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La Democracia como Dictadura encubierta




Cuando hablamos de Estado capitalista, es fundamental posicionarnos frente a los dos polos entre los que oscila programáticamente el péndulo del orden de la burguesía: democracia y dictadura, incluyendo la gran cantidad de modelos o formas híbridas que se suceden en esta oscilación.

El Estado burgués siempre es una expresión de la democracia del mundo mercantil, que al mismo tiempo contiene invariablemente el terror de Estado, el terror dictatorial. Es como el durazno: siempre tiene carozo, por lo que sería absurdo decir prefiero la pulpa que el carozo, simplemente no tiene sentido, porque el durazno es pulpa y carozo. La democracia incluye la violencia latente y dispuesta a funcionar, y ésta actúa constantemente en toda la estructura de defensa del orden y la propiedad privada.

El Estado, por esencia democrático, contiene en su seno fórmulas de consenso, pero también siempre la potencialidad del terror. No es más democrático el consenso que el terror. Uno no existe sin lo otro. Más aún, el consenso sólo funciona porque existe el terror general latente defendiendo la propiedad privada y el funcionamiento del Capital. La tendencia a que esto se nos aparezca como una opción o cómo que la democracia se asemeja más al consenso y menos al terror de Estado es puramente ideológica. Se debe a que todos los medios de difusión e ideologización presentan la violencia y el terror de Estado.

Por otro lado, no podemos dejar de notar que la historia reciente de los países latinoamericanos ha sido vivida en relación a las dictaduras cívico-militares desarrolladas entre mediados y fines del siglo XX, cuyo fin esencial, junto a la rearticulación de la economía, fue la aniquilación de grupos sociales organizados de contrapoder (no necesariamente revolucionarios).

La cercanía íntima con estos hechos nos hace asimilar dictadura con represión descarnada, el relato de una memoria histórica hegemónica que se ha establecido en los países que vivieron éstas dictaduras, nos hace concebirlas como la imposición armada del ejército y sus aparatos de inteligencia en complicidad de grandes y distintivos empresarios. como nodemocrático, cuando en realidad es un componente esencial de toda democracia, de todo Estado, de toda sociedad mercantil generalizada. Si bien nada de lo anterior es falso, simplemente no podemos aceptar creer que es la única forma que adquiere la imposición política de la dictadura. Las similaridades se manifiestan estructurales, mientras que las diferencias no.

Quizás debido al peso de lo simbólico, vemos una forma más o menos brutal que la otra, o en función de profundizar, las vemos idénticamente brutales. Pero no se trata de eso, sino de entenderlas como diferentes manifestaciones materiales de dicha estructura. Tarea no fácil en relación a cuestiones tan fuertes como la muerte, la tortura o la desaparición de personas, todas características de la “dictadura” o de la “democracia”,pero que se dan a diferentes niveles, complejidades y posibilidades.

“Las divergencias ideológicas no diferencian realmente los sistemas socioecónomicos”, afirmaba Otto Ruhle en la década del ‘40, haciendo referencia a la increíble similaridad con la cual el Estado Soviético desarrollaba su modelo de acumulación respecto de sus pares corporativos en la Alemania nazi y la Italia fascista. Otros autores de la misma época y posteriores, han extendido este análisis comparado para que se incluya también al keynesianismo, que se aplicaba en dicho momento en EE.UU. Lo que Rühle y otros intentaban afirmar es que las diferencias son superficiales, pero lo que realmente sustenta la lógica de dominación, lo estructural, es semejante o igual.

Democracia, estalinismo, corporativismo, economía libre de mercado, Estado benefactor y tantas otras variantes son las caras que asume el Reino del Capital. Esas “divergencias” como las denominaba Rühle, son además útiles y necesarias ya que permiten al aparato político utilizar falsas contraposiciones para confundir al proletariado con consignas ajenas e impropias.






Frente a la ferocidad estatal manifiesta de una dictadura cívico-militar, podemos vernos empujados a “escoger” por el mal menor: la democracia (cuando no una dictadura que otorga un sistema de atención de salud gratuita a cambio de la sumisión). Es cierto que dentro de los restringidos límites en que se nos ofrece nuestra supervivencia inmersa en la idea de “progreso” (que nos hace percibir el presente como el estado de lo mejor posible), el éxito de la sociedad pareciera ser vivir explotado bajo un régimen socialdemócrata que garantice una serie de derechos ciudadanos y económicamente atractivos, antes que vivir bajo los oscuros mantos militares de los regimenes de Videla, Pinochet, Kim Il Sung, Mussolini o Stalin.

Preferir, imaginar, se puede. Lo que no se puede es elegir. Son condiciones globales las que permiten ambas variantes: es de pública aceptación que los países considerados como las “mejores democracias” colaboran decisivamente con “las crueles dictaduras” de otros países. Y no sólo aquello, sino que se hacen posibles las unas a las otras. Incluso en la competencia económico-política entre burgueses, motor indiscutible de la dominación burguesa. Los reclamos democráticos contra las dictaduras cívicomilitares, tal como los llamados desde el anti-fascismo, son otras de las lamentables consecuencias de estos regímenes de gobierno, que no hacen más que seguir ocultando la verdadera cara de esta sociedad.

Resulta ejemplificador para el caso, los acontecimientos que se desarrollan a la fecha en Egipto: hasta la revuelta popular del 25 Enero de 2011 el gobierno de Hosni Mubarak era presentado como un gobierno democrático ejemplar de África, sin embargo, rápidamente -velocidad dada de acuerdo al particular análisis de cada gobierno y los medios de comunicación- se instituyó la imagen del “dictador” así como también la de los “rebeldes”.

La otra cara de la moneda, nos indica que mientras se ejecuta este “conjuro” que troca la imagen de un gobierno democrático -similar a otros tantos- por una dictadura de 30 años; a su vez se logra establecer el caso “particular” de un país o de una zona geográfica, donde los reclamos de hambre, desocupación y desesperanza que contienen una embrionaria e instintiva posición de clase, son tornados en una “revolución de jazmín” que aspira a reformas por más democracia. Absurdamente (pero dentro de la lógica de la democracia), los encargados de asumir el poder y llevar adelante las reformas democráticas será el ejército de Egipto, mientras las armas utilizadas para reprimir son vendidas por países europeos que son el buen ejemplo de las democracias a imitar en el resto del mundo.

La dictadura política es una formalización de la dictadura social, no es simplemente el resultado de una puja de poderes. Es una tendencia del Capital que suele surgir cuando comienzan a aparecer obstáculos a su gestión o si el gobierno a derrocar se vuelve ineficaz para la administración de la economía capitalista. Una manera más brutal y violenta de re-organización, donde cada proletario queda marginado explícitamente del Estado. (como siempre ha sido, sólo que las necesidades del momento hacen que todo ocurra de un modo más crudamente sincero mediante decretos de urgencia, derogaciones de leyes y el evidente control de las armas).

Se acaba el show de la participación y entonces el Estado tiene que reorganizar el gobierno bajo un “estado de excepción”. El uso de la violencia y de las armas pareciese ser el elemento que define por excelencia a una dictadura, olvidando que el monopolio de la violencia es una de las cualidades fundamentales de todo Estado, se trate de democracia o dictadura.

Básicamente son las potestades legales que asume el régimen dictatorial lo que marca la diferencia, pues asume el control de la situación (“por el bien del conjunto social”) estableciendo los mecanismos que considere necesario sin los procesos de intervención de los “representantes electos del pueblo”. En cambio la democracia integra ilusoriamente con las elecciones, con “presupuestos participativos”, consultas, referéndums. Y esta participación es aceptada y festejada sólo mientras venga a reproducir la organización social ya existente.

En la tesis 109 de “La sociedad del espectáculo” Guy Debord afirma que: “El fascismo ha sido una defensa extremista de la economía burguesa amenazada por la crisis y la subversión proletaria, el estado de sitio en la sociedad capitalista, por el que esta sociedad se salva y aparenta una nueva racionalización de urgencia haciendo intervenir masivamente al Estado en su gestión. Pero tal racionalización está ella misma gravada por la inmensa irracionalidad de su medio.” Sin embargo los desagradecidos demócratas suelen condenar discursivamente a quienes han tenido que hacer el trabajo sucio por ellos para salvaguardar su mundo capitalista. No reconocerán en los sangrientos dictadores a quienes les salvaron el pellejo, o a quienha puesto la cara para liquidar a los proletarios molestos o sobrantes que hoy no interferirán en sus planes, y es que el demócrata ocultará las contradicciones sociales hasta su muerte.

Muchas veces se ha querido entender que igualamos democracia a dictadura cívico-militar… Si “todo es lo mismo” no hay reflexión posible, no hay vida posible… No somos ciegos, comprendemos sus diferencias encarnadas principalmente en el terrorismo estatal beligerante, pero esto no puede llevarnos a preferir una o la otra. Porque como ya hemos dicho, no es cuestión de elegir (¡esa falsa elección es justamente el cáncer que nos significa la democracia!), es cuestión de comprender que ambas son diferentes variantes de la dictadura del Capital, y no se puede prescindir de ninguna de ellas, pues la existencia de una garantiza a la otra.
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