganar 250 dólares semanales a 5 mil y lo que vino luego fue todavía mejor, se transformaron en un suceso sin precedentes, solo comparable con el furor que despertaron Elvis Presley y Los Beatles tiempo después. Los clubes nocturnos se peleaban por contratarlos y la gente se agolpaba por conseguir entradas o simplemente un autógrafo.

Con tanto éxito, las propuestas para hacer cine no tardaron en llegar. En 1949 formaron parte del elenco de My friend Irma (Mi amiga Irma). El productor cinematográfico Hal Wallis los había visto actuar en el Copacabana de Nueva York y ahí mismo les ofreció un contrato con la Paramount Pictures. Los elogios de la crítica se hicieron oír, para ellos Jerry había sido lo más divertido de la película, cuyo éxito derivó, un año después, en una segunda parte titulada My friend Irma goes west (Mi amiga Irma va al oeste). Pero fue recién en su tercer film, At War with the Army (A la guerra con el Ejército), de 1950 donde se convirtieron en protagonistas absolutos. A ese título le siguieron catorce más, siempre con la misma fórmula: mientras Martin hacía de galán y poderoso; Lewis, era el tonto y perdedor. Así, el dúo se convirtió en los años de post guerra en un reflejo casi perfecto de la sociedad norteamericana por aquella eterna división de ganadores y perdedores, lindos y feos que, si bien ha sido una constante en la historia del mundo, fue desde siempre una característica muy marcada del país del norte y que Martin y Lewis supieron mostrar con mucho éxito en la pantalla, algo que el cómico después mantendría a lo largo de su carrera como realizador.

Para los años ‘50, Dean Martin y Jerry Lewis eran los reyes absolutos de la comedia en todos los ámbitos posibles: cine, radio, televisión y clubes nocturnos. La fama había llegado a límites insospechados para un dúo de cómicos; el dinero les llovía y las tapas de revistas se repetían una y otra vez con sus rostros. Pero en 1956, luego de diez años de éxito y con el cantante un poco cansado de que todos los elogios se los llevara su compañero, con quien la crítica, a diferencia de lo que ocurriría tiempo después, todavía era benevolente, filmaron su última película juntos: Hollywood or Bust (aquí titulada Entre la espada y la pared) y el 25 de julio se despidieron con una actuación en el Copacabana. No volvieron a verse hasta 1976, cuando Frank Sinatra los reunió en el Telemaratón anual organizado por el cómico para juntar dinero en su lucha contra la distrofia muscular (ver Un reencuentro...). Se terminaba una era, pero lo mejor de Lewis todavía estaba por venir.

Jerry, todo terreno

Después de la ruptura del dúo, comenzó otra carrera para Jerry Lewis, la separación de Dean Martin lo alentó a meterse de lleno en el mundo del cine, y luego de dos películas que le sirvieron para ganar confianza, tomó el control absoluto de los filmes que protagonizaba. En 1959 firmó con la Paramount Pictures el que hasta ese entonces era el contrato más importante en la historia del cine: 10 millones de dólares, más el 60 por ciento de las regalías de catorce películas durante siete años.

Su primera realización fue The Bellboy (El botones, 1960), alabada hasta por el mismo Chaplin, cuyo protagonista no dice una sola palabra hasta el final del film. Después vendrían otras películas como The ladies man (El terror de las chicas, 1963), para la cual construyó la escenografía más grande jamás realizada dentro de un estudio: una casa de muñecas en tamaño natural; y The family Jewels (Las joyas de la familia, 1965), donde interpretó a siete personajes distintos. Pero sin dudas que una de sus películas más aclamadas, y en la cual logró plasmar en pantalla toda su genialidad como comediante, guionista y director, fue The nutty professor (El profesor chiflado,1963), una notable adaptación del clásico de Robert Louis Stevenson, El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, donde compuso dos personajes inolvidables: el profesor Julius Kelp y el galán extremadamente desagradable Buddy Love (para algunos una imitación de Dean Martin). Pero no se quedó solo con eso: en ¿Y dónde está el frente? (1970), ensayó una crítica ácida a la guerra de Vietnam, que se adelantó a las películas de denuncia sobre el tema. También se anticipó a La vida es bella (Roberto Benigni), en un film donde interpretaba a un payaso en un campo de concentración en plena Segunda Guerra Mundial, pero la crudeza del tema hizo que la película se archivara terminada y nunca viera la luz.

En los ‘70, mientras en Europa el reconocimiento hacia su figura era interminable - ganó en ocho oportunidades el premio al mejor director del año - en Estados Unidos su figura había perdido atractivo para el público, los jóvenes lo consideraban pasado de moda mientras que la crítica nunca le perdonó su constante experimentación como realizador. Eso, más la falta de apoyo de la industria, terminó por cortar su carrera cinematográfica. El reinado de Jerry Lewis parecía terminado. Solo quedaban los recuerdos de aquel joven que hizo del humor físico su marca registrada (que después continuarían actores como Jim Carrey y Adam Sandler). A partir de entonces, además de dar shows en Las Vegas y hacer algunos programas de televisión, dedicó su tiempo a otra de sus grandes pasiones: la docencia; y con todo lo que rescató de sus clases de cine -480 horas de grabaciones- escribió un libro: El oficio del cineasta, uno de los textos más completos que se hayan escrito sobre la realización cinematográfica. También continuó con su Telemaratón anual, un clásico de la televisión estadounidense que desde 1966 hasta el día de hoy organiza, año a año, para juntar fondos para la Asociación Americana de Distrofia Muscular, un tema que ha desvelado a Lewis desde 1949 y por el cual, en 1977, fue nominado al premio Nobel de la Paz.

Al cine volvió, luego de dos películas fallidas, recién en 1983 de la mano del director Martin Scorsese, quien lo rescató del olvido para protagonizar The king of comedy (El rey de la comedia) junto a Robert Deniro. Las críticas, esta vez y después de mucho tiempo, por fin fueron buenas. Sus últimas apariciones en la pantalla grande fueron en Arizona Dream (1993), de Emir Kusturica, y Funny Bonnes (1995), de Peter Chelsom.

Lewis se casó en dos oportunidades: en 1944 con Patti Palmer, su primer amor, con quien a lo largo de sus 38 años de matrimonio tuvo cinco hijos y en 1983 con una joven llamada Sandee Pitnick, de cuya relación nació una niña.

Hoy, a los 80 años, y después de pasar por un cáncer de próstata, una hemorragia estomacal, un infarto, una fractura de columna, una enfermedad pulmonar y superar una seria adicción a las pastillas, Lewis, sin un sustituto al trono a la vista – más allá de que algunos, en un primer momento, creyeron ver en Jim Carrey a su heredero - sigue siendo el rey indiscutido de la comedia y un director todavía por redescubrir, con quien la Academia de Hollywodd, como alguna vez ocurrió con Chaplin, mantiene una deuda incomprensible. Ojalá la indiferencia le abra paso a la genialidad y ese merecido reconocimiento le llegue en vida, porque finalmente el tiempo demostró que Godard no estaba equivocado, Jerry Lewis sabía lo que hacía, solo que no supieron darse cuenta.

Fuente: http://www.codigoretro.com.ar
Nota: http://www.codigoretro.com.ar/personajes/jerrylewis/entre_lagenialidad.htm
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