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La humanidad de nuestros héroes

La humanidad de nuestros héroes

El promotor del debate sobre si San Martín murió pobre o rico hace frente a las acusaciones que le hizo Jorge Garayoa desde estas mismas páginas. Para el autor del presente artículo, especialista en historia económica, “ cada coyuntura en particular condiciona los comportamientos de los gobernantes, de los actores económicos y políticos e incluso el accionar de los ejércitos”. La apropiación de bienes, la falsificación de moneda, la asignación digitada de tierras, entre otras acciones consideradas hoy delitos, no lo eran antes del nacimiento del concepto de propiedad privada.


"En la cotidianidad de nuestros próceres también se contó con facturas apócrifas, pagos indebidos y deudas".

La nota publicada en El Observador del 6 de mayo, crítica de algunas de mis opiniones en un reportaje previo, permite polemizar acerca de acciones conflictivas realizadas y promovidas en la década de 1810 por nuestros héroes fundantes y por los gobernantes y jefes militares de lo que sería luego la República Argentina. Debatir sobre ese momento es auspicioso. También lo es comprender esa bisagra temporal de nuestra historia desde otros ejes temáticos distintos a las cronologías, los nombres de los gobernantes y de las batallas y pactos, como es la búsqueda, allí, de negocios, corrupciones y asignaciones digitadas de recursos, en especial las inducidas por los gobernantes.



Sin duda, el paradigma de toda investigación es describir cada hecho con la mayor exactitud posible. Pero un mismo acontecimiento puede ser, legítimamente, interpretado y ponderado de modos opuestos. En las historias políticas y económicas el disenso está siempre presente, especialmente al analizar las derivaciones de los hechos.

Las coyunturas históricas cambiantes y los diferentes modelos éticos vigentes, determinan que una misma acción pueda ser considerada delictiva o legítima según el prisma de análisis y las lógicas del momento de su ocurrencia. La década de 1810 es un claro ejemplo cuando la analizamos con paradigmas del presente e incluso, difícil tarea, con los marcos de referencia de la época. Y la aceptación de la disparidad de los marcos conceptuales no conforma un error conceptual a pesar de los alegatos de algunas historiografías.

Cada coyuntura en particular condiciona, innegablemente, los comportamientos de los gobernantes, de los actores económicos y políticos e incluso el accionar de los ejércitos. El contexto de la década de 1810 es por demás expresivo. No se habían estructurado Estados con cuentas y recursos que facilitaran los abastecimientos y controles de las tropas, no existía el concepto de propiedad privada como fue formalizado décadas después, dominaba un vacío de legitimidad en la gobernabilidad –se invocó durante varios años que se operó en nombre de Fernando VII–, no existían límites geográficos definidos y aceptados que delimitaran los países, ni monedas emitidas en el Río de la Plata y menos aún bancos y, para no abundar, los gobiernos eran sólo locales y muchos no se reconocían entre ellos.


Fernando VII

En ese contexto predominaron las apropiaciones de bienes por parte de las tropas, la aplicación discrecional de empréstitos forzosos, la falsificación de moneda, asignaciones digitadas de tierras, participación de mercenarios en los ejércitos, varios nacidos en Europa y Estados Unidos, y autorizaciones para operar como corsarios a muchos de los que luego fueron nuestros héroes navales.



Juan Martín de Pueyrredón

La historiografía ha descripto y demostrado que las tropas de Juan Martín de Pueyrredón primero y las de Manuel Belgrano después, cuando se retiraban del Alto Perú luego de las derrotas de Vilcapugio y Ayohuma, se apropiaron en los primeros años de la década de 1810 de los caudales existentes en la Casa de la Moneda de Potosí, en el Alto Perú. En su acción, Belgrano contó con la ayuda de Manuel de Anchorena, su secretario de Guerra, que se encontraba en la Casa de la Moneda junto a su director, quien era uno de sus socios comerciales en la zona. El destino de los botines también dio que hablar. De las 800 mulas cargadas por las tropas de Pueyrredón, se perdieron en el camino 160, mientras que la plata sellada y sin sellar capturada por las tropas de Belgrano fue luego apropiada por San Martín en Tucumán, desobedeciendo órdenes del gobierno de enviarlas a Buenos Aires.


Manuel Belgrano


Manuel de Anchorena

Que ambas apropiaciones y la misma desobediencia se conceptúen como hechos correctos o incorrectos dependerá de nuestras ideologías y esquemas de valores, que ciertamente pueden diferir. Muchos lo han legitimado como botines de guerra. Personalmente, me parece aberrante el botín de guerra. Los museos de Londres, París y Roma están “repletos” de reliquias provenientes de guerras y saqueos coloniales. Militares argentinos durante la segunda mitad de la década de 1970 se incautaron, como botines de guerra, de bienes de sus secuestrados y de los desaparecidos. Algunos podrán afirmar que no es válido integrar en un mismo análisis esos hechos. Pero comprenderemos más del pasado y del presente polemizando sobre ellos y también desde sus comparaciones.

Las razones que se justificaron para cometerlos se encuentran en la lógica de aquellas coyunturas y también son polémicas. Las de Pueyrredón y Belgrano porque no existían provisiones desde Buenos Aires, mientras que San Martín invocó la falta de pago a sus soldados. La justificación que empleó para expropiar los caudales en marcha hacia Buenos Aires se repitió muchas décadas después en 1991. Horacio Massaccesi, siendo gobernador de Río Negro, se apropió, en una acción dirigida por él directamente, de los dineros depositados por el Banco Central en el Banco de Río Negro, también en una clara desobediencia, invocando que los necesitaba para abonar sueldos atrasados de sus funcionarios. Por su acción, Massaccesi fue llevado a juicio. No comparo ni igualo a San Martín con Massaccesi. Simplemente cotejo dos hechos puntuales, realizados ciertamente en contextos diferentes.

También es posible considerar algunas de las acciones del Ejército del Norte como antagónicas respecto a los objetivos que se le plantearon. La noche de la expropiación de los caudales en Potosí, Belgrano mandó colocar dinamita en el interior de la Casa de la Moneda con el objetivo de detonarla para amparar la retirada de sus tropas con el botín. Relatan historiadores bolivianos, e incluso el general Paz, que no hubieran muerto sólo los enemigos realistas sino, y fundamentalmente, los humildes, los descendientes del Imperio Incaico porque, por la cantidad de explosivos, hubiera volado todo Potosí.



En ese contexto de Estados embrionarios y desfinanciados, las expropiaciones por parte de las tropas fueron permanentes y no siempre se realizaron para su alimentación o abrigo. Muchos las emplearon para beneficios personales. Y sus acciones no fueron intrascendentes porque los costos de los daños los debieron soportar las generaciones futuras sobre las que recayeron, como exigencias de pago, las reparaciones de las guerras. Y allí no hubo equidad ya que, luego, los pagos no fueron hechos a los habitantes del entonces Alto Perú ni a los que poblaban originariamente el futuro territorio de la Argentina. Cuando, hacia la década de 1860, se aceptó la existencia de la expropiaciones en la década de 1810 y varias otras como hechos dañinos para las poblaciones, se implementaron pagos resarcitorios, indemnizándose sólo a los súbditos de naciones europeas.

También durante la década de 1810 la inexistencia de instrumentos que estructuraran la propiedad privada motivó asignaciones digitadas de recursos fiscales. Cuando se le entregaron a San Martín en Mendoza tierras para formar una chacra, que hoy integran parte de una bodega que se enorgullece de que hubieran pertenecido al Libertador, no todos los cuyanos recibieron un trato similar. También el Cabildo de Santiago de Chile le entregó tierras, que aceptó, para formar otra chacra. Y es válido que discrepemos acerca de la legitimidad o no de esas entregas. Al hacerlo, no estamos descalificando ninguna de las otras acciones de San Martín.


San Martín

En la cotidianidad de nuestros próceres también se contó la formación de facturas apócrifas, pagos indebidos y deudas que debió afrontar la nación. Un ejemplo se deriva de acciones donde nuestros héroes procuraron nombrar como gobernante de estas tierras a un príncipe europeo. Cuando Belgrano, Rivadavia y Manuel de Sarratea partieron en 1814 hacia Europa para lograr encumbrar como monarca a alguien que pudiera dar legitimidad a los gobiernos en las tierras de la futura Argentina, eligieron como intermediario al conde de Cabarrús, un aventurero francés que no poseía buena fama y que algunos calificaban como una persona que, “ bordeando el Código Civil, vivía del juego, de las coimas y de las intrigas".


Manuel de Sarratea


conde de Cabarrús

Y esas particularidades las reflejó al final de la misión, cuando envió abultadas cuentas por supuestos gastos que escandalizaron a Buenos Aires. Pero ése no fue el único desatino. Rivadavia acumuló deudas en esa misión –que él mismo y sin autorización del gobierno de Buenos Aires extendió hasta 1820–, que fueron cubiertas con préstamos de John Hullett, un banquero inglés con quien luego encararía numerosos negocios durante su paso por el gobierno porteño, en la década de 1820. Sin ser nada paradojal, en 1819 logró cancelar sus deudas con recursos que provinieron de una apropiación que realizó Guillermo Brown en acciones como corsario en la isla de Antigua en el Caribe y que fueron, conflictivamente, traspasadas al gobierno inglés y a Hullett para cancelar las deudas de Rivadavia. En ese entuerto, el gobierno de Buenos Aires afirmó que una parte de esas riquezas le correspondía porque era él quien había otorgado la patente de corso a Brown.


Rivadavia


Guillermo Brown

La figura del cohecho en la compra de material bélico en el exterior durante las campañas de la independencia fue recogida por Bartolomé Mitre, quien relata que cuando el militar Alvarez Condarco compró barcos y municiones en Inglaterra tuvo que depositar, por orden de San Martín y O’Higgins, una parte de lo abonado en sus cuentas bancarias. Mitre señala que ése es un punto negro en la historia de nuestros héroes y afirma que se supone que San Martín no tomó los fondos. Varias pueden ser las interpretaciones del análisis de Mitre. La historia argentina demuestra repetidamente que numerosos hechos espurios han sido luego silenciados o legitimados por los gobernantes que los sucedieron. ¿Que Mitre haya aceptado que al rastrearse las cuentas el dinero había desaparecido sin inferir que pudo haber sido retirado años antes no estaría demostrando, ciertamente en otro contexto, esa lógica posterior del encubrimiento? De todos modos, Mitre decidió no destruir los documentos probatorios.


Bartolomé Mitre

La humanidad y falibilidad de nuestros héroes se encuentran en esos y varios otros hechos. Aristóteles ha sugerido en su Poética que en la comedia se muestra a los seres humanos un poco peor de lo que realmente son y en la tragedia se los debe caracterizar como algo más virtuosos. En la elección de nuestros héroes, como método para crear símbolos que permitieran gestar identidades y facilitaran el aglutinamiento de partes dispersas de nuestra geografía, las no pocas tragedias de la política argentina del siglo XIX motivaron, seguramente, que se aceptara esa idea aristotélica. Objetivo, sin duda, válido. Pero igualmente podemos ser críticos porque lo relevante es la promoción del disenso. No hace mucho, cuando un juez extendió una investigación sobre la Triple A, en las calles de Buenos Aires apareció un cartel, no firmado, que simplemente prevenía: “ No jodan con Perón”. Discutir el pasado, abriendo debates acerca de la naturaleza de los hechos y aceptando que podremos discrepar sobre nuestras interpretaciones, caracterizaciones y consecuencias permite no sólo rastrear nuestras raíces sino también aportar a que las historias no se repitan. Leer el pasado de manera diferente a relatos existentes no implica que destruiremos la Nación. Lo válido es no esconder, por prejuicios o intereses, hechos que pueden no ser éticamente correctos, aunque estemos empleando, al hacerlo, métricas de tiempos diferentes.


Juan Domingo Peron

Desentrañarlos nos permitirá analizar acontecimientos más cercanos en el tiempo con libertad y sin camuflajes.

Fuentesolo el texto) las imagenes son agregadas
http://www.perfil.com/contenidos/2007/05/30/noticia_0031.html
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