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la cumbia villera crea apologia a robar?





La Cumbia Villera, ¿Apología del Crimen o Retrato de una Realidad Social?
La cumbia villera constituye una expresión musical de ritmo tropical y tinte popular originado en Argentina, que adquirió su apogeo durante los primeros años de este siglo. Se caracteriza por reconocer como fuente las vivencias cotidianas de los estratos inferiores de la sociedad argentina. El trabajo efectúa un enfoque sociológico de esta manifestación artística, analizando los diversos aspectos que confluyen en su temática, indagando en el sentido y alcance que esta variante artística adquiere actualmente. Para ello se consultó la bibliografía especifica en la materia, y se acudió al examen de los textos de las canciones villeras.

Palabras Claves: Cumbia Villera – Argentina – Marginalidad.

II.- Primeras Consideraciones

El origen de la cumbia villera se halla fuertemente contextualizado, reconociendo en su conformación una decisiva influencia de las condiciones socioeconómicas vigentes en el entorno social que opera, a la vez, como plataforma de impulso y escenario característico de este ritmo tropical.

Suele ubicarse en los últimos años de la década del noventa el período de surgimiento de la cumbia villera. En ese momento hacen su aparición, pública y comercial, una serie de bandas provenientes, en cuanto a sus integrantes, de los estratos sociales más desfavorecidos de la sociedad argentina. Estos grupos musicales combinaron un ritmo, la cumbia de corte tropical y antecedente colombiano, ya existente y suficientemente difundido en nuestro país, con una composición lírica particular que terminó convirtiéndose en su distintivo.

Se mencionan por esta época al grupo Flor de Piedra, en el año 1999, que alcanzara por entonces el éxito con su tema “Sos Botón”. Aparecieron a partir de allí, otras bandas inscritas en el mismo estilo como ser Yerba Brava, Amar Azul, Mala Fama, Guachín, La Chala, Kalu, Pibes chorros, Damas Gratis, Supermerk 2, etc.

Las letras de las canciones enroladas en la denominada cumbia villera, recorren un método de creación ya trazado por otros géneros musicales. Las referencias a un espacio precisado, a un tiempo dado, y a las condiciones existenciales desarrolladas dentro de esas coordenadas, revelan puntos de contacto con los fundamentos artísticos de otros estilos musicales.

Lo innovador de la cumbia villera lo representa el singular modo en que aquellas referencias son ofrecidas. Se oferta un relato duro, sin metáforas[1]. Un realismo muchas veces extremo, dotado de una estética poco convencional, irrespetuoso en el empleo del lenguaje y el lunfardo, que desconoce limitaciones en el modo de expresarse. “...La cumbia villera tiene un lenguaje propio, un lenguaje que no es el del tango, ni el del rock, ni el de las primeras cumbias compuestas en la Argentina, pero que participa de todos ellos. Su característica más notoria es la coprolalia, la preferencia por las palabras agresivamente sucias” (Olivier). Pero lo que añade tipicidad especial al poema villero, es la particular naturaleza del espacio que se invoca y que constituye el ámbito de origen, creación y en un principio también el mercado al cual se destinó originariamente este estilo de ritmo.

El interrogante que motiva este aporte se dirige a determinar cual es el impacto social de la cumbia villera, indagando cual es el mensaje que transporta este particular estilo de música tropical. A modo de hipótesis puede sostenerse que esta cumbia de barrio, engendrada en las propias villas y en los términos allí posibles, evidencia y difunde la realidad imperante en la “periferia” argentina, publicitando una marginalidad extrema, cuya concreta entidad hubiera permanecido desconocida para un sector de nuestra sociedad, sino fuera por la propagación que la cumbia villera ha alcanzado, a partir de su extensión hacia estratos sociales ajenos a su origen.


III.- La Cumbia Villera como Fuente de Identidad

En una sociedad que revela una sensible fragmentación, atravesada por la convivencia simultánea de diversas realidades sociales dentro de un mismo espacio urbano, entretejiendo circuitos de sociabilidad inconexos y aislados entre sí; la construcción identitaria se diversifica, alcanzando cierto particularismo. Dentro de este panorama, la identidad se concibe como un concepto circunstancial y contextualizado, evidenciando a través de sus modalidades, la segmentación reinante.

La identidad así concebida se forja mediante los componentes disponibles dentro de cada fragmento socioeconómico, desplegando un rol relevante en tal proceso, el consumo de bienes materiales y simbólicos (García Canclini: 1991, 1995; Hernández: 2001). Adquiriendo tipicidad mediante el recurso a un contenido representativo, dentro de cada ámbito, la identidad, no sólo individual sino también la social, ostenta en su formación un contenido relacional, pues “toda identidad es relacional, refiere a sistemas de relaciones” (Margulis: 2004).

Ante la carencia de otros referentes, es el propio mundo que transcurre fronteras adentro de la villa, el que viene a suministrar los medios identitarios, dependientes de los significados allí vigentes, atribuidos a los distintos marcos institucionales. La cumbia villera actúa reflejando aquellos elementos, que desde la marginalidad, confieren una peculiar identidad.

La música villera arrastra un bagaje cultural, de corte popular, caracterizado por una eficaz virtud descriptiva, mediante crudeza plástica, de un espacio y sus protagonistas. Entre ellos los elementos que propiciarán las variantes de sociabilidad. El relato villero, que retrata ese panorama, supone la vigencia y dominio de particulares concepciones del presente, del futuro y del porvenir.

La cumbia, valiéndose de una terminología que recepta el lunfardo engendrado en la vida misma de la villa, recoge la cotidianeidad sólo posible en la villa y gracias a la existencia de las condiciones vitales en ella desenvueltas. Hechos, hazañas, logros y fracasos, problemáticas, amenazas y temores, deseos y esperanzas alimentan el lirismo villero. Ofrecida en franca transparencia, la lírica villera condensa la reproducción de experiencias reales o la creación artística de escenarios similares a las situaciones que transcurren en la villa, tomando como modelo a la propia realidad.


Esto último confiere una sustancia al fenómeno de la música villera que lo torna inconfundible. Pero a su vez genera rechazo e incomprensión, principalmente en quienes pertenecen a otros segmentos socioeconómicos, y en menor medida en quienes no se identifican, debido a una cuestión generacional, con los cultores del ritmo villero. Se activan condiciones de intolerancia e indiferencia que acompañan el parecer de buena parte de las clases medias y de las clases altas argentinas.

A partir de tales elementos se suministra un denominador común, un soporte personal para aquellos individuos que se identifican con el espacio plasmado en la canción villera. De esta manera el texto de la cumbia villera se halla imbuido por una profunda connotación de habitualidad. Su destinatario descubre como habitual todo lo versado en ella. Lo reflejado no resulta para nada ajeno a la constatación real, y el razonamiento incluido en las letras no abre distancias con el parecer de un sector de la población comprendida en la franja socioeconómica que sirve de cultivo a este ritmo musical.

La identidad ofrecida por este medio asoma como una identidad tejida sobre lo que usualmente acontece en el cotidiano villero, y en el contenido pasional concebido con motivo de ese cotidiano. En este complejo temático emerge un tópico que aporta cohesión al fenómeno. Se trata de lo anecdótico[2], que galvaniza aún más el proceso así erigido, precipitando la convergencia del realismo con lo místico y lo lúdico.

El ejemplo más difundido lo constituye la imagen mítica y legendaria de “El Frente Vital”[3]. “Su popularidad persiste en los jóvenes ladrones: lo consideran milagroso. A él le atribuyen el éxito de curaciones de balazos fatales, fugas de institutos de menores, asaltos cuantiosos y sin heridos. Sus contemporáneos se encomiendan a él antes de salir a un hecho. Por eso, en cada visita a su tumba los chicos rocían cerveza sobre flores, y en la trompa de un elefante de porcelana colocan las últimas briznas de un porro, fumado en círculo, como una ofrenda al ángel caído.” (Alarcón, 2003).

Esta modalidad en que opera el proceso identitario incubado en la villa, y expuesto por su cumbia se abre campo entre los más jóvenes. “Hay un corte generacional porque si nos fijamos en lo que pasa en los recitales, nos daremos cuenta que se trata de pibes de entre 14 y 20 años. Allí se está forjando una identidad. Se trata de esa generación que no tiene cabida, que no tiene perspectivas” (Rodríguez, 2001).

Dentro de un orden que desconoce figuras egregias (Hernández, 2001), para una proporción de nuevas generaciones, no existe otro método de contemplación de la vida que el anómico destino proyectado en las canciones villeras. “En el argumento de sus canciones no hay más proyecto de vida que la supervivencia en forma marginal y fuera de la ley como salvación individual”



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