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Jesús, nuestro sustituto

Ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate.
Salmo 49:7


Fuisteis rescatados… con la sangre preciosa de Cristo.
1 Pedro 1:18-19

Jesús, nuestro sustituto

En Francia, una ley promulgada en 1798 había establecido que todos los jóvenes de veinte años debían presentarse ante la comisión de reclutamiento militar. Luego se hacía un sorteo para designar a los que formarían parte del contingente, es decir, el conjunto de aquellos que serían llamados para servir a la nación. Pero para librarse del servicio militar, los más ricos podían comprar un sustituto. A cambio de una suma de dinero, este último tenía que servir en lugar del que le pagaba. En tiempos de guerra era, pues, común que un militar muriese en lugar de aquel a quien reemplazaba.
Debido a nuestros pecados, todos formábamos parte del contingente de aquellos que merecían la muerte, pero Jesucristo fue nuestro sustituto. Se presentó en nuestro lugar para sufrir el juicio que debía caer sobre nosotros. La gran diferencia fue que no nos pidió nada a cambio. Por amor a cada uno de nosotros murió en una cruz para salvarnos.
En 1872 la sustitución de soldados fue abolida. A partir de ese momento nadie pudo comprar más un sustituto y de ese modo librarse del riesgo de morir en la guerra.
Un día también será demasiado tarde para aceptar la salvación que hoy se nos ofrece en Jesucristo, y cada uno por sí mismo tendrá que responder ante Dios por todos sus actos. Entonces ya no se podrá pedir a Jesús que sustituya a aquel que no quiso saber nada de él. Es preciso ir a él ahora mismo. ¡No deje pasar más tiempo!
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