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La angustia el horror y dolor de tener que entregar el poder

Cristina Kirchner convirtió la transición en un campo de batalla. Nada que sorprenda.



Alguien que intentó avasallar a la Justicia,
encadenar a la prensa independiente,
reducir a un unicato las autonomías provinciales;
alguien que anuló a su gabinete,
ignoró a su partido y hostilizó a la oposición; en fin,
alguien que se ve a sí mismo como Napoleón y que
multiplicó su patrimonio declarado en más de 800% en el ejercicio del gobierno, está ahora frente la perturbadora tarea de transferir el mando.




Aunque se convoque a una legión de expertos en ceremonial y protocolo, no existe el ritual capaz de disimular esa angustia y dolor. En una semana la Presidenta deberá efectuar la entrega el poder. Así de literal. Así de traumático.

No es asombroso, entonces, que la señora de Kirchner se despida abrazándose a las columnas del templo.

Y, como se sabe, para su esposo y para ella "el templo" siempre fue la caja. El martes de la semana pasada, la Corte Suprema declaró que es inconstitucional que, en los casos de Santa Fe, Córdoba y San Luis, la Nación siga apropiándose del 15% de la coparticipación para financiar a la Anses. Dispuso, por lo tanto, que se suspenda esa deducción y se restituyan a esos tres estados los fondos ya apropiados.




Está haciendo una exhibición de un serial killer. Agredió a su sucesor, Mauricio Macri. Agredió a la Corte. Apostó a que Macri y la Corte se agredan entre sí. Y, acaso sin saberlo, agredió a numerosas administraciones del interior a las que se proponía ayudar.


Ella pretende liderar una oposición despiadada contra el nuevo gobierno. La razón de esa agresividad fue sugerida por Máximo Kirchner en el estadio de Argentinos Juniors, en diciembre de 2014: los que quieren ser presidente, ¿por qué no le ganan a mi mamá?

Se hubiera callado el gordito. Fue un anticipo. No alcanza con haberle ganado a Daniel Scioli. El kirchnerismo sólo reconocería la legitimidad de quien derrote a su líder. Para lo cual era indispensable la reelección indefinida. Esta concepción llevó a Hebe de Bonafini a hablar no de oposición, sino de resistencia al nuevo gobierno.

La Presidenta pretende ocupar ese lugar en el tablero como jefa de todo el peronismo.

Anteayer, cuando ya era tarde, invitó a almorzar a la dirigencia federal de su partido. Les dijo que pretendía presidir el PJ y que Scioli lo hiciera en la provincia. En este marco sacó el decreto sobre coparticipación. Además de restar fondos a Macri, pretendió aumentar los que reciben las administraciones del interior.

Pero, como es habitual en ella hubo un error de cálculo. Si la medida se aplicara, las jurisdicciones que primero festejarían serían la ciudad y la provincia de Buenos Aires, controladas por Cambiemos. Ambas incrementarían los recursos automáticos que reciben de la Nación y mejorarían su ecuación fiscal.
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