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La estética del mal (solo gente inteligente)

Atención: No es por ser soberbio ni nada, pero considero que este es el mayor aporte que le hago a taringa y creo que es el texto más útil y sabio de toda TARINGA.

Antes una pequeña intro sobre que es el mal (el concepto filosófico) , si ya sabes el concepto estimado lince saltéalo y anda a la parte más abajo del post.

EL MAL


"El mal es la carencia de un bien debido". Esta es la definición ya clásica de Santo Tomás de Aquino .
Llegar a esta definición requirió de muchas generaciones.

Alcanzar una perfecta y objetiva definición de este concepto no es algo que se haya conseguido de un momento a otro, sino que por el contrario, ha sido necesario el pensamiento consecutivo de muchos intelectuales a lo largo de los siglos, para dar con una fórmula tan exacta como precisa, además de breve. Por lo tanto el mal no es algo que tenga existencia en si mismo, sino algo que existe en un ser.





La primera cosa que debemos saber es que el bien y el mal son objetivos; aunque aveces nos equivoquemos en nuestros juicios acerca del bien y del mal. Pero el hecho de que nos podamos equivocar y de que de hecho nos equivoquemos no afecta para nada a la objetividad intrínseca del bien y del mal. La enfermedad, el asesinato, la mutilación, el odio, la miseria, la guerra, el dolor...son males, la lista podría continuar, nunca lograríamos una lista completa, Incluso los más entusiastas defensores de que el bien y el mal no son conceptos objetivos sienten tambalearse sus esquemas cuando contemplan los campos de Auswitch.

Uno de los más fatídicos y terribles errores de la cultura postmoderna ha sido la superación del concepto de bien y de mal. Ya no existen el bien y el mal objetivos. Hay cosas que convienen y cosas que no...pero el bien y el mal no han dejado de existir. Ese ha sido el más trágico error de nuestra cultura, una vez que todo es neutro, una vez que nada es realmente malo en si mismo, hemos creado un humus perfecto para que germine cualquier aberración. Si todo es relativo, hasta el mismo concepto de aberración es relativo también. Donde ya no existe el bien y el mal, ya no hay tampoco nada que sea una aberración...





La destrucción de la objetividad del mal nos puede parecer innatural, pero si nos detenemos a reflexionar en la razón última por la que puede existir un bien y un mal, encontraremos que esa razón última solo puede ser Dios. Sin Dios no podrían existir el bien y el mal objetivos.¿Porqué? Púes por ejemplo no tendria sentido sacrificar la propia vida en aras de la justicia, si no existe una justicia después de la vida. El heroísmo extremo sería una insensatez. Perder la única vida si no hay nada después, supondría perderlo todo frente a la mera posibilidad de un bien de otros. El mundo por tanto no sería justo. Y si el mundo no es justo, qué sentido tiene sacrificarlo todo por un mundo que en sí mismo no es justo. Sin un garante último del bien, sin una justicia absoluta e infinita, todo esta sujeto a opinión, sin una vida después de esta, este mundo por sí mismo es injusto.
"No es justo que uno viva en la miseria y otro en la mayor de las riquezas"; "No es justo que a uno le salgan bien todas las cosas, y en otros se cebe la adversidad en modo continuo" Si no hay nada mas que el mundo, para explicar al mundo...hemos de concluir que el mundo es injusto, y no valdría la pena sacrificar la vida por un mundo que no es bueno, sino malo e injusto, aunque en el haya cosas buenas...en un mundo así el egoísta seria el sabio,, el egoísta, el vividor, el que disfrutase al máximo su existencia seria el más inteligente.




Cuales son los tipos de mal?


La variedad posible del mal es infinita. El lienzo de la "Gioconda" es un bien. mientras que es un mal ese mismo lienzo con una gran rasgadura, en pleno rostro (un arañaso o rotura en la cara de la gioconda) El lienzo sigue siendo un bien, la rasgadura un mal.

Un rostro feo es un mal. El rostro es un bien, pero es un mal que sea feo. Un vertido de petroleo en el mar, la sequía que provoca hambruna, etc...

El peor mal, el mal que cualitativamente distinto de todos los males inculpables, es el mal que se produce cuando un ser libre decide asumir sobre sí la culpa de cometer el mal.








AHORA LA PARTE PRINCIPAL:


La Estética del Mal


¿Es posible la estética del mal? ¿Existe una belleza no sólo en el mal, sino del mal, una belleza del mal?




La ESTÉTICA es la parte de la Filosofía que estudia el concepto de la belleza y las reglas que rigen a la belleza.

El MAL es la carencia de un bien debido en un ser.

La ESTÉTICA DEL MAL sería la parte de la Filosofía que estudia el concepto de belleza deformada, y analiza las reglas de la belleza que subyacen en la deformación de la belleza.

La belleza supone la perfección, el mal supone imperfección, deformación. En la medida en que una obra bella albergue un mayor grado de deformación en esa misma medida sería menos bella. De lo cual se deduce que el Mal Absoluto (metafísicamente imposible) sería absolutamente feo. Desde luego sería completamente imposible una Estética del Mal Absoluto. ¿Es posible, por tanto, una Estética del Mal? ¿Es posible una racionalización filosófica de la Belleza de la Deformación? ¿No existirá quizá únicamente una estética del bien, y la estética del mal será tan sólo un concepto de lo inexistente, como lo es el Mal Absoluto?

Antes me he preguntado si existe una estética del mal, quizá el modo más adecuado de ir respondiendo a esta pregunta es inquirir qué es lo que lleva a alguien a representar el mal. ¿Por qué representar el mal en vez del bien, lo feo en vez de lo bello, lo deforme en vez delo proporcionado? Cuando aquí hablo de mal, hablo del mal metafísico y no sólo del moral, que sólo es un tipo de mal.

¿Por qué pudiendo representar lo bueno, lo bello, lo armonioso representamos lo que no lo es? Que hacemos eso, desde luego, es un hecho hay obras artísticas que buscan y pretenden la representación del mal. Hay obras en que el mal (la deformación) no es un elemento más de la representación sino el elemento esencial. Hay obras en que el verdadero objeto de la representación no es el objeto representado, sino la deformación que padece el objeto.


Sé que todo esto de lo que he hablado hasta ahora parece extraordinariamente abstruso, pero ahora voy a descender a ejemplos concretos que comenzarán a clarificar de qué estamos hablando.



Cualquiera que conozca en profundidad la iconografía medieval no podrá evitar darse cuenta de que aquellos talladores de bloques e iluminadores de pergaminos no se limitaron a plasmar el mal con repugnancia e incomodidad. Sino que por el contrario, en esa plasmación del mal hallaremos una experimentación estética que no encontramos en la representación coetánea de la nobleza y la hermosura. No supone ningún desdoro para la fe de aquellos creadores artísticos afirmar que en ellos hubo un verdadero deleite al intentar plasmar las formas más torcidas de la Creación, incluso de crear las que no existían.





Pero este fenómeno no es específicamente medieval, ni siquiera específicamente occidental. Encontramos esta misma experimentación en los campos de la estética del mal en todas las culturas. Y lo hallamos sin excesiva dificultad porque además la representación del mal es algo muy fácilmente identificable.


No hace falta tener ningún conocimiento de los contenidos de la cultura occidental judeocristiana para reconocer la deformación, el mal, en las gárgolas de Notre Dame, como tampoco necesitará conocimientos étnicos especiales cualquiera que contemple los seres bestiales y demoníacos de la religión hindú, o a los asuras de la religión indoirania, o al Emma-O y sus demonios en la iconografía japonesa. Cualquier neófito sabrá muy bien que representan al mal aunque no tenga ninguna instrucción acerca de esas mitologías. Por supuesto que podría aportar yo también excepciones de representaciones cuya ambigüedad podría parecer que pone en tela de juicio esta afirmación general Pero me parece a mí que la representación deliberada de lo maligno tiene unos mecanismos de creación que son bastante reconocibles. Especialmente la hibridación bestial con caras terroríficas que aparece en esos personajes citados supone un lenguaje universal. La representación de un hombre bestial con rostro que infunde terror, es un significante cuyo significado la inteligencia interpreta de inmediato.









Lo dicho parece muy circunscrito sólo a la representación de un tipo de iconografía, pero la universalidad de estos mecanismos de representación del mal es válida para cualquier arte. Por ejemplo, cuando Franz Listz compuso su Tottemhaum o Danza Macabra usó la armonía musical, pero la usa de modo que el oyente perciba que está escuchando algo maligno. Y además, sea dicho de paso, en este caso lo logra de un modo impresionante y vigoroso. Y lo transmite sólo con notas musicales, ni una palabra aparece en la partitura. Usa la armonía ara expresar el mal. La desarmonía no hubiera logrado el mismo efecto. La desarmonía hubiera únicamente expresado fealdad. Tottemhaum, a través de las paráfrasis del tema del Dies Irae, expresa el mal, no la desarmonía. Lo mismo se puede decir de Danny Elfman en los temas de la banda sonoraSleepy Hollow. Tampoco necesita Jerry Goldsmith de palabras en el tema principal de La Profecía. Después nos enteramos que el título de ese tema es Ave Satani, pero no hubiera sido necesario que Goldsmith nos hubiera revelado el título, ni poner letra a esa música, para que el oyente hubiera reconocido ese pentagrama como una armonía que expresa malignidad.

Como se ve hay la estética del mal no es algo privativo de las gárgolas y similares. No sólo la pintura, sino hasta la literatura o las notas pueden expresar el carácter de perversidad.



TIM BURTON:




Hay también otros aspectos más sutiles en la creación artística que podrían entrar dentro de esta calificación de una estética del mal. Por ejemplo, por citar un caso claro, cuando Tim Burton filma sus películas sabe muy bien que sólo un perito exegeta bíblico podrá percibir en los diálogos ciertas alusiones crípticas que son satánicas. Alusiones sutilísimas, perfectamente ocultas al ojo del espectador normal, pero inequívocas para el experto. Además, sea dicho de paso, los malos en sus películas tienen más interés y son más simpáticos que los buenos. En sus películas el mal es más atractivo que el bien. En la trama de cualquier obra literaria es comprensible que el mal al principio sea más poderoso, que predomine, eso da interés al guión. Pero hay obras, y las de Tim Burton son un ejemplo de manual, en las que la representación del mal eclipsa a la representación del bien, obras en las que el discurso en pro del mal resulta más convincente que el del bien, obras construidas para que el mal resulte más fascinante que el bien. Son obras en las que nos preguntamos acerca del sentido del bien esa creación. ¿No será el bien un mero elemento para exaltación del mal? También esto supone una cierta ramificación de una cierta estética del mal.





Si estos mensajes ocultos e implícitos forman parte de la intención del artista a la hora de representar el mal, hay otras obras en que el mal aparece de un modo extraordinariamente explícito, por ejemplo en el cine gore. En la serie de películas de Pesadilla en Elm Street, como en tantas otras del cine gore, el mal sangriento es el objeto de repugnancia/delectación. La representación del mal cuanto más brutal, cuanto más salvaje, cuanto más sádico, pasa a ser el fin del filme. Y no sólo su fin, sino también su tema y argumento. Todo el arte del cine gore pasa a ser la plasmación de aquello que no es bello en sí, sino absolutamente rechazable e inhumano. En cierto modo el cine gore es la mera filmación de la tortura y el sufrimiento para el asco/goce del espectador. Dado que la gente paga la entrada para ver eso, es indudable que la gente se inquieta/disfruta visionando ese tipo de escenas. Pongo la barra inclinada entre los dos verbos porque unas personas no disfrutan nada, salen horrorizadas, aunque ven una secuela tras otra. Se horrorizan, pero pagan y hacen cola por volver a sentase en la butaca. Otras personas, las menos, gozan viendo aquello, sin la menor sombra de turbación.

Quizá esta vertiente de la representación de lo malo, la del cine gore, pueda parecer muy burda. Pero la estética del mal puede ramificarse por campos insospechados, y algunos de ellos nada burdos. Y así cuando el nacionalsocialismo puso tanto énfasis en la elaboración de una estética, era muy consciente de que sólo la estética podía hacer aceptable un mensaje de por sí inaceptable.









El nazismo es una muestra perfecta de como los fautores del mal tenían plena conciencia de que un mensaje horrible debía ser mezclado con grandes dosis de belleza. Mientras duró aquel régimen se le pedía a la población que renunciara a su libertad, a sus derechos, a cambio de belleza. De la belleza de un ideal social plasmado en imágenes y palabras. La fealdad de aquella doctrina debía ser ineludiblemente unida en la mente de las personas a la impresión de orden y fuerza que las coreografías militares representaban esmeradamente en las calles y en los noticiarios. Hitler personalmente supervisaba cosas tales como el diseño de estandartes, uniformes y muchas otras cosas. Quizá ningún régimen ha sido tan conscientemente estético. La población normal jamás hubiera aceptado el discurso nacionalsocialista sin los estandartes, los uniformes, los proyectos neoclásicos de la nueva arquitectura de Berlín, y todo el resto de la imperial parafernalia de un nuevo orden. El Régimen mostraba en los noticiarios cinematográficos las colosales estatuas que debían colocarse en las fronteras de la Gran Alemania para que el resto del mundo supiera quienes eran los amos de esas tierras. La entrada triunfal del Fuehrer en Danzing fue un ejemplo único de puesta en escena cinematográfica. Las convenciones de Nuremberg son auténticos cuadros, visiones artísticas de cómo plasmar el poder, el orgullo y la fuerza de una nación. Toda la estética del régimen nazi es una estética del mal, una estética al servicio del mal, una estética que representaba el mal, pero eso sí de un modo muy bello. También la representación de la fuerza y el orden son partes de la estética. Si alguien piensa que sólo una montaña suiza con ovejas pastando es bella, y no lo es El Triunfo de la Voluntad de Leni Riefenstahl mostrando durante más de dos horas la concentración del partido nacionalsocialista en Nuremberg, está muy equivocado. La belleza es muy variada, también existe una estética de la fuerza y el poder.


Cuando hoy día muchos sociólogos se preguntan acerca de las causas que subyacen en el crecimiento de los grupos neonazis europeos, siempre se dan muchas razones que considero completamente válidas. Pero siempre se les olvida una que es esencial: visionar en televisión una y otra vez aquellos desfiles de la Alemania nazi, sus uniformes y todo lo demás, provoca en algunos jóvenes un hechizo estético. A los sociólogos se les olvida que por mucho que los reportajes televisivos sean antinazis y que en las películas de Hollywood siempre ganen los aliados, la estética de fuerza y poder posee una fuerza inherente que se les queda grabada en el subconsciente. La visión de esos documentales de época, con escenas de propaganda hitleriana, produce un efecto nocivo en una porción de la sociedad aunque vayan acompañados de una explicación antifascista. Para esa pequeña porción, estadísticamente irrelevante, esas escenas son nocivas diga lo que diga la voz en off. La estética habla por sí misma. La estética es ya de por sí un discurso.

El poder de la estética es tan fuerte, tan arrollador, que hasta las mismas construcciones filosóficas pueden ser desbordadas como una riada por el discurso de la belleza. La obra de Nietzsche es una muestra sobresaliente de esto. A la hora de exaltar al superhombre sin conciencia, a la hora de defender sin pestañear la eliminación de todos los seres débiles, de promulgar la fuerza y la guerra como el medio para mantener la superioridad del nuevo hombre, a la hora de hacer todo eso Nietzsche no nos da ninguna razón. De hecho a la razón la llama la “prostituta razón”. Sin embargo, a pesar de no dar razones, porque él ya no cree en la razón, escribe un discurso tan lleno de fuerza, literariamente tan encandilador que bastó la belleza arrasadora de la forma literaria para esparcir su paupérrimo contenido por todo el mundo. La Historia de la Filosofía se vio contagiada de su mensaje por mor de la belleza literaria de sus páginas. Sin esa belleza, su mensaje se podría resumir en media página, y visto así, al desnudo, es bastante pobre. En Nietzsche todo es forma, todo es estética, frases lapidarias, contundentes. Pero bastó el Nietzsche literato, no el pensador, para irrumpir en las mentes de miles de pensadores y producir fascinación en ellos. No deja de ser apasionante observar como los silogismos de las mentes de toda una generación centroeuropea, no pudieron contener la fuerza que habitaba en la belleza de algunas de sus páginas.

Como se ve, el campo de la estética del mal es amplio. Va desde la iconografía demoníaca, a la representación románica de los pecados, desde la estética nazi al cine gore. Sin embargo, no forma parte del estudio de la estética del mal el estudio de la estética del error. Una cosa es representar el mal y otra muy distinta realizar obras que llevan incluido en su contenido el error. Así por ejemplo, las antiguas películas de indios en las que ellos siempre son los malos, cuando eran los indios los que estaban siendo exterminados, eso no entra a formar parte de una estética del mal. ¿Por qué? Pues porque en esas películas los indios aparecen como malos y por eso son aniquilados, en la película se aniquila el mal. Mientras que en los noticiarios del III Reich aparece un enaltecimiento del mal que se presenta como tal. En los noticiarios se exalta la superioridad aria, se insulta y escarnece a los judíos, se promueve la eutanasia de los deficientes. Es decir el mal aparece como tal, es una apología artística del mal. Allí radica la diferencia.












Una cosa es el error-en-la estética y otra la estética del mal. Cualquiera de nosotros dispararía a unos indios que fueran de verdad como los de las películas. Pero en la estética del mal el artista te presenta el mal, y te dice “ámalo”.


Tampoco hay que confundir la estética del mal con la estética del desorden. La gente pensaba en los años 70 que el futuro tenía que ser como 2001, Odisea del espacio o como La Guerra de las Galaxias, es decir la belleza de lo limpio, de lo ordenado, la luz reinando en todas partes. Ridley Scott mostró en su Blade Runner que la plasmación del desorden, la suciedad y la pobreza podían conformar una obra de arte cinematográfico mucho más interesante que la plasmación de lo que en sí era mejor o más impresionante. Blade Runner como obra artística es más bella que otras obras que representan mundos bellos y perfectos. Por lo tanto la representación de la imperfección, puede ser mucho más bella que la representación de la perfección. Es posible componer una obra de arte más bella con la fealdad que con la belleza. Es posible crear más belleza representando la fealdad de la Guerra de Vietnam que mostrando el paraíso. Al fin y al cabo, hay mucha más belleza en la representación del infierno de El Jardín de las Delicias de El Bosco, que en la banal representación de un rostro de una mujer hermosa.

El desorden, el caos, tienen infinitas posibilidades de plasmación. Pero el desorden en sí mismo no es objeto de la estética del mal. ¿Por qué? pues porque imperfección en sí no implica mal, mal moral. Y por tanto la estética de la imperfección no forma parte de la estética del mal.

El caos que reina en Sopa de Ganso de los Hermanos Marx no es maligno. Mientras que el civilizado, educado y suave Hannibal Lecter en El silencio de los corderos, sí que es una impactante plasmación del mal.


Tampoco hay que confundir la estética del mal con la obra de arte inmoral. Pues para empezar hay que recordar que la representación del mal, por atractiva que sea, puede ser tremendamente moral. Y por otro lado la representación del bien puede ser inmoral. La Biblia al fin y al cabo es un buen catálogo de pecados, centenares de representaciones de todo el mal posible en todas sus variantes. Y, sin embargo, es una obra que trata de incitar al bien. Uno al leer todo ese inventario de pecados contenidos en las páginas de la Biblia, después de leer todas las páginas (con su recopilación de la iniquidad humana) un lector objetivo, no influido previamente, siente el impulso de detestar el mal y hacer el bien.

Por el contrario un novelista puede hacer que en su novela triunfe el bien, pero defender la bondad de un modo tan deliberadamente chapucero, tan conscientemente burdo, que en el fondo los lectores se sientan más inclinados al lado tenebroso. Es más, hay libros en los que por debajo de una aparente lectura moralista, puede subyacer una segunda lectura sólo visible para los más inteligentes que sea demoledora de lo que aparentemente se diga en la primera lectura aparente. Sí, en la Biblia ciertamente hay mucho pecado, pero la obra lleva al bien. En otras obras puede no haber nada de pecado sino, por el contrario, una apasionada defensa de la virtud, y, sin embargo, incitarnos a todo lo opuesto. De ahí que estética del bien no sería la expresión del bien, y estética del mal la mera expresión del pecado. Hay obras con mucho pecado que son buenas, como se ha dicho. Y obras en las que aparentemente hay mucha virtud y sólo virtud, y que, no obstante, son inicuas.


En esta catalogación de las obras que pertenecen o no al objeto de estudio de la estética del mal, mención aparte merecen los grupos de personas en los que existe ya una disfunción insana en la percepción de la belleza. Existen muy reducidos grupos de jóvenes, los llamados siniestros, que cultivan la fealdad como forma máxima de la belleza. Se visten de negro de manera completamente desarreglada, se maquillan de forma que parezcan más tétricos (labios de negro, maquillaje que dibuje ojeras oscuras, orejas asaeteadas por infinidad de piercings, labios y narices atravesados por barras metálicas, etc), gustan de lugares adornados con calaveras, manos disecadas, sepulcros, en fin, un macabro y largo etcétera. Esto sí que entra dentro de la estética del mal, pero dentro de la insana e ilógica estética del mal. Hay que entender que la estética del mal sigue unas reglas lógicas. Y que tanto el que participa de unas ideas como de otras puede compartir la admiración por la obra de arte digna de alabanza. Cualquiera comprende la belleza de las gárgolas, admira los valores meramente estéticos del III Reich, gusta de la película La semilla del Diablo. ¿Pero qué se puede encontrar en esta corriente de los así llamados siniestros? Una cosa es valorar la plasmación estética del mal, y otra muy distinta cultivar la fealdad en sí misma. Sin ninguna duda, este tipo de manifestaciones de la estética del mal son manifestaciones insanas, grupos sociológicamente replegados sobre sí mismos en los que se cultiva una deformación de la percepción mental de la belleza. Tales grupos son como una variante de la coprofilia. La Filosofía (y por tanto la Estética) estudia la realidad a través de la lógica, ya inductivamente o deductivamente. Pero comportamientos de ese tipo no responden a ninguna lógica. Por tanto sólo cabe el estudio sociológico de la evolución de cada grupo. O el estudio psiquiátrico de cada sujeto.

En conclusión diré que como se ve la representación del mal abarca todas las artes (incluida la arquitectura). Abarca la plasmación política del mal, la contemplación del sufrimiento como deliberado objeto del arte, la voluntaria deformación literaria de las construcciones filosóficas, y un sinfín de primitivas hibridaciones entre bestias y hombres-bestias. La estética del mal abarca un mundo infinito de posibilidades puesto que las posibilidades de combinación son infinitas. La estética del mal, por tanto, abarca un campo que va desde los vampiros y los licántropos, hasta el Hannibal Lecter o el Jefe del bufete de abogados de Pactar con el Diablo (Devil´s Advocate en el título original). Las reglas de la belleza del mal son utilizadas por unos para llevar al bien, por otros para llevar al mal. El mal ha sido retratado tanto por fray Angélico como por Polansky. Pero lo característico de esta materia es que tanto los unos como los otros parecen usar unas reglas innatamente universales que permiten identificar al mal como mal.



Después de haber reflexionado acerca de las distintas posibilidades de la estética del mal, queda un punto sobre el que podríamos reflexionar: ¿por qué nos deleitamos en la bella deformación de la belleza? ¿Qué mecanismos existen en la mente humana para que no prefiramos siempre, en todo momento, la representación del bien y no la del mal? ¿Por qué la estética en ocasiones escoge premeditadamente como objeto el mal, para hacer del mal, de la carencia, de la deformación, un objeto bello?

No hace falta repasar la temática de las novelas, ni del cine, para percatarse de que las siete Musas parecen estar más interesadas en lo pecaminoso, en lo sangriento, en lo torcido que en contarnos vidas de santos. ¿Por qué, si la estética es belleza, tantas veces el objeto de la estética son materias torcidas? En mi opinión eso se debe a los mecanismos gnoseológicos normales insertos en la naturaleza humana.


Me explico, el ansia natural de conocer tiende a extenderse a todos los campos y materias. Cuanto más desconocido y fuera de lo normal es algo, tanto más se apetece su conocimiento. Porque de su aprensión intelectual nace esa fugaz y placentera sensación que es la sorpresa. Un cordero recién parido con dos cabezas no es algo precisamente bello, pero si alguien se asoma afuera del establo y nos grita que acaba de nacer ese engendro, correremos para acercarnos a verlo. En abstracto una oveja normal es portadora de más belleza que ese parto bicéfalo, pero nuestro conocimiento busca lo extra-ordinario. Y con gusto dejaremos de seguir contemplando una verde campiña con ovejas pastando, por ver un ser deforme.

Lo mismo pasa en el arte. La inmensa mayoría suele preferir visionar El silencio de los corderos a ver una película feliz y moralizante. La inmensa mayoría prefiere leer los asesinatos de El nombre de la Rosa, en vez del bucólico Platero y yo. Independientemente del juicio de cada cual acerca de estas obras, el gusto de la inmensa mayoría está fuera de toda duda: no veo en los escaparates de las librerías muchas vidas de santos. Todo esto lo único que significa es que la obra de arte es, a fin de cuentas, un objeto de nuestro afán cognoscitivo. Y que el hombre gusta más de conocer lo extraordinario que lo cotidiano.







El arte ha ido agotando las posibilidades creativas de la deformidad. Se comenzó ingenuamente a hibridar hombres y bestias. Después se comenzó a explorar las capacidades del mal del hombre. Después las capacidades patológicas del hombre para obrar el mal. El arte ha explorado todas las posibles amenazas para nuestro mundo, todos los horrores personales y colectivos. Todas las aberraciones han sido exploradas en el campo de la creación artística. Todos los infiernos han sido ya pintados. Aunque siempre se nos ocurren subespecies de infiernos o combinaciones de varios de estos. Desde luego aunque nunca hubiera existido el III Reich, alguien lo habría imaginado como tema literario, como motivo estético. Se ha colocado al malo en todos los ámbitos posibles: en lo preternatural, en lo político, en lo meramente delictivo… Esto no indica que estemos enfermos, ni que nuestra estética se haya desviado, no somos masoquistas por contemplar eso, ni sádicos por crear esas obras. La estética se ha limitado a tantear todos los campos posibles del bien y del mal, de la belleza y del horror. Más todo esto no es una estética del mal. Repito como al principio que la estética del mal es la parte de la filosofía que estudia el concepto de la belleza deformada, y las reglas de la belleza que subyacen en la deformación de la belleza. Por lo tanto, todo el mal acumulado en siglos en el arte no constituye materia de la estética del mal, en ese caso hablaríamos del mal en la estética. Sin embargo, desde que un hombre primitivo en Grecia delante de un ánfora decidió por primera vez no pintar al hombre o a la mujer cuanto más bellos mejor, sino empezar a mezclar especies zoológicas y crear monstruos, entonces aquel pintor de ánforas dio los primeros pasos hacia la estética del mal. Cuando apareció la primera arpía, la primera Gorgona, ese arte comenzó a ser no una obra bella que había salido mal, sino una obra que renunciaba a representar la belleza y pasaba a representar la bestialidad. No era un animal lo que se representaba, no era una batalla, era la bestialidad como concepto.


Espero hayan disfrutado tanto estas palabras como yo disfrute al escribirlas.













Pd: Hoy son todos linces de oro, saludos!
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