Check the new version here

Popular channels

La batalla del Atlántico

Este Post sera una breve introducción a la Batalla del Atlántico, en la que se enfrentaron británicos y alemanes por el dominio de este océano. Los tres Post que le seguiran comprenderán una serie de testimonios que daran cuenta de los sucesos ocurridos durante el periodo en el que se desarrolló esta lucha.


La Batalla del Atlántico

Octubre 1940 - Diciembre 1941

«Aquél que sea dueño del mar lo será tarde o temprano del Imperio»
Temístocles


Hay que destruir a la Gran Bretaña: esta sigue siendo, en octubre de 1940, la obsesión del canciller Hitler.
En donde fracasaron los bombarderos, sus submarinos y sus acorazados deben triunfar.
Lo que el terror caído del cielo no ha conseguido, tal vez lo logre el bloqueo. Hay que impedir que los británicos puedan salir al mar, y transformar su isla en una prisión.
¿Pero como echar cerrojo al Océano?
¿Cómo impedir que los convoyes unan el Viejo con el Nuevo Mundo? Se va a entablar una grandiosa batalla en las soledades del Atlántico. Lo que en ella se juega es, sencillamente, la victoria final, puesto que si los almenes consiguen paralizar los transportes marítimos británicos, cegaran al mismo tiempo la fuente de la que se abastece su adversario y le estrangularan hasta la asfixia.
Pero cuando el ansia de vivir llena el alma entera, consigue a veces vencer todas las violencias y ocurre, en algunas ocasiones, que la presa lucha tan bien que se va convirtiendo insensiblemente en cazador.
Los ingleses, llevados a su campo de batalla predilecto, el mar, ¿se dejaran expulsar de él?




El bloqueo de las Islas Británicas

Hitler, paralizado y mantenido en jaque en la batalla de Inglaterra, había tenido que renunciar también a la operación Otaria. Otros frentes terrestres y marítimos empezaban a requerir la atención de los estrategas alemanes e italianos. El Führer sólo tenía un medio para vencer al león británico: era preciso que la insularidad de Inglaterra, que la había salvado en las sombrías horas del «blitz», contribuyera a su pérdida. La vida económica de Gran Bretaña, y la prosecución de su esfuerzo bélico dependían, de manera vital, de sus comunicaciones marítimas. Inglaterra, aislada de su imperio y de los Estados Unidos, no podrá sobrevivir reducida a sus propios recursos agrícolas e industriales. Por consiguiente, Hitler debía triunfar donde Napoleón había fracasado: obligando a Gran Bretaña a capitular bloqueando sus costas e impidiendo el tráfico de sus buques.
En esta batalla librada en toda la extensión del Atlántico, que duraría sin interrupción durante más de cuatro años, no tardó en revelarse un arma terrible: el submarino, cuyo inmenso poder nadie había valorado. Hitler nunca se interesó verdaderamente por la Marina. El Almirantazgo alemán, con gran desesperación del almirante Doenitz, jefe de la flota submarina, se preocupaba, sobre todo desde 1935, de realizar un programa de buques de superficie. De suerte que, el 1º de septiembre de 1939, los efectivos de la flota submarina alemana se limitaba a 57 unidades, de las cuales tan sólo 20 podían operar en el Atlántico. Fuerza irrisoria si se pretendía acabar con la flota mercante de Inglaterra (para esta empresa, Doenitz calculaba en 1939 que serían necesarios como mínimo 300 submarinos). Esta flota de submarinos, bien utilizada, podía, al menos, perturbar seriamente las comunicaciones inglesas, tanto más cuanto que el Almirantazgo británico había descuidado las posibilidades de responder a los ataques submarinos, considerando que la navegación independiente permitiría a los buques mercantes escapar a sus perseguidores y que la protección de algunos buques de escolta bastaría para garantizar la navegación en convoy, si esto se hiciera indispensable. Pero el Almirantazgo tuvo que renunciar a su optimismo desde el primer momento. El mismo día de la declaración de guerra un submarino germánico hundió el trasatlántico «Athenia». En los meses siguientes, se estableció una barrera de minas flotantes en el Estrecho de Calais para impedir que los submarinos alemanes cruzasen el Canal de la Mancha; todos los barcos de poca marcha fueron agrupados en convoyes.







Convoy típico: se componia de entre 4' y 50 buques mercantes formados en varias comlumnas separadas entre sí alrededor de 1 kilómetro. Estrategia defensiva: Cuando el convoy era atacado por submarinos, varios escoltas dejaban sus puestos para atacarlos, lo que dejaba peligrosos huecos que los otros submarinos podían aprovechar. Distribucíon: El centro del convoy estaba destinado a los barcos con mercancias peligrosas, como munición o combustible. El jefe del convoy era un comodoro cuyo barco ocupaba la cabeza de la culumna central.

El sacrificio de los convoyes
La armada británica se había rendido a la evidencia: dejar que los buques mercantes navegasen aisladamente era entregarlos sin defensa al enemigo. Durante los cuatro primeros meses de la guerra, 102 barcos aislados fueron hundidos, mientras que de los 5.756 que navegaron en convoyes protegidos sólo se perdieron 12. Fue preciso improvisar un sistema de convoyes y movilizar todos los buques de escolta disponibles. El mejor dispositivo de protección consistía, evidentemente, en rodear por completo el conjunto de barcos mercantes. Pero como, por desgracia, se carecía de suficientes buques de guerra, el Almirantazgo recurrió a un sistema que al principio pareció eficaz. En un perímetro de 11 kilómetros —compuesto por diez columnas de cuatro barcos, con una separación de 500 metros—, los buques de escolta se colocaban en las cuatro esquinas del rectángulo, con algunos precediendo a la formación. La separación entre los buques mercantes reducía el blanco ofrecido a los torpedos, mientras que los buques de escolta, en cuanto se localizaba algún submarino que atacaba desde la superficie, trataban de obligarle a sumergirse, haciéndole así más vulnerable.



Pero como los buques de escolta eran escasos y con frecuencia viejos, no podían dar caza al submarino atacante, el cual huía para volver luego a acosar al convoy. Esta táctica defensiva se mostró insuficiente cuando, después de la derrota de Francia, Hitler se adueñó del litoral a
Atlántico. A partir del mes de julio fueron construidas bases fortificadas en Brest, Lorient, Saint Nazaire, la Rochela y Burdeos. Doenitz no tardó en instalar su cuartel general en Kernével, cerca de Lorient. De esta suerte, los submarinos alemanes, utilizando bases francesas, más cercanas a su campo de operaciones, pudieron emplearse más activamente en torpedear a los buques mercantes. Sobre todo porque al disponer de un mayor número de submarinos y de una rotación más rápida de las unidades utilizadas, Doenitz puso en práctica su «Rudeltaktik» o táctica de las jaurías, la cual sometió a una dura prueba a los convoyes ingleses, incluso cuando marchaban protegidos. Apoyados por la Luftwaffe, que ahora también tenía sus bases en Francia, los submarinos causaron terribles estragos desde el mes de agosto de 1940, inaugurando lo que se llamó más tarde la «belle époque» de los submarinos. Esta táctica resultó bien pronto catastrófica para los ingleses. Durante la campaña de Noruega y en Dunkerque, la armada real perdió gran parte de sus navíos de escolta. Día a día tenía que proteger a unos 2.000 buques mercantes, y los astilleros entregaban con cuentagotas los nuevos buques de escolta que precipitadamente se construían. Las pérdidas, que en marzo fueron de 107.000 toneladas, alcanzaron la cifra de 450.000 en septiembre de 1940. Mientras que la batalla de Inglaterra se podía considerar virtualmente perdida por los alemanes en el aire, ¿no serían los submarinos del almirante Doenitz los que acorralasen a Inglaterra, llevándola al desastre? En el Almirantazgo se consideraba que la situación era realmente dramática, y con razón escribió más tarde Churchill en sus memorias: «La única cosa que realmente me asustó durante la guerra fue el peligro submarino.» Los navíos escolta, en aquel otoño de 1940, no podían dar abasto, y en pleno Atlántico, tanto los convoyes reducidos a sus propios medios como los navíos que navegaban aislados se encontraban sin defensa frente a las «jaurías», que ni siquiera tenían ya que temer eventuales ataques aéreos procedentes de Inglaterra o del Canadá. En medio de las tempestades equinocciales, el océano Atlántico, entregado a la furia de los submarinos germánicos, fue la tumba de centenares y centenares de mercantes ingleses.
0
0
0
0No comments yet