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La conversión

Aunque te laves con lejía, y amontones jabón sobre ti, la mancha de tu pecado permanecerá aún delante de mí, dijo el Señor.
Jeremías 2:2

Jesucristo… nos lavó de nuestros pecados con su sangre.
Apocalipsis 1:5

La conversión

Adolphe Monod (1802-1856) escribió: «La conversión no es un desarrollo gradual, una mejoría progresiva de todas las buenas determinaciones. La voluntad y las intenciones humanas podrían estar desarrollándose y mejorándose durante un siglo, pero nunca podrían dar algo diferente de lo que son en sí mismas. Saulo de Tarso seguiría siendo Saulo de Tarso, y Pablo nunca hubiese existido. Mediante la conversión él no se volvió mejor, sino diferente; no fue más fiel a sus principios que antes, sino que sus principios cambiaron».
Eso fue lo que Jesús explicó a Nicodemo, ese maestro de la ley: “Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es. No te maravilles de que te dije: Os es necesario nacer de nuevo” (Juan 3:6-7). Y el apóstol Pablo declara de parte de Dios: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:17-18).
Así, llenos de agradecimiento, podemos dar “gracias al Padre que nos hizo aptos para participar de la herencia de los santos en luz; el cual nos ha librado de la potestad de las tinieblas, y trasladado al reino de su amado Hijo, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Colosenses 1:12-14).
“Ellos mismos cuentan… cómo os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tesalonicenses 1:9).
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