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La censura japonesa: El mosaico

LA CENSURA ARTÍSTICA JAPONESA DE LOS GENITALES: EL MOSAICO Y LA EIRIN






La censura artística o de cualquier otro tipo en Japón presenta unas peculiaridades que sorprenden por su rareza, y que a lo largo de nuestro siglo y del anterior ha provocado por su ridiculez sonados encontronazos con muchas personalidades. A raíz del problema Igarashi Megumi (arrestada por imprimir su vagina en 3D), la controversia sobre la exposición de genitales en Japón ha vuelto a traspasar en nuestros días las fronteras de este país, pero de una forma banal que provoca que a ojos occidentales el mártir sea considerado un provocador antes que otro de esos infatigables luchadores contra la represión estatal nipona.




En los años 50, aún en las revistas japonesas se censuraban los desnudos de obras clásicas, ya fueran de Rodin, de Miguel Ángel o de cualquier otro artista inmortal.




Para aclarar el asunto, necesitamos comenzar explicando alguna noción referente a la legislación japonesa. Uno de los artículos del Código Penal, el famoso 175, relacionado con las reglas sobre higiene, funcionaba convertido en ley desde 1907, y su esencia algo difusa se mejoró para poder ser amoldado al naciente cine.

Hasta entonces, regulaba la posesión y el mercadeo de imágenes obscenas, castigando incluso con dos años de cárcel a aquel que lo repudiara, si bien no estaba claro a qué se refería con waisetsu u obscenidad. Así, sin ir más lejos, en 1920 se aseguraba que dicha palabra describía los actos ilícitos contra la política nacional pero no hacía referencia a ningún elemento relacionado con el sexo más allá de este contexto. En otras palabras, si un artista echaba mano de la vida íntima del emperador o de algún político de renombre, por leve que fuera la insinuación, podía ser juzgado por romper la ley, pero si describía sin pelos en la lengua cualquier acto sexual de un habitante de a pie el escarnio ya no era tan grave.

Como digo, esto fue cambiando poco a poco por la necesidad de regular el nuevo arte, el cine. En todo caso, la indeterminación continuó en el momento de especificar qué partes del cuerpo humano eran susceptibles de ser consideradas deshonrosas. En este punto, el vello púbico de la mujer se llevó la peor parte, pasando su visión a ser considerada algo obsceno a partir del año 1960.

Semejante extravagancia se hace más ostensible si confrontamos el sinsentido japonés que es capaz de contemplar como bello la degradación de la fémina, la tortura de la misma o, en general, aceptar como correcta la violencia sanguinaria en cualquier expresión artística y, por el contrario, impugnar por hediondo la muestra de los genitales.




Las bandas y círculos de censura utilizados en las revistas para adultos de los años 60 son la antesala del sofisticado mosaico digital actual.



En nuestros días, la censura de la imagen del pene y de la vagina en el cine porno japonés se mantiene, aportando a este género una cualidad única y privativa que es célebre en el mundo entero. No existen problemas a la hora de mostrar senos o traseros (incluso detalles explícitos del ano y de su interior, algo que refuerza aún más lo burlesco, dado que para la imaginería occidental el visionado del ano, tal vez por aquello de ser la cloaca del ser humano, es a todas luces un tema tabú y más deshonroso), pero el resto tiene que ser tapado por medios digitales, con los famosos mosaicos.

La Nikkatsu, en su día, ideó una especie de tira llamada maebari para tapar también las partes púdicas; estaba tintada de un color parecido al de la piel y se pegaba en las piernas de las actrices, a ambos lados, con el consiguiente malestar para unas mujeres que no dudaron en quejarse de forma continua sobre su uso. Por otro lado, cuando no existían estas técnicas, los realizadores se las ingeniaban para coreografiar la escena de un modo que se taparan las partes con objetos del mobiliario o con niebla (bokashi).

Lo curioso es que la censura es aplicada por tres organizaciones diferentes: The Prosecutor’s Office And Police Force, Customs & Immigrations y la más conocida Eirin. La primera se dedica sobre todo a inspeccionar los montajes teatrales, actos y shows en discotecas, mientras que la segunda controla los filmes extranjeros que se estrenan en Japón. En cuanto a la Eirin, al contrario que las otras, es una asociación que no pertenece al gobierno (aunque el primer director era el Ministro de Educación) y está constituida por un número de miembros que no supera la cantidad de veinticinco. Con todo, es la que posee el mayor poder, y si alguna película nacional no posee la estampa que adjudica, ya pueden los oficiales de la Oficina del Fiscal o de Customs asegurar que la cinta es viable para el estreno en Japón, que éste no se realizará nunca. La excepción sólo se da en el caso de los largometrajes extranjeros, para los cuales la Eirin hará la vista gorda si son aceptados por Customs.

A estas alturas, nuestros amigos “protegen” los intereses de aproximadamente media centena de compañías cinematográficas, treinta y pico más que cuando se fundó la organización en junio de 1949. Digo “protegen” porque aseguran que su trabajo censor sirve para enderezar alguna conducta inmoral de los directivos, protegiéndoles de castigos carcelarios impuestos cuando se rompe la ley.

Para la labor, la Eirin cobraba a principios del año 2000 unos 100 yenes por metro de cinta fílmica revisada, lo que se traduce en unos 246.000 yenes por una película de duración media.





Ni tan siquiera se respetaban las imágenes de los documentales sobre educación sexual producidos en los 50 y 60.




Existe otra pequeña corporación parecida a la Eirin que se ha especializado en las producciones videográficas. Su nombre es NEVA o bide-rin, y, tras comenzar sus andaduras en los años ochenta, ha seguido ejerciendo su autoridad en el mercado pornográfico.

Ajustando tan apasionante anécdota a la realidad de las actrices, se puede entender la censura de sus partes íntimas como la sempiterna pesadilla del hombre japonés de no ser superado por la mujer. Más en concreto, la norma alude al deseo masculino y otra vez pedófilo de que sus compañeras no pierdan nunca su estatus inicial de niña, al igual que la iconografía de las geishas, su maquillaje blanquecino o la pintura mínima de los labios, se planteó para que parecieran muñecas.

En definitiva, la mujer es para el hombre un objeto, un juguete que puede ser colgado del techo para facilitar el experimento con él y la eliminación de sus genitales insiste en esta testarudez por añadirle la característica de artificialidad. El borrado digital, que en los filmes eróticos aparece en el momento justo del desnudo y desaparece cuando la cámara no enfoca los genitales, contribuye a la desazón en el cine porno.

Sobre todo, los iniciados en el género se refieren a la pesadumbre que provoca el ver el rostro desfigurado electrónicamente de la actriz cuando ésta está realizando por ejemplo una felación, dado que el mosaico que oculta el pene también se expande sobre parte del rostro; los entendidos, sin embargo, responden que todo pasa por acostumbrarse.




La célebre Asami Yuma peleándose con el no menos famoso mosaico.






Típica censura en el manga hentai de nuestros días.






En Nami, el manga que hizo célebre a Ishii Takashi, podemos comprobar cómo el mangaka sortea la censura ocultando al pene en un cinturón consolador.



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