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La fatiga de la democracia, más democracia -Ricardo Lombardo



Publicado por Ricardo Lombardo, Jueves 3 de marzo de 2016

Dijo alguna vez Winston Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado por el hombre, con excepción de todos los demás”.

Esta expresión típica de la inteligente retórica de Churchill, no es sólo un juego de palabras. Es también una declaración de escepticismo respecto a la posibilidad de los seres humanos de gobernarse a sí mismos.
A las sociedades les ocurre esto cada tanto. Anhelan con mucho fervor y lucha conquistar el control de su destino, pero después caen en frustraciones inmovilizadoras y peligrosas.
Algo de eso parece estar ocurriendo en distintos lados con la democracia representativa y los partidos. Se asiste a una pérdida de credibilidad de los intermediarios políticos. La concentración de poder, la corrupción, la falta de transparencia, y la incapacidad para resolver ciertos problemas, está llevando a la desidia o a la búsqueda de nuevas propuestas que pueden ser fuentes de oportunidades o de riesgosas apuestas anti democráticas.

Sorprende en Estados Unidos, por ejemplo, el desarrollo de las primarias. Llama la atención tanto la irrupción de un controvertido personaje como Donald Trump, como el bajo nivel de sus contrincantes. Uno puede pensar que finalmente Hillary Clinton, representante del establishment político, logrará ganar la presidencia y con eso asegurará cierta continuidad. Pero no puede desconocerse este fenómeno de que nada menos que el partido republicano pueda llevar un candidato tan desestabilizador y revulsivo como Trump .

Europa no le va en zaga. En cada proceso electoral, crecen los apoyos a sectores populistas de extrema derecha o extrema izquierda, que recogen sobre todo un fastidio y una fatiga de la alternancia de los partidos socialdemócratas o liberales que han conducido los gobiernos en la mayoría de esos países, al menos después de la segunda guerra mundial.

América Latina parece estar llegando también a esta etapa de fatiga. Las oscuras dictaduras fueron superadas en su mayoría en los ochentas con entusiastas democracias que fueron depositarias de todas las esperanzas e ilusiones de generaciones enteras. Hubo un sentimiento generalizado de que al tomar el pueblo su destino se resolverían todos los problemas. Paradigmática fue la frase del presidente argentino elegido en 1983, Raúl Alfonsín: “con la democracia se come, se educa y se cura”.

Los tiempos fueron mostrando la realidad. Las cosas no eran tan simples. Para que ello ocurriera se necesitaban sociedades maduras, dirigentes responsables, funcionarios competentes y gobernantes honrados y con profundo sentido republicano. No siempre fue posible encontrar todas esas cosas.

Luego de vivir la bonanza de una década de precios inusualmente altos de las materias primas que beneficiaron como nunca a la región, parecen estar quedando al desnudo vicios de los regímenes que están haciendo perder confianza en la democracia. Corrupción por todos lados, involucramiento de las más altas esferas, abusos de poder, falta de transparencia, presiones hacia la justicia que pueden haber llegado en algunos casos hasta a asesinatos, están repicando en la cabeza de los ciudadanos de la región y le están haciendo perder credibilidad en esta democracia de partidos.

En nuestro país incluso, nos guste o no nos guste, el Frente Amplio accedió al poder prometiendo una nueva ética para los hombres públicos en contraposición con la que ellos criticaron durante décadas en los partidos históricos. Pero la realidad ha golpeado fuertemente. Ningún gobierno en la historia ha sido más acusado o sospechado de hechos de corrupción o favoritismos que los del Frente Amplio. Peor aún, cosas que en otras épocas hubieran sido vistas como hechos bochornosos en la actividad de los gobernantes, son admitidas livianamente como “una forma de ganarse la vida”, tal como lo aseguró Mujica refriéndose al caso de la empresa vinculada al MPP que cobra comisiones en los negocios de exportación a Venezuela.

La pérdida de credibilidad surge al visualizar una especie de confabulación de la dirigencia para ocultar hechos de corrupción, de favorecimiento a empresas amigas, a sindicatos afines o a funcionarios privilegiados. Y esa percepción hace peligrar la confianza en la propia democracia.

Ingresar en caminos alternativos, outsiders, posturas extremas, es muy peligroso. Lo muestra la historia. Así se produjo el advenimiento de grandes dictadores y regímenes tremendamente opresivos que al principio fueron tolerados por las poblaciones creyendo ver en ellos una solución, hasta que al final se dieron cuenta de que perdían lo principal, la libertad. Y no resolvieron los problemas de corrupción sino que los agravaron.

Por eso, a esta fatiga de la democracia, hay que aportarle con convicción, decisión y rebeldía, más democracia, más transparencia, más eficacia, lucha inclaudicable contra los flagelos de la corrupción y el narcotráfico. Y sobre todo un combate firme a ese sentido gregario de las elites que encandiladas por el poder, se protegen entre ellas, ocultan sus pecados mutuamente, y se alejan, sistemáticamente, del pueblo y de sus intereses.
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