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La cultura del linchamiento



Era un domingo bastante típico en Nueva Córdoba. Cerca de la medianoche, el calor hacía que los jóvenes sigan transitando, y todavía podían verse las luces de los departamentos prendidas, las ventanas abiertas, los negocios despachando. A la tarde había jugado Boca y, más a la noche, River, los dos equipos en los que se polarizan las simpatías en este micromundo enclavado en una ciudad futbolísticamente dividida entre Belgrano y Talleres.

Nueva Córdoba surge a comienzos del siglo XX como un elegante barrio residencial inspirado en la arquitectura parisina, en el contexto de un “afrancesamiento” de la oligarquía argentina. Los vestigios de esa época se pueden ver en construcciones tales como el impresionante Palacio Ferreyra, el Parque Sarmiento, y las viejas y coquetas casonas que resisten duramente y entre varias bajas, a la construcción sin control de gigantescos edificios.

Su conformación social y arquitectónica actual varía mucho de la de aquella época. Por su proximidad con la Ciudad Universitaria y el centro de la ciudad, en el cual se encuentran otras unidades académicas de la Universidad Nacional de Córdoba, actualmente es un barrio casi en su totalidad de estudiantes. Miles de ellos, provenientes de los más diversos puntos del país, llegan todos los años a poblar el barrio que crece sin criterios urbanísticos, sin controles, y sin parar.

Atestado de boliches, de locales de comida rápida, de elegantes restaurantes, de los más exclusivos negocios de ropa, y de policías, todavía viven en Nueva Córdoba los fantasmas de los saqueos y los linchamientos indiscriminados que tuvieron lugar en diciembre de 2013. Las barricadas de los estudiantes –tan distantes cronológica e ideológicamente a las que montaban durante el Cordobazo- y los grupos organizados para “defenderse” de los saqueos, que terminaron en innumerables y dolorosos relatos de jóvenes cordobeses, morochos y/o en moto que tuvieron la mala idea de pasar por la zona portando las características de un estereotipo cuidadosamente construido política y mediáticamente en todo el país, pero acentuado y en constante efervescencia en Córdoba; son algunos de los recuerdos más vivos, muchos de ellos inmortalizados en el morbo de algunas fotos y videos que circulaban casi en tiempo real por la redes y los medios.

Era un típico domingo, y en Bolivia esquina Buenos Aires un desesperado grito de una joven reavivó por un instante algo de todo eso. Primero ese grito, al principio incomprensible, luego más definido, luego acompañado por otros gritos que se sumaban, así como las corridas:

-¡Hijo de puta! ¡Hijo de puta! ¡Agarralo, agarralo!- gritaba la víctima.

-¡Vení para acá negro de mierda!- gritaba a su vez un joven que corría por detrás al delincuente, que finalmente escapó.

No pasó más de un minuto para que la escena del crimen esté poblada de unas treinta personas, al menos dos de ellas con cuchillos, y la gran mayoría, de acuerdo a lo que manifestaban, con deseos de haber podido tomar algún tipo de venganza con el delincuente.

Aparentemente, según el relato de la víctima, ella se encontraba caminando por la zona, cuando el ladrón detuvo la moto con la que circulaba y bajó para arrebatarle la cartera. Ya con la cartera en sus manos, vuelve a la moto que intentó encender para emprender su huida, y al no poder darle arranque, un vecino ya alertado por los gritos de la joven, corrió hacia el sujeto proporcionándole una patada que lo hace caer de la moto pero que no pudo detener su escapatoria, pese a que varios vecinos intentaron seguirlo un par de cuadras.

Mientras los vecinos, todos jóvenes estudiantes, seguían llegando y amontonándose alrededor de la moto y la víctima, iban sucediéndose escenas entre los que ya estaban desde un rato antes. Una chica de unos veinte años intentaba pinchar las gomas de la moto con el Tramontina que otro vecino había traído de su casa al escuchar los gritos. Otro levantó la moto e intentó darle arranque vaya a saber uno para qué, activando de esta manera la alarma, lo cual hacía más bizarra la escena. Mientras la chica seguía, inútilmente, intentando pinchar la goma delantera a la vez que el cuchillo se doblaba cada vez más, de a poco fue surgiendo y encontrando aceptación la idea de prender fuego la moto.

-No tiene ni patente así que debe ser de él- decía uno, en vez de razonar que podría ser robada- se la prendamos fuego al negro de mierda.

-Sí, le abramos el tanque, le pongamos un trapo y la prendamos- decía otro de los ideólogos, a la vez que otros proponían romperla a patadas.

Mientras se discutía la mejor manera de destruir la moto y la policía brillaba por su ausencia, alguien preguntó bien fuerte y en tono de homenaje:

-¿Cuál es el flaco que lo bajó de una patada y lo corrió?

-¡Él!- dijo la víctima, señalando a un rubiecito de unos 22 años, de remera roja y bermudas, a lo que se produjo un caluroso aplauso, que provocó una sonrisa y un gesto de agradecimiento por parte del héroe, todo eso mientras seguía sonando la alarma de la moto y la chica se daba por vencida de su tarea de apuñalamiento al neumático.

Finalmente, luego de unos 15 minutos, y a pesar de su obscenamente numerosa presencia habitual en la zona, la policía llegó y la situación no pasó a mayores.

A cada universitario que llegaba y preguntaba por lo sucedido, le correspondía una explicación por parte de un par que nunca carecía de la expresión “negro”. “El negro venía en la moto y…”, “el flaco vino y le dio una patada al negro…”, “el negro de mierda al final se escapó, si no, lo matábamos…”.

Hablar del racismo de este tipo de expresiones resulta casi una ingenuidad en este contexto; si bien forma parte de la concepción que hace posible deshumanizar al otro para justificar que se haga lo que sea con él, lo más grave parece ser que desde lo sucedido a finales de 2013, esta manera de pensar las cosas, esta naturalización del asesinato colectivo, tantas veces fogoneada por los medios, se ha vuelto moneda corriente en ciertos círculos.

La cultura del linchamiento parece haber tomado vuelo el último año, como la realización de algún tipo de deseo reprimido, pero ésta, a diferencia de sus adeptos o ejecutores, no discrimina. Cualquiera puede ser portador de ella, sin importar la clase social, el origen, las creencias religiosas, el nivel de estudios alcanzado. De hecho, aquí estamos hablando de nuestros futuros médicos, psicólogos, odontólogos, ingenieros, abogados; personas que tienen acceso a la educación tanto pública como privada, ejerciendo una forma totalmente primitiva de fascismo.

Para muchos de estos futuros profesionales pareciera estar lejos de sus concepciones la posibilidad de analizar las causas profundas de la delincuencia, la connivencia entre ésta y la policía a la que llaman, las posibles soluciones reales y de raíz, la incoherencia entre estas posibles soluciones y el marco legal que regula el accionar policial en la provincia. Pero sobre todo, parece estar elidida la chance de pensar alguna salida o corte a la violencia, que no sea la necia idea de apagar el fuego con nafta, es decir, con más violencia.

Resulta, cuanto menos, ominoso encontrarse en el lugar del hecho y percatarse de la posibilidad de ser la única persona que no bajó a matar al ladrón, sino a defenderlo de una posible muerte que se respira en un ambiente cada vez más caldeado. Y aunque parezca innecesario, últimamente pareciera serlo, aclarar que no es lo mismo que defender la delincuencia. Muy por el contrario, es sentir la necesidad política y moral de detener la cadena, porque así como la cultura del linchamiento no discrimina, la ley –al menos en lo escrito- tampoco, y es tan ladrón el ladrón que roba un celular, como asesino el que asesina al que robó.

Una barrera azul

-¿Pasó algo?

-No. ¿Por qué lo decís?

-Por la cantidad de policías, ¿hay un operativo o algo así?

– Ah, no, acá es así…


Así suele comenzar el diálogo entre un cordobés y cualquier visitante de otra provincia frente a la sorpresa de encontrar una ciudad “policializada”. En plazas, bancos, puentes, parques, avenidas, la cantidad de agentes es exagerada, disminuyendo hacia la periferia. De hecho, es la provincia que, proporcionalmente, tiene la mayor cantidad de policías del país, contando con más de 23.000 uniformados, sin resultados concretos respecto a la baja del delito. Más que la misma provincia de Buenos Aires, conducida con la misma política que parte de la falacia de que la delincuencia se combate largando a la calle la mayor cantidad posible de policías, con una formación –lógicamente- cada vez más precaria.

La situación se agrava por el hecho del endurecimiento de la aplicación del Código de Faltas, con sus inconstitucionales figuras de “merodeo” y “prostitución escandalosa”, que en lo concreto lo que logra es habilitar a los agentes a “levantar” gente por portación de rostro, sin derecho a un abogado y sin intervención del Poder Judicial.

En este contexto, son numerosas las denuncias de detenciones arbitrarias, torturas, amenazas y gatillo fácil: en siete meses la policía asesinó a siete jóvenes, todos ellos de barrios pobres y en circunstancias de total indefensión.

Particularmente en Nueva Córdoba, la presencia policial se hace sentir con fuerza desde siempre, pero de manera acentuada y desproporcionada desde los sucesos de diciembre de 2013. Sus tareas son muy simples y se pueden corroborar con un pequeño recorrido por la zona. Los controles que realizan son selectivos, y están dirigidos a los jóvenes con determinados rasgos físicos, con determinada vestimenta, de determinado origen. Resumidamente, los “negros” no entran a Nueva Córdoba, salvo que sean albañiles que trabajen para hacer los edificios donde vivirán los estudiantes. Incluso ellos mismos habitualmente tienen problemas para “comprobar” a la policía que se dirigen a su lugar de trabajo, y hasta hay relatos de personas que perdieron su trabajo por ausentarse debido a haber sido detenidos.

Si se lee entre líneas –o no tan entre líneas- en ciertos sectores de Córdoba directamente está prohibido pasear para muchas personas. “No es merodeo, es paseo”, reza la consigna de muchas organizaciones, entre ellas, quienes organizan la Marcha de la Gorra, cuya octava edición se llevará a cabo este 20 de noviembre, y que exige la inmediata derogación del Código de Faltas.

El gobierno de la mano dura de José Manuel de la Sota, lejos de haber aprendido algo luego de los lamentables hechos del pasado diciembre, por el contrario, reforzó su apuesta a mantener este precario equilibrio entre los habitantes mediante una barrera azul, que no viene sino a reforzar la ya existente, la simbólica, presente tanto en el discurso de los habitantes “bien”, como en el de los “negros”, que saben que no pueden transitar libremente por su ciudad y que no cuentan con los mismos derechos.

Lo irreal de la una división por la fuerza, la violencia policial, los controles selectivos, el gatillo fácil y el delito real, que no baja, sólo puede dar como resultado un cóctel que no puede conseguir otra cosa que la exaltación de los ánimos, el enrarecimiento de un clima cada vez más siniestro, y la sensación de ruptura inminente, lo cual quedó comprobado el día que la barrera azul se diluyó momentáneamente, dejando lugar sólo para la simbólica, que se vio reflejada en lo que todos vivimos esos 3 y 4 de diciembre que nunca olvidaremos.

Facundo Moya
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