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La leyenda de la estatua de San Martín en Boulogne-sur-Mer






El monumento a San Martín en Boulogne-sur-Mer




Poco se sabe de lo que pasó luego de la muerte del general José de San Martín en la ciudad francesa de Boulogne-sur-Mer y de la increíble historia del monumento al Libertador, que sobrevivió casi intacto a dos guerras mundiales, lo que dio inicio a una leyenda en torno a él.





Más allá de la casa que habitó y en la que murió, existen otros dos lugares en la ciudad que evocan la memoria de San Martín: el monumento en la avenida que bordea el mar, inaugurado el 24 de octubre de 1909, y la cripta de la Capilla de Notre-Dame de Boulogne-sur-Mer, donde sus restos reposaron durante 11 años hasta que fueron trasladados al cementerio de Brunoy, en los alrededores de París, para luego ser llevados a la Catedral Metropolitana de la Ciudad de Buenos Aires, el 28 de mayo de 1880.





El monumento costero es lo que más impacta. Para los lugareños, no es posible referirse al general sin recordar "el milagro de la estatua de San Martín". Su imponente presencia remonta al héroe y su leyenda, tejida en el entramado de un pueblo que resurgió de la tragedia y de la devastación de la guerra. Y que dio origen al mito que el imaginario colectivo alimenta hasta nuestros días.

El 24 de octubre de 1909 se inauguró un monumento ecuestre del General de San Martín en Boulogne Sur-Mer. Fue el primero emplazado en su honor en toda Europa. Unas 10 mil personas asistieron a la ceremonia, que comenzó exactamente a las tres de la tarde.


Para esa ocasión, Argentina envió una flota naval compuesta por la Fragata Sarmiento, las cañoneras Paraná y Rosario, y el barco de transporte La Pampa, que trasladó materiales, un escuadrón de granaderos, un destacamento de fusileros de la Marina, y a varias personalidades civiles y militares invitadas. También llevó caballos que se quedaron en Francia, ya que fueron donados al Ejército galo, que aún hoy cría a sus descendientes.





El soldado argentino conscripto Juan Rabufi protagonizó el episodio más triste de la ocasión: contrajo una neumonía por la que debió ser hospitalizado y falleció dos semanas después, el 9 de noviembre. Sus restos fueron repatriados por la Fragata Libertad en 1967 y descansan en su pueblo natal, Castilla, en el partido bonaerense de Chacabuco.

"No fue Boulogne, por cierto, el sitio donde la muerte le sorprendiera casualmente, sino el rincón elegido por él mismo para vivir sus últimos días de proscrito voluntario", expresó durante el acto inaugural el poeta argentino Belisario Roldán.




Lo que siguió dio lugar a una leyenda: la ciudad fue bombardeada en las dos guerras mundiales, pero el monumento apenas fue afectado por unas esquirlas.


Por su posición estratégica cercana al canal de La Mancha y próxima al puerto de Calais, durante la Segunda Guerra Mundial, Boulogne-sur-Mer fue ocupada por los alemanes. Soportó 487 bombardeos aéreos y gran cantidad de ataques navales; desaparecieron barrios enteros, como los de Capécure, Ave María y Saint-Pierre, indudablemente el más castigado y próximo a la estatua del Libertador.





El Día D, el 6 de junio de 1944, los aliados desembarcaron en Normandía para comenzar la liberación de Europa desde Francia. Fue la mayor invasión por mar de un país en toda la historia: unos 250 mil soldados llegaron al norte de Francia con el objetivo de abrir un camino hasta el corazón del Tercer Reich.

Nueve días más tarde, durante la noche del 15 de junio de 1944, unos 300 aviones arrojaron 1.200 toneladas de proyectiles sobre Boulogne-sur-Mer, con epicentro en la base de submarinos instalada a 200 metros de la estatua de San Martín.









Como el objetivo estaba fuertemente defendido, el ataque se efectuó desde una gran altura, lo que explica que en los alrededores de la base, a una y otra margen del río, la destrucción resultó completa: el barrio Saint-Pierre dejó de existir, los hoteles y construcciones de la calle Saint-Beuve desaparecieron. La hecatombe bélica los había dejado en el recuerdo.

En cada ataque cayeron centenares de casas y edificios. Pero del remolino dantesco de polvo, fuego y humo, sólo una cosa surgió serenamente enhiesta, magníficamente segura, como si estuviera indiferente a tanta locura: la estatua del general San Martín.

Parece imposible explicar por qué quedó en pie. Apenas se lo cubrió con bolsas de arena, porque en Europa -a pesar de la guerra- se trató de preservar los monumentos, y evitar que se hicieran casquillos con el bronce. Aun así, no parece científicamente factible.






Como la razón no puede describir el fenómeno, la explicación que dan en la Ciudad es que "hubo una mano superior que desvió la bomba destructora" o que "ha habido una voluntad que quiso revelarse por el signo cierto de un amparo a todas luces imposible". En fin, que es un mensaje decisivo y elocuente a los pueblos y a los hombres.

La ciudad que acogió al general en sus últimos días resurgió de la batalla con la estatua del héroe como custodia intacta. Y así nació el agradecimiento eterno de un pueblo a ese Libertador de otras tierras que fue custodio de su reconstrucción, el hito de lo que fue para comenzar de nuevo.

Quizás sea ésta la historia menos contada del general San Martín, que no sólo trascendió su propia tierra, sino que su imagen póstuma se erigió como un símbolo de la libertad que legó, y anticipó la de Francia, que luego fue la de Europa toda.



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