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La caminata espacial en la que casi todo salió mal





La caminata espacial en la que casi todo salió mal




Cuando Alexei Leonov emergió de su nave espacial a 500 kilómetros de la Tierra, el 18 de marzo de 1965, sintió como si no se estuviese moviendo, aunque, en realidad, estaba dando vueltas a toda velocidad.




El cosmonauta fue el primer hombre en caminar en el espacio y observar desde allí la rica y colorida textura de nuestro planeta.
En medio de la batalla por la supremacía espacial entre Estados Unidos y la Unión Soviética, el éxito de la misión Voskhod 2 fue aclamado como un golpe de la propaganda soviética y una herida para el orgullo estadounidense.
Sin embargo, la narrativa triunfalista utilizada por los líderes soviéticos poco tuvo que ver con lo que realmente ocurrió tras bambalinas.
En una rara entrevista con la BBC, Leonov, de 80 años, relató una serie de problemas que convirtieron el viaje de regreso a la Tierra en una verdadera pesadilla.




Una copa de champán y orinar sobre las ruedas


La mañana del 18 de marzo, antes de partir, los cosmonautas cumplieron una serie de rituales que tomaron forma tras el viaje al espacio de Yuri Gagarin.

Gagarin descorchó una botella de champán y sirvió las copas de los cosmonautas. Firmaron la botella y prometieron beber el resto al regreso.
Después, orinaron en una de las ruedas del autobús que los trasladó hasta la plataforma de lanzamiento en Baikonur.
A las 07:00 GMT, Alexei Leonov y Pavel Belyayev emprendieron el viaje hacia el espacio.
Cuando llegaron a la órbita, Leonov se preparó para salir de la nave. Se calzó los dispositivos que le permitían mantenerse con vida fuera de la nave, y tras recibir una cálida palmada de Belyayev en la espalda, entró en la cámara de aire y cerró la escotilla.




Esperó pacientemente a que Belyayev ecualizara la presión de la cabina con la presión cero del espacio. Una vez recibida la orden de que todo estaba bien, abrió la escotilla que comunicaba con el espacio exterior.
Una cámara registró el momento histórico en el que Leonov puso un pie en el espacio. Desde su punto de vista, la noche sobre la Tierra se estaba tornando en día. África ocupaba su campo visual.
La imagen colosal de la Tierra en todo su esplendor lo dejó maravillado.
"Me sentí como si fuera un grano de arena", le dijo Leonov a la BBC.




Un traje hinchado como un globo


Leonov estaba unido a la nave por una suerte de cordón umbilical de 5 metros de largo.
Para probar hasta dónde podía llegar con sus movimientos, se lanzó hacia un costado.

Inmediatamente empezó a girar hasta que el cable que lo mantenía unido a la nave lo hizo frenar.
Cuando recibió la orden de regresar, había estado en el espacio 10 minutos.
Había logrado demostrar que el traje espacial ruso funcionaba correctamente en el espacio.
Con reticencia, se preparó para regresar. Y fue en ese momento en que se dio cuenta de que algo estaba mal.
La falta de presión atmosférica en el espacio había provocado que, lentamente, su traje se inflara como un globo.
"Mi traje estaba completamente deformado, se me habían salido las manos de los guantes, las botas se salieron de mis pies. El traje se sentía flojo alrededor de mi cuerpo. Tenía que hacer algo", recuerda Leonov.




"No podía empujarme hacia atrás con el cable y, con mi traje en ese estado, no podría entrar por la escotilla".
Si no hacía nada, en cinco minutos, Leonov quedaría cubierto por la sombra de la Tierra, sumido en la más completa oscuridad.
Sin avisarle al centro de control en Tierra, decidió purgar el aire de su traje a través de una válvula.
Corría el riesgo de que su cuerpo se quedara sin oxígeno, pero si no podía entrar a la cápsula, se moriría de todos modos.




Hormigas en manos y pies


A medida que iba dejando escapar oxígeno, para reducir la presión, comenzó a sentir los primeros síntomas de la descompresión.
"Comencé a sentir un hormigueo en mis piernas y manos. Estaba entrando en una fase peligrosa y sabía que podía ser fatal", dice Leonov.
Se impulsó hacia la cápsula tirando del cable e ingresó en ella, con la cabeza primero.

Tal fue el esfuerzo que tuvo que hacer que le subió la temperatura corporal y ahora corría el riesgo de sufrir un golpe de calor. La transpiración -que no cesaba- le empañaba el casco, dificultándole la visión.
Como había entrado al revés, con la cabeza primero en vez de los pies, tenía ahora que girar en un espacio reducido, mientras se aseguraba de que el cordón umbilical quedara adentro una vez que cerraba la escotilla.




Seis kilos menos


Finalmente, después de una serie de complicadas maniobras logró entrar a la nave.
"Normalmente no sudo mucho, pero ese día perdí 6 kilos", dice.
La sensación de alivio no se prolongó por mucho tiempo. Los indicadores comenzaron a mostrar que el oxígeno estaba descendiendo a un ritmo alarmante.
Con el aumento de la presión, la cabina se volvió altamente inflamable.
Los cosmonautas trabajaron sin descanso para bajar la temperatura y la humedad. Finalmente, lograron que descendiera la presión, y, horas después, comenzaron a preparar el regreso a la Tierra.




Minutos antes del momento previsto para que entraran en funcionamiento los motores de propulsión inversa, para iniciar el descenso, el sistema automático falló.
Tuvieron que iniciarlos de forma manual, algo que nunca habían hecho antes y que requiere una precisión extrema.
Si el fuego que producen los motores duraba muy poco tiempo, el Voskhod 2 hubiera chocado con la atmósfera a un ángulo muy superficial y la nave hubiese rebotado nuevamente hacia el espacio.
En el caso contrario, la nave hubiese caído a demasiada velocidad y se hubiera destruido.
La maniobra resultó un éxito, pero los cosmonautas no tenían control sobre dónde aterrizarían.




El frío y los animales salvajes, dos nuevos peligros


La cápsula aterrizó en Siberia, en medio de un bosque de abetos y abedules.

Los cosmonautas comenzaron a enviar mensajes para avisar que habían llegado.
"Recién después de 7 horas una estación de Alemania Oriental reportó haber escuchado el mensaje cifrado que había enviado", explica Leonov.
Los dos cosmonautas habían crecido cerca del bosque. Sabían qué peligros los acechaban. Allí vivían lobos y osos, y marzo era plena temporada de apareamiento, cuando estos animales se tornan más agresivos.
Pero tocaba esperar a que vinieran a buscarlos, mientras soportaban el viento helado que se colaba por la escotilla que ya no podían cerrar. Afuera, las temperaturas eran de -25ºC.
Leonov recuerda como él y Belyayev se despertaron con los sonidos de los rescatistas. Habían aterrizado a 9 Km de allí y se acercaban en sus esquíes.
"Hicieron una pequeña cabaña para nosotros y trajeron un gran cuenco que llenaron con agua y pusieron al fuego. Luego, nos bañamos en él".




Pasaron otra noche en el bosque hasta que regresaron a casa.
Cuando concluyó la misión, las autoridades no le contaron a la prensa los problemas que había sufrido la misión.
Pasó mucho tiempo hasta que la verdad salió a la luz.

Durante años, el programa espacial soviético fue considerado por algunos en Occidente como menos sofisticado que el de la NASA.
Sin embargo, fueron los pioneros espaciales de Unión Soviética los que marcaron el camino, tomando riesgos, cometiendo errores, y, en última instancia, ellos fueron quienes empujaron los límites del conocimiento humano.
"Si hay alguna gente que cree que lo que hicimos era primitivo, poco interesante o valioso, dejemos que vayan al espacio, que hagan una caminata espacial y que vean cómo se sienten cuando el traje empieza a perder oxígeno, o cuando la escotilla se niega a cerrarse", dice el cosmonauta Georgy Grechko.
"Así, entenderán que merecemos sentirnos satisfechos y orgullosos".




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