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Jesús está vivo Padre Emiliano Tardif Parte VII

7 AYUDAS PARA LA SANACIÓN


Hay autores que, señalando ciertos obstáculos que impiden la sanación, hacen una lista de actos o actitudes que bloquean la acción sanadora del Señor.
Esto parece discutible, ya que Jesús es amo de lo imposible y no hay cosa que pueda impedir su acción salvífica.

Él es libre y poderoso para actuar con nuestra colaboración o prescindir de ella. El actúa a veces de una forma y a veces de otra.

Lo cierto es que nos sana gratuitamente. Por ejemplo, se afirma que la ausencia de fe es una causa por la cual el Señor no nos cura. Soy testigo de sanaciones entre los musulmanes y gente sin fe.

Dios es más grande que nuestra falta de fe. Nosotros no podemos imponerle reglas de conducta.
El hace las cosas por caminos diferentes y mejores a los nuestros (Isaías 55, 8).

Por esta razón prefiero hablar de medios y ayudas que favorecen la acción de Dios. La gracia de Dios es eficaz, pero si encuentra un campo preparado puede dar fruto más abundante.

A.- EVANGELIZANDO

Lo que más puede distorsionar el ministerio de curación es, disociarlo del contexto de evangelización. La sanación aislada y separada del anuncio explícito de la salvación en Cristo Jesús carece de fundamento evangélico.

La promesa de Jesús "en mi nombre expulsarán demonios, hablarán lenguas nuevas, impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán sanos", viene inmediatamente después de la orden: vayan por todo el mundo y proclaman la Buena Nueva a toda la creación. (Marcos 16, 14-16).
Evangelizar es instaurar la salvación íntegra del hombre en Cristo Jesús, salvación que se extiende al cuerpo, al alma y al espíritu.

Curar sin anunciar la Buena Nueva de salvación es curanderismo.
La curación realizada por Dios se presenta siempre en un contexto de evangelización. Jesús envió a sus apóstoles a evangelizar y evangelizando a curar a los enfermos. No sólo a curar ni sólo a proclamar un mensaje.

Las dos cosas van siempre juntas. Un día estaba comiendo cuando alguien me preguntó indiscretamente:- Padre, ¿usted está seguro de que tiene el don de curación?

Yo no podía contestar inmediatamente, así que todos se me quedaron mirando, esperando mi respuesta.

Entonces dije:

-Bueno... estoy seguro que tengo la misión de evangelizar, los signos y curaciones acompañan siempre la predicación del Evangelio. Yo simplemente predico y oro mientras que Jesús sana a los enfermos.-

Así hemos hecho el equipo de trabajo y nos acoplamos bien. La última palabra del Evangelio de Marcos es muy elocuente:

Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban (Marcos 16, 20).

Por esta razón a mí no me gusta orar por los enfermos si no tengo oportunidad de proclamar que Jesús está vivo y dar algunos testimonios que muestren que el Evangelio es verdad y que se vive hoy. Yo soy testigo de que los milagros y curaciones se multiplican cuando anunciamos a Jesús. Yo no entiendo cómo todavía hay personas que se sorprenden y no aceptan los milagros. A mí me sorprendería más que Jesús no cumpliera sus promesas de sanar a los enfermos cuando anunciamos su nombre.

Si Dios es maravilloso ¿por qué no habría de hacer maravillas?. Durante el Congreso de Quebec en 1974 me pidieron un taller sobre los signos que acompañan la evangelización.

La sala de las conferencias estaba llena con unas 2.000 personas. Como había mucho ruido en el pasillo exterior, deje mi folder (portafolios) sobre el escritorio y yo mismo salí discretamente a cerrar la puerta para estar más recogidos.

En el pasillo estaba una señora en silla de ruedas que tenía cinco años y medio sin poder caminar. La invité a entrar pero ella me respondió:

- Yo quería entrar pero no me dejan, pues la sala está llena y no puedo caminar.-

Venga -le dije- y empujé la silla. Cerré la puerta y comencé mi conferencia, insistiendo en la importancia de anunciar a Jesús resucitado que sana y salva a todo el hombre y a todos los hombres.

Di el testimonio de mi curación y cómo el Señor nos cura con su amor. Subrayé la importancia de testificar las maravillas del Señor en nuestra vida. Una persona se puso de pie y argumentó:

- Yo soy cristiano y creo en Dios. Pero también soy médico y creo que antes de afirmar que estamos curados deberíamos de tener un examen médico que certificara la curación; como lo hacen en Lourdes por ejemplo.-

Usted, como médico, tiene derecho a hacerlo, pero cuando uno siente la sanación como fue mi caso, no se puede esperar lo que digan los médicos para dar gracias a Dios.

El replicó diciendo que deberíamos ser prudentes y mil cosas más, argumentando con palabras que yo ni entendía. Sus razones eran como hielo que caía sobre la asamblea, pues yo no sabía qué contestarle.

Cuando todo se estaba viniendo abajo por la prudencia y sabiduría de ese médico, la señora de silla de ruedas que yo había introducido en la sala sintió una fuerza, se levantó y comenzó a caminar sola por el pasillo de la sala.

Por un accidente de automóvil cinco años y medio antes, había tenido una delicada operación y le habían quitado las rótulas. Por tanto, médicamente ella no podría volver a caminar. Pero el Señor la levantó ante los aplausos y admiración de todo mundo. Unos lloraban y otros la felicitaban. Su nombre era Elena Lacroix.

Al llegar al micrófono nos dio su testimonio. Cuando terminó de hablar, y la gente aplaudía, me dirigí al médico y le pregunté si creía que deberíamos esperar un examen médico o si ya podíamos dar gracias a Dios.

El médico se tiró de rodillas al suelo. Era el más conmovido de todos. Se sentía apenado y avergonzado de haber hecho el ridículo. Yo le dije:- No se preocupe. Dios quería hacer un gran milagro hoy y lo usó a usted para manifestar su gloria, diciendo:

"Como el padre Emiliano no te puede contestar, Yo si lo haré".

Esta fue la primera sanación física que vi con mis ojos, precisamente al evangelizar. ¡Gloria a Dios!

B.- FE EXPECTANTE

La fe es un ancho canal que favorece que al agua viva de la salvación se manifieste en nuestra vida. La fe nos hace entrar en comunión con Dios mismo y participar su salvación integral, incluyendo la sanación, sea física, sea interior.

La fe es confiar, depender y entregarse sin condiciones a Dios y su designo sobre nuestra vida, renunciando a nuestros planes y medios de salvación. Es decir, nos hace tener los ojos fijos en el Señor Jesús que murió por nosotros y ya resucitó.

Hay personas que tienen los ojos en ellas mismas y no en el Señor. Están pensando más en su sanación que en el Sanador. Se trata de tener fe en Jesús; no fe en nuestra fe. Esto último no sirve de nada.

El mejor acto de fe es cuando creemos que Dios es más grande que nuestra poca fe y que no puede depender de nosotros. Llamamos fe expectante a aquella que espera con certeza y confianza que Dios actúe de acuerdo a sus promesas, sabiendo que Él quiere sanarnos.

Cuando creemos de esta manera es como si en vez de tener unos cables delgados extendemos unos gruesos para que la acción de Dios sea de alto voltaje. Yo generalmente no acepto orar por los enfermos sin antes edificar su fe con algunos testimonios para que esperen y confíen en que el Señor quiere sanarlos.

Un día concelebraba la Eucaristía con un Obispo. Su homilía fue una joya que mostraba elocuentemente el valor de la cruz y del sufrimiento. Después de la comunión me sorprendió al pedirme que orara por los enfermos.

Yo le repliqué:

Monseñor, su homilía sobre la cruz fue tan bella que nadie quiere ya sanarse, pero si me permite hablar antes sobre el poder de la cruz y cómo la sanación es un signo del amor de Dios

Jesús nos ha prometido que obtendremos aquello que creemos que ya hemos recibido. (Marcos 11, 24) El Evangelio está lleno de personas que piden y reciben, buscan y encuentran, llaman y se las abre la puerta. Dios nos pide ser sencillos en nuestra fe. Sin embargo, hay gente que ora así:

Señor, si es tu voluntad, si me conviene, si va a servir para mi santificación y salvación eterna... entonces, cúrame.

Ponen tantas condiciones que más bien parecen excusas a su falta de fe. Debemos ser pobres que dependen totalmente de su Padre. Un niño nunca dice a su mamá:

Mamá, si me conviene y no me hace daño el colesterol, dame un huevo.

El niño simplemente pide y la mamá sabe si le conviene o no. A nosotros nos corresponde ser pobres y humildes y pedir con la confianza de recibir. Otros limitan el poder de Dios y dicen así

Señor yo estoy enfermo del corazón, la garganta y mi rodilla. Pero con tal que me sanes el corazón, me consuelo.

Estos también están orando mal. Hay que pedir el paquete completo, sin ponerle límites a la acción de Dios. Él es magnánimo y da abundantemente.

Si tiene y da el Espíritu Santo sin medida, de igual manera concede sus dones. Cuando el Papa León XIII cumplía 50 años de Obispo, un cardenal quiso halagarlo diciéndole:

Le pedimos a Dios que llegue a cumplir otros cincuenta años.

El Papa replicó con sagacidad:

No le pongamos límites a la providencia de Dios.

El 13 de junio de 1975 fui a un campo para celebrar la fiesta de San Antonio. Confesé, prediqué, celebré la Eucaristía y oré por los enfermos. Salí rápido de la sacristía pues todavía me faltaba hacer unos bautizos y otras muchas cosas. Una joven me salió al paso llevando de la mano a su mamá. Sin introducciones me dijo muy decidida:

Padre, ore por mi mamá para que se sane.

Yo le contesté un poco enfadado:

Pero si acabamos de hacer la oración por todos los enfermos.

Ella, con la fe de la mujer siro fenicia del Evangelio, argumentó:

Es que mi mamá está sorda y no se dio cuenta cuando usted oró.

Sentí compasión de esa gente tan pobre y sencilla. Le hice la seña que se sentara rápido y toda mi oración fue ésta:

Señor, sánala; pero aprisa, porque tengo mucho trabajo.

Inmediatamente me agaché y pregunté a la señora:
¿Hace mucho que usted está sorda?

Desde hace ocho años.

Me sorprendí que me respondiera, pues se suponía que no debería haber escuchado mi pregunta.

Entonces le hablé en voz más baja y le dije:

Usted parece ser una buena mamá...Ella se sonrió.

¡Me había escuchado! Pero, más bien, fue el Señor quien nos escuchó en esa oración tan original. Ella sintió como un viento rápido que entro en sus oídos y los destapó.

Yo puedo comprobar que es verdad aquella palabra del Señor:

Antes de que me llamen yo responderé, aún estarán hablando y yo les escucharé. (Isaías 65, 24).

Y la convicción del creyente que afirma:

No está aún en mi lengua la palabra y ya tú, Yahveh, la conoces entera. (Salmo 139, 4).

Que la fe y la curación van íntimamente unidas lo expresa de una manera muy bella María Teresa G. de Báez a quien Dios sanó de artritis reumatoide a raíz de lo cual toda su familia se acercó al Señor:

"Me faltan palabras, pues hoy no sólo le debo agradecer a Dios mi curación física sino algo mucho más grande y maravilloso que es la "FE", por la cual Dios es la letra de mis canciones, la imagen de mis ilusiones y la luz de mis ojos". Asunción, Paraguay 25 de agosto de 1981.

C.- ARREPENTIMIENTO

El arrepentimiento favorece la sanación física e interior. La enfermedad en sí (no ésta o aquella enfermedad) es producto del pecado. Si nos arrepentimos del pecado y nos convertimos a Dios, necesariamente van a cesar las consecuencias del pecado.

Para esto conviene leer 1Corintios 11, 30 .Confieso que hay personas que viven en pecado y que son sanadas por el Señor, pero también soy testigo que la mayor parte de las que reciben curación son llevadas a un arrepentimiento.

Sin embargo el camino más normal es el que encontramos en el Evangelio:

Primero, la sanación del pecado: "tus pecados te son perdonados".- Después, la sanación física: "levántate, toma tu camilla y anda".(Marcos 2, 5-11).

Altagracia Rosario era una joven de 26 años que estaba sorda desde hacía dos años y que tenía varios meses ciega; además una anemia la mantenía en la cama esperando lentamente su muerte. Su mamá la llevó a la quinta reunión de Pimentel en 1975.

Era tanta gente por todas partes que la acostó en el suelo. La pobre enferma, sorda y ciega, sufría mucho y no se daba cuenta de lo que pasaba. Al día siguiente estaba completamente sana: veía y oía perfectamente. Pero lo más maravilloso no fue que se le abrieran los ojos y los oídos sino que el Señor entró en su corazón apartándose inmediatamente de una situación de pecado en la que vivía desde hacía tiempo.

Luego se hizo catequista y daba su bello testimonio en San Francisco de Marcorís de donde era originaria Meses después, viviendo las delicias de la nueva vida que Jesús le había dado, cayó enferma de fiebre.

El 18 de noviembre le dijo alegremente a su mamá:- Mamá, oí la voz del Señor en mi corazón que me decía que dentro de dos días vendría a buscarme para llevarme con Él.

Su mamá le respondió:- Altagracia, no digas eso. Es tu fiebre la que te hace delirar y pensar que es la voz del Señor. No vuelvas a repetir eso porque se van a burlar de ti. Sin embargo, ella lo contaba a todas las catequistas que iban a visitarla.

Y efectivamente, el 20 de noviembre murió feliz y cantando como un pajarito. Su entierro fue bello; en medio de cantos de alegría y de esperanza. Ella había recibido la sanación total: su muerte no fue luto ni hubo lágrimas sino felicidad y alegría porque se encontraba de manera definitiva total con Aquel que la amaba.

Annette Giroux de 28 años, sufría de Parkinson y fue llevada por sus parientes a la misa de clausura del Congreso de Montreal en Pentecostés de 1979. A la hora de la comunión un sacerdote subió a las gradas del estadio y le ofreció la comunión, pero ella dijo:- No, no puedo comulgar porque vivo en pecado.

Tenía dos años que vivía en concubinato. Allí mismo decidió cambiar su conducta. Se arrepintió, se confesó, comulgó y tomó el riesgo de la fe. Al regresar a su casa le dijo al hombre con quien vivía:- A partir de hoy no me consideres tu mujer, a no ser que te quieras casar conmigo por la Iglesia. En tres días regreso a la casa de mis papás. Tomó una habitación aparte y dos días después despertó sintiendo un gran calor en todo el cuerpo.

Se levantó dándose cuenta que no tenía el dolor relacionado con su enfermedad. Estaba completamente sana. Así, sana de su alma y de su cuerpo, regresó con sus padres. Dos meses después se celebró el sacramento del matrimonio con asistencia del grupo de oración que había escuchado su testimonio.
Ella primero se arrepintió y después fue sanada físicamente.

En el siguiente caso sucedió al revés: Mariano tenía diez años sin entrar a una Iglesia, pero fue curado de su adicción alcohólica y de úlcera el día que su madre, doña Sara, dio testimonio de su maravillosa curación.

Regresó feliz a su casa. Él quería comulgar pero estaba impedido por su situación matrimonial, pues estaba viviendo en adulterio con una mujer con la cual ya tenía hijos. Como no era posible la separación, ni menos la unión con su primera esposa, pero él tenía verdadera hambre de Dios, tomó aposento aparte de su mujer. Así, viviendo como hermanos por unos meses, pudo comulgar el día de Pentecostés en que el Señor lo llenó de preciosos carismas para evangelizar. Me acompañaba en muchos retiros a lo largo del país hablando a las parejas para que perseveraran fieles al Señor en el matrimonio.

Después de varios años de mantenerse en este difícil camino, el señor Arzobispo estudiando a fondo su primer matrimonio, se encontró una causa suficiente por la que aquel matrimonio no fue válido. De esta forma fue posible casarse por la Iglesia con la mujer con la que vivía.

Fue una misa celebrada por el mismo Arzobispo. La Iglesia estaba llena de parejas a las que él les había predicado la fidelidad conyugal. Lo importante es que el Señor quiere sanarnos completamente: de cuerpo, alma y espíritu. A veces la sanación física ayuda a la conversión, a veces el arrepentimiento ayuda a la curación física.

D.- PERDONANDO

Innumerables veces hemos sido testigos de cómo el perdón a nuestros enemigos desencadena la acción salvífica de Dios. La oración que el Señor nos enseñó dice claramente: "perdónanos como nosotros perdonamos". (Mateo 6, 12). Otros textos también así lo afirman. Por otro lado, casi todas las veces que Jesús promete la eficacia de la oración y la respuesta a nuestras peticiones la une y la hace depender del perdón. (Mateo 18, 21; Macos 11, 25).

Muchos piensan que perdonar es perder y no se dan cuenta que es ganar, porque así, Dios nos libera de nuestros odios y resentimientos; nos asemeja a Jesús que amó y perdonó a sus enemigos y nos abre al perdón y a la gracia de Dios.

El siguiente testimonio así lo muestra: Una vez sentí que el Señor me estaba pidiendo perdonar a una persona que me había hecho mal. Como yo no estaba dispuesto a renunciar a la venganza, me resistía y presenté la siguiente excusa:

Señor. ¿Para qué quieres que ore por ellas si de todos Tú eres tan bueno que la bendecirás aunque yo no te lo pida?

Y una clara voz interior me contestó:

Necio, ¿no te das cuenta que al orar por ella el primer sanado eres tú?

Perdonar es resucitar en nosotros la nueva vida traída por Jesús. Perdonar y pedir perdón es como un relámpago que anuncia una lluvia fecunda.

El testimonio de Evaristo llegado al Padre Emiliano Tardif muestra como perdonar es sanar: Desde muy pequeño, serios problemas con mi padre me obligaron a dejar la casa. Yo pensaba que el tiempo sanaría todos esos amargos recuerdos de mi infancia, pero no fue así.

Viví siempre cargando mi historia dolorosa. Dios me concedió la gracia de conocer la Renovación Carismática por la cual El me liberó de muchas ataduras, dándome un fuerte impulso en mi vida de fe.

Sin embargo, había algo que me faltaba: yo no tenía esa alegría espontánea y natural que veía en toda la gente de la Renovación.

Vivía amargado y aburrido. Así pasaron algunos años hasta febrero de 1977 cuando mi padre cayó gravemente enfermo. Yo sabía que estaba ante la última oportunidad de reconciliarme con él, pero no tenía fuerza ni valor para hacerlo. El día 13, mientras él agonizaba, yo luchaba en mi interior pues sentía que no tenía fuerza para perdonarlo. Me puse en oración y le dije al Señor:

Yo solo no puedo, Señor.

Una voz Interior me respondió muy claramente y me dijo:

Tú solo no puedes, pero en mi nombre si puedes. Todo es posible para el que cree.

Con la fortaleza del Señor me acerqué a mi padre y lo abracé, perdonándolo de todo corazón. Y no sólo eso, sino que también le pedí perdón con lágrimas en los ojos.

El rostro agonizante de mi padre se transfiguró; o tal vez lo que pasó es que yo lo veía con ojos diferentes porque el Señor me había transformado a mí. Lo amaba con el corazón de Cristo Jesús y lo abrazaba con sus brazos.

Desde ese día comencé a entonar un canto nuevo a nuestro Dios, una alabanza de alegría que no se ha agotado en siete años. El Señor me ha hecho ver su gloria gracias a esta sanación interior a través del perdón.

Ahora si soy feliz y proclamo alegremente que el Señor hizo en mí maravillas y doy testimonio de que todo lo puedo en Aquel que me conforta.

Otro testimonio muy bello es contado por Olga G. de Cabrera, de Guatemala.

Por diez años estuve sufriendo unos intensos dolores de mis piernas y brazos que se fueron deformando. Visité quince médicos en busca de mi sanación y uno de ellos me dijo que era necesario amputarme la pierna izquierda.

El primero de mayo de 1976 quedé completamente inválida. Debía pasar el resto de mi vida en la cama y en mi silla de ruedas que yo tanto odiaba. Sabiendo que había una misa por los enfermos en el gimnasio tomé la determinación de asistir en mi silla de ruedas. Me colocaron hasta adelante.

Cuando entró el Cardenal Casariego se detuvo frente a mí, tomo mis manos entre las suyas, y me dijo:

"El Señor te ama y hoy te va a sanar".

Cuando comenzó la oración de curación interior lloré mucho y perdoné de corazón a los que tanto daño me habían hecho. Luego cuando el padre Tardif oró por la sanación corporal yo sentía que algo me empujaba y me decía:

"levántate y camina".

Sentí primero un fuerte calor y luego un escalofrío. Con los ojos llenos de lágrimas me levanté y comencé a caminar frente al altar. El Señor es tan maravilloso que me sanó físicamente, moral e interiormente. Bendito y alabado sea por siempre su Santo nombre. Gloria a ti, Señor, Rey del Universo.

E.- ORACIÓN EN COMUNIDAD

Jesús prometió: Yo les aseguro que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos.

Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos. (Mateo 18, 19-20).

La oración comunitaria tiene un poder especial concedido por el mismo Dios. Esto lo hemos experimentado ampliamente en nuestro ministerio.

Por esta razón siempre nos gusta orar en comunidad. En comunidad el discernimiento se enriquece ya que uno puede tener una visión, otro un mensaje, aquel una palabra de conocimiento y todos oramos en lenguas.

Sobra decir que el momento comunitario por excelencia es durante la celebración Eucarística. Allí las sanaciones se multiplican. Desgraciadamente hay gente mal acostumbrada que después de una oración comunitaria le gusta que se ore en privado por ella.

Nosotros generalmente nos negamos ya que eso significaría que la oración que acabamos de hacer no tuvo valor. Existe una tremenda diferencia entre la oración comunitaria y la oración personal por cada enfermo.

En cada uno de los retiros que he tenido en estos diez años ha habido sanaciones físicas en todos y cada uno. Mientras que orando individualmente por sanación no he visto el mismo fruto. En cambio, en la oración de curación interior existen más frutos orando por cada caso en particular; pero siempre es una comunidad la que ora por esa persona.

En conclusión, pienso que hay pocas personas con don de curación, pero existen muchas comunidades con ese carisma. De un campo vecino vinieron quince personas a una de las dos reuniones de oración de Pimentel. Venían cantando, alabando a Dios y rezando el rosario. Realmente era una peregrinación y su oración se prolongó todo el camino.

Al regresar otra vez a su campo comenzaron a compartir lo que el Señor había hecho y se dieron cuenta que los quince habían sido curados de algo. Entonces daban testimonios juntos. Yo anhelo el día en que en una oración por los enfermos se pueda afirmar como en el Evangelio: todos fueron curados.

F.- ORACIÓN DEL ENFERMO

Conviene que el enfermo también ore. Es muy cómodo solamente pedir oración a otros como quien manda lavar su ropa sucia a otra parte y él no se ocupa de nada. Estas personas están buscando un alivio rápido y cómodo que no les exija ningún esfuerzo de su parte.

La sanación profunda sólo se da en la medida que entramos en comunión permanente con el Dios que purifica y santifica. ¡Qué maravillas vemos en las personas que oran! Si creyéramos en el poder de la oración estaríamos más dispuestos para hacerla y le daríamos prioridad sobre otras actividades.

Muchos dicen que se pierde el tiempo orando porque no se hace nada, y no se dan cuenta que lo más importante no es lo que nosotros hacemos sino lo que Dios hace en nosotros durante la oración.

Había una persona que siempre, en todo tiempo y lugar, nos asaltaba para que oráramos por ella. Cuando yo me la encontraba ya hasta le sacaba la vuelta, pues era muy insistente.

Un día vino una persona de Estados Unidos a impartir un retiro. Al terminar la charla, como de costumbre, la señora se le acercó y le pidió que orara por ella. Esta persona primero se puso en la presencia de Dios y sintió una voz interior que le decía: “no ores por ella, pues sólo está cansando a mis servidores”.

Qué diferente es este caso al que sucedió en el Congo: en la misa de clausura de Brazzaville el Señor realizó muchas curaciones maravillosas. Mientras el sol se ocultaba la gente salía feliz como si bajara del Monte Sinaí después de haber experimentado la gloria del Señor.

Después de que todo mundo abandonó el estadio alabando a Dios, el guardián cerraba las puertas y apagaba las luces. Entre las gradas vacías se había quedado una mujer en oración; junto a ella su hijito de seis años sentado en medio de dos muletas. El guardián le dijo:- Señora ya váyase. Ya todo terminó y voy a cerrar las puertas.- No, no puedo irme porque mi hijo todavía no se cura, voy a seguir orando.

El cuadro era tan conmovedor que el guardia le permitió permanecer allí más tiempo. Ella perseveró en oración más de dos horas. A las 8.15 p.m. el pequeño se levantó por su propio pie y comenzó a caminar sin muletas ante la luz de la luna que con su palidez plateada hacía más bella y tierna la escena. Era la perseverancia en la oración de la que nos habla el Evangelio (Lucas 11, 5-8).

G.- INTERCESIÓN DE MARÍA

En el ministerio de curación no podemos olvidar el poder de intercesión de María. Sabemos que ella no cura a nadie pero sí puede interceder para que tengamos el vino que está haciendo falta en nuestra vida, como en Caná. El siguiente testimonio fue narrado personalmente por un miembro de nuestra comunidad:

Un día fui a ver al ginecólogo pues me sentía con ciertas molestias. Él me dijo que necesitaba operarme. Como yo me resistía él me contesto:

Tu enfermedad es progresiva. Yo sé que tú tienes mucha fe; así que te voy a dar un año para que ores al Señor y le pidas que te sane como tú dices que sana. Si no te curas, entonces tendré que operarte.

Yo acepté el reto pues sé que mi Señor hace maravillas. Pocos días después el padre Emiliano Tardif nos invitó a mi esposo v a mí para dar un retiro en Chicago. Aunque yo me sentía mal no dije nada pues estaba segura que el poder de Dios me ayudaría para proclamar su Palabra.

Estando en Chicago me sentí mal. Mi esposo y el padre Emiliano oraron por mí pero la hemorragia continuaba. Entonces me llevaron con un reconocido ginecólogo de esa ciudad para que me atendiera.

El confirmó la necesidad de la operación. Ante la imposibilidad de hacerla por estar lejos de casa, sólo me recetó una medicinas, que gracias a Dios no tomé, pues a sentir del siguiente doctor que visitamos, más me hubieran perjudicado que ayudado. Continuamos el viaje de evangelización por Canadá donde me agravé.

Vi un segundo doctor y él no se explicaba cómo yo estando tan delicada estuviera tan contenta. Ese doctor recomendó que me internaran en el hospital pero yo tenía fe en mi Señor y nos fuimos al Congreso que ese día comenzaba.

Terminamos el Congreso, la hemorragia se había complicado. Ese día fuimos al Santuario mariano de Nuestra Señora del Cabo y mientras mi esposo y el padre Emiliano oraban por mí, yo le dije a la Virgen María:

Madre Santísima, yo te amo y me abandono a tus cuidados maternales. Me siento avergonzada ante tu Hijo Jesús porque me ha faltado fe para darle las gracias porque ya me está sanando. Tú ruega por mí para que pueda crecer en la fe de que tu Hijo me está sanando.

Abandoné completamente mi problema en las manos de María para que ella se encargara de él ante Jesús. Ya de regreso a República Dominicana el padre Emiliano me preguntó si me estaba tomando la medicina que me recetó el doctor canadiense.

Yo le respondí que la había olvidado pero que le daba gracias a Dios porque así se manifestaría más claramente su gloria. Como me sentí admirablemente bien no vi a mi ginecólogo en mi país sino hasta seis meses después. El me recibió un poco agresivo diciendo:

Si tú crees que te vas a sanar predicando, estás muy equivocada. El predicar no sana. Yo me quedé en paz porque estaba segura a que el Señor ya había hecho su maravilla en mi vida. Luego me examinó y me dijo lleno de sorpresa:

Yolanda, es verdad. El Señor sana. Tú estás perfectamente. El Señor ha hecho la operación que yo te iba a hacer. Cuánto te ama el Señor...- Doctor, también te ama a ti. Él también quiere hacer una operación en tu corazón para sanarte y que seas un hombre nuevo y puedas gritar y proclamar que Jesús está vivo y sana, para gloria del Padre.

Así como aquella mujer hemorroísa tocó el mando de Jesús y quedó inmediatamente sanada de su hemorragia, Yolanda se acercó al vestido de Jesús que se llama María, lo tocó y sanó. Jesús se revistió de la carne de María. Ella es como el manto de Jesús que todo aquel que lo toca con fe queda curado de su enfermedad (Marcos 6, 56).
Ella es quien tiene de manera más excelsa el carisma de curación.

En la oración de liberación hemos comprobado el poder de la intercesión de María para que Jesús rompa las cadenas que esclavizan a los oprimidos por el pecado o alguna opresión u obsesión del Enemigo.

En muchos casos hemos ratificado cómo el rezo del Santo Rosario ha sido muy eficaz. El siguiente testimonio así lo muestra.

Un día llegaron a nuestro negocio llevando un pobre hombre que sufría opresión. Producía ruidos extraños, se había quedado sordo y mudo; además no comía desde hacía ocho días. Al darme cuenta de la gravedad del caso respondí que mi esposo no estaba y que regresaran después.

De esa manera me escapaba de hacer esa oración tan difícil para la cual no me sentía capacitada. Sin embargo, en ese momento oí una voz interior que me preguntó:- Yolanda, ¿eres tú quien sana o soy Yo? Inmediatamente le pedí perdón al Señor y reconocí que El sólo era quien sanaba. Así, comenzamos la oración.

Aquel hombre se arrodilló y en cuanto puse mis manos sobre él comenzó a gritar y agarró mis dos manos con las suyas con mucha fuerza. Yo estaba profundamente impresionada y no sabía ni qué hacer ni cómo orar.

Lo único que brotó de mi corazón fue el rezo del Ave María. En cuanto comencé, perdió toda su fuerza y cuando llegué a "bendita eres entre todas las mujeres" él ya estaba orando junto conmigo. Al terminar estaba en paz y simplemente dijo: "denme comida”. Que la virgen María puede interceder eficazmente ante su Hijo con la fuerza del amor lo hemos aprendido y comprobado más con la experiencia que con la teología.

H.- ABANDONO

Nosotros oramos pero no podemos forzar la mano de Dios, Él puede tener un plan mucho más hermoso que el nuestro, (Efesios 3, 20).

Él puede curarnos o concedernos la sanación completa: el encuentro definitivo en la vida eterna donde no hay lágrimas, luto ni muerte. Por tanto es fundamental la actitud de abandono confiado en las manos amorosas del Padre. Este abandono en sí ya es una gracia inmensa. Quien se abandona a Dios recobra la paz profunda que el mundo no puede dar.

Recomiendo mucho la oración del padre Carlos de Foucauld:

”Padre, me pongo en tus manos. Haz de mí lo que quieras, sea lo que sea, te doy gracias. Estoy dispuesto a todo, lo acepto todo, con tal que tu voluntad se cumpla en mí y en todas tus criaturas. No deseo más, Padre. Te confío mi alma, te la doy con todo el amor de que soy capaz, porque te amo y necesito darme a ti, ponerme en tus manos, sin limitación, sin medida, con una confianza infinita, porque tú eres mi Padre“

Este abandono, acompañado de la oración de alabanza, alcanza curaciones físicas e interiores que ni nos imaginamos. La oración que más muestra el abandono y la fe no es la de petición sino la de alabanza. Alabar al Señor siempre y por todo. Hay miles de personas que dan testimonio en sus vidas de este poder de la alabanza. Lo que no se consigue cuando pedimos, siempre se obtiene cuando alabamos. Muchas personas que han pedido, orado y rogado por su sanación la obtienen cuando se abandonan incondicionalmente en las manos del Padre misericordioso. Pepe Prado nos cuenta su testimonio:

“Tenía yo unos cuatro años sufriendo de úlcera péptica, pero a fines de Junio de1981 tuve que ir de emergencia al hospital pues tenía una hemorragia severa. Tres días después salí de allí. El médico gastroenterólogo me dio un tratamiento que incluía medicinas, una dieta rigurosa y un horario fijo para tomar alimentos. Tomaba la medicina regularmente, pero como tenía que viajar muy a menudo a diferentes lugares predicando la Palabra de Dios no pude seguir la dieta. A causa de este descuido, un año después, se volvió a presentar el mismo problema.

Fui internado y me hicieron una endoscopía el 26de mayo de 1982. El resultado fue: cuatro úlceras pre pilóricas y una duodenal, gastritis severa, hernia hiatal y duodenitis no dudar. El doctor me dijo que necesitaba operación y que apartara una semana para la intervención quirúrgica ya que prefería hacerlo en calma y no de emergencia. Salí dado de alta, pero a media noche volvió la hemorragia.

Al darme cuenta me sentí preocupado pensando que debía regresar al hospital y temí que tal vez había llegado urgente la horade la operación. Sin embargo, mi problema era más profundo: de fe. Yo estaba muy triste y hasta un poco decepcionado del Señor. Confieso que me sentí un tanto defraudado por El.

Más que orar, comencé a reclamar, diciéndole:- Señor, verdaderamente no te entiendo. Tú sabes que por viajar por diferentes ciudades y países predicando tu Palabra no pude llevar la dieta adecuada. Tú sabes que en los retiros y cursos no hay siempre la misma hora para comer, tú sabes que no puedo cuidarme como el doctor lo ha indicado; y tú, que puedes sanarme para que siga predicando tu Palabra, mira cómo me tienes.

En ese momento oí claramente la voz del Señor que me dijo- ¿Por qué temes a la noche que te lleva al nuevo día? Esa palabra fue espíritu y vida para mí. Creí en el Señor y me entregué sin condiciones a su plan sobre mi vida y hasta sobre mi muerte. Ya ni siquiera me importaba estar sano, sino que su voluntad se cumpliera en mí. Fuera lo que fuera yo estaba en sus manos y dependía de Él.

Le firmé el cheque en blanco para que El hiciera de mí lo que quisiera. Su camino era infinitamente mejor que el mío. Era de noche, pero sabía, con la certeza de la fe, que me aguardaba el amanecer que anuncia la nueva creación. Entonces me volví a acostar y dormí en completa paz. Yo sabía que en ese momento Dios había hecho algo para mi vida entera.

Pocas semanas después me sentía tan bien que dejé la medicina y no me volví a preocupar de la dieta. Seis meses más tarde fui a dar un retiro a Houston. Recuerdo que en esa ocasión el Señor me pidió el paso en fe de viajar sin un solo centavo, dependiendo totalmente de Él. Yo me resistía porque quería aprovechar la ocasión para que me hicieran un reconocimiento profundo de mi estómago. Sin embargo, El Señor fue más fuerte que yo y me abandoné confiadamente a sus promesas. De la forma más increíble, El proveyó para todos los gastos de mi estancia y análisis en el Centro de Gastroenterología.

Al final, el médico me dijo lo que yo ya sabía:- Usted no necesita operación. Las úlceras han cicatrizado. Yo regresé feliz a México comprobando una vez más que quien se abandona en las manos del Padre amoroso no le hace falta nada. Hace dos años de todo esto. Me siento perfectamente. No necesito de medicamentos y ningún alimento me hace daño”.

I.- ORACIÓN EN LENGUAS

La oración en lenguas es maravillosa. Como nosotros no sabernos orar como conviene, El Espíritu Santo viene en ayuda de nuestra debilidad para interceder por nosotros con gemidos inefables. (Romanos 8, 26).

No es el lugar, y ya pasó el tiempo de querer justificar el don de lenguas. Es una realidad en la Iglesia de hoy. Simplemente quiero confesar mi experiencia: he visto muchas más curaciones mientras oro en lenguas que con la oración normal, nos dice el Padre Emiliano Tardif.

Un día me invitaron a un programa de televisión en la ciudad de Bogotá, Colombia, pidiéndome que orara por los enfermos. Lo curioso es que el programa sólo duraba un minuto, por eso se llamaba "el minuto de Dios". A mí me parecía demasiado poco tiempo y reclamé diciéndoles:- Ustedes duran tres minutos anunciando las cervezas y al Señor le dan sólo un minuto.

Comencé la oración tan apremiado por el tiempo que oré muy rápido. Al terminar abrí los ojos y vi el reloj: ¡me quedaban todavía treinta segundos! Mi problema entonces era que no sabía qué hacer con tanto tiempo. Oré en lenguas frente a las cámaras de televisión. Según testimonio reciente del padre Diego Jaramillo, gran predicador carismático, hubo varias personas que fueron curadas en esa ocasión.

La oración en lenguas facilita que se den palabras de conocimiento o discernimiento carismático. Es cuando estamos más disponibles para que el Señor nos use porque estamos completamente rendidos a Él.

En el Segundo Encuentro Carismático de Montreal me pidieron hacer la oración por los enfermos. Había unas 65 mil personas en la Eucaristía, la cual era transmitida por televisión. Oré mucho en lenguas y vinieron algunas palabras de conocimiento que transmití tal y como me llegaban. Una de ellas era así:

Hay una buena mamá de 74 años que está sentada frente al televisor de su casa. En estos momentos el Señor la está sanando de sus ojos que no pueden ver. Al terminar la misa se me acercó un sacerdote que me tenía cierta confianza y me dijo:

¿Pero es que tú estás loco? ¿Cómo anunciar ante 65 mil personas que una mujer ciega está delante del televisor? Era tan lógica su objeción que no le pude responder. Pero al día siguiente salí a visitar a mi familia a 200 kilómetros de Montreal. Cuando llegué, alguien me dijo:

Padre, cerca de aquí vive la señora que se sanó de los ojos delante de la televisión. A mí me dio tanto gusto que fui a visitarla. Se llamaba Joseph Edmond Poulin y efectivamente tenía 74 años. Había enfermado de la retina. Después de un tratamiento especializado, los médicos afirmaron que su enfermedad era progresiva e incurable.

Una amiga le sugirió estar delante del televisor siguiendo la misa de sanación del congreso de Montreal. Cuando hice el anuncio, ella sintió mucho ardor en los ojos. Yo le pregunté si podía leer a lo cual contestó negativamente. Entonces añadí:

El Señor no hace las cosas a medias. Vamos a orar para que usted pueda leer la Palabra de Dios. Tres días después me llamó por teléfono para comunicarme la alegre noticia de que estaba leyendo la Biblia. El don de lenguas me dispuso para que el Señor comunicara lo que Él estaba haciendo.

J.- RENUNCIA A SATANÁS

Cuando se depende del poder de las tinieblas sí se está bloqueando la acción salvífica de Dios. Por tanto es necesario renunciar explícitamente a todo ocultismo y esoterismo, curanderismo y magia, horóscopo, cualquier tipo de adivinación y supersticiones. No se puede servir a dos señores ni tampoco ser propiedad de ambos. O con Cristo o contra él, o con él se junta o contra él se desparrama. Este es el único punto que sí considero esencial ya que por el poder de las tinieblas también se producen curaciones. Para evitar esta confusión es absolutamente necesario renunciar a todo contacto con ciencias ocultas, amuletos, espiritismo, hechicería y todo aquello que usurpe el lugar de Dios.

HASTA AQUÍ PARTE VII


Fuente: Sitio español en internet Libros Escritos (texto de la página en inglés).
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