Canales populares

La Lucha Diaria [Periódico obrero anarquista 'La Huelga']



La lucha diaria.

Suena el despertador 4 y media de la mañana, interrumpiendo un sueño mal dormido de escasas 5 horas. El cansancio nos retiene pero la urgencia nos levanta. Los músculos extenuados. la mente agobiada, los ojos cargados y un sueño pesado y agudo que ni el mate más amargo ni la ducha más fría pueden abatir. la vida se desenvuelve como una trágica repetición sin sentido, y ahí estamos de nuevo atravesando el barrio de noche. soportando el frío polar o la lluvia helada de esta madrugada obstinada en no volverse día, de esta vida emperrada en no mostrarnos sol. Y ahí estamos de nuevo, esperando el colectivo en la ruta con la infantil esperanza de viajar sentados y reconciliar el sueño por aunque sea 20 minutos, pero con la resignación de saber que volveremos a viajar parados y agolpados uno sobre otro como reces. Nos bajamos con otros condenados, con sus rostros gélidos y sus muecas de amargura atestiguan que corren nuestra misma suerte. Llegamos, fichamos la tarjeta y ahí estamos nuevamente, con la ropa de trabajo pestilente cargada hasta los huesos de resignación mezclada con grasa y aceite, envueltos en el ensordecedor sonido de las máquinas, agotando nuestra audición por un salario magro, volviendo duras y callosas nuestras manos, expuestos al accidente laboral que clínicamente llaman 'error humano'. Trabajamos como autómatas, con el confort y la tranquilidad que nos brinda el cartel de la ART pegado frente a la inyectora 'Haitan' que nos recuerda que en caso de perder un dedo podemos reclamar una prótesis de plástico a cuenta del patrón. O encorvados sobre el balancín ese viejo y pesado armatoste que se cierne como una amenaza sobre la integridad de nuestra mano. 'Un dedo índice cotiza muy bien', se comenta en el vestuario, alternando el energizante con la 'cafia con coca' entre los que vienen de otro trabajo. Somos material para la picadora de carne.

El piso del ring es duro y todo sea por no ser noqueados, incluso la espalda rota de mulear cajas y bolsas en el depósito, los riñones hechos polvo, la piel llena de manchas por el soluble de los tornos que nos hace lucir decrépitos y enfermos, la viruta impredecible sobre el ojo o la cara, el vértigo en la obra, el cemento o la cal sobre las cejas, los zapatos de seguridad que no protegen, el miedo a la electrocución los pallet que desfilan inseguros sobre nuestras cabezas y la locura, el delirio, y la locura de la línea que no se detiene, los ritmos inhumanos, el reloj que nunca llega a la hora.



Vivimos con el miedo al informe médico que contenga las palabras impronunciables, esas que nos convierten en un mueble viejo y sin valor, en un montón de huesos incapaces de conseguir trabajo, en un máquina de llenar solicitudes y de patear agencias, en un cosa inútil e inservible. Hernia de disco, así se llama nuestra muerte, esa es nuestra peor pesadilla y nuestro último miedo. Cargamos con la sombra del hambre en una infancia o adolescencia no tan lejanas, mamá empleada doméstica y papá operario, hermanos en cualquiera, sumergidos en este caos inmundo que se llama capitalismo.

Nos tragamos la indignación con saliva mientras pensamos en nuestras familias, retomamos el ritmo de trabajo que nos impone la voracidad de nuestros patrones mientras volvemos nuestros brazos tendiníticos o y llenamos de laceraciones nuestros dedos. No somos nosotros, mientras trabajamos nunca somos nosotros, siempre somos para otros; soñamos despiertos con la idea de la fuga, adivinando el sol por una pequeña y sucia venta que nos sugiere la idea de una prisión.



Y entre ciclo y ciclo de la máquina, nuestra vida se escapa raudamente sin que podamos hacer nada. 9, 10, 12 horas o más, en blanco o en negro, o contratados de por vida, trabajando de lunes a sábado o toda la semana. 6 x 1, 7 x 2, esos son los códigos que tipifican nuestra esclavitud. Fate, Cheeky, Pepsico o Toyota se llaman nuestro carceleros (en el fondo tienen un sólo nombre: explotación). Manpower, Sistema's o Talsium se llaman sus administradores. Kirchner, Menem, Duhalde o De la Rúa sus garantes (también Zamora, Ripoll, Altamira y todos los que ambicionan y pretenden).

La palabra trabajo proviene del latín, más específicamente del término 'tripalium', que era como se denominaba a un instrumento de tortura utilizado en la antigüedad para castigar esclavos.



Suena la campana. Por hoy la tortura termina. Volvemos agotados en el bondi o en el tren a nuestras mansiones de lujo en nuestros barrios residenciales que se llaman La Pana, Los Troncos, Barrio San Jorge, Villa La Rana o San Pablo. Nos sentamos en el sillón y prendemos el televisor. El culo de Wanda Nara es la única opción entre los 80 canales que nos ofrece esta democracia. Mientras tanto, la muerte se nos mete por los ojos, por los oídos, por la nariz, se nos introduce por la conciencia y nos golpea el cerebro, y de a poco nos vamos haciendo más viejos, más insensibles, más indiferentes, más fríos.

Comemos sin degustar demasiado, tragamos; nos acostamos y, sin saber bien cómo, el reloj del despertador interrumpe nuevamente nuestro descanso, y la historia se repite otra vez.



Así la vida se pasa fugazmente, tratando de escapar de esta esclavitud diaria que se nos impone. Huir, ese es nuestro anhelo. Buscamos la libertad en las horas extras, en la cocaína, en una camiseta de fútbol, en un celular nuevo... pero en ninguna de esos lugares se encuentra. Sólo cuando vamos a la huelga, cuando tomamos la fábrica, cuando cortamos la ruta, cuando dejamos la máquina prendida y vamos a la asamblea a discutir de igual a igual con nuestros compañeros, ante la mirada atónita del capataz, del supervisor o del gerente, sólo cuando rompemos los esquemas y por fin somos nosotros, sólo ahí conocemos una partecita de la libertad.

Quienes escribimos esto somos obreros y obreras anarquistas. Nuestro ideal puede sintetizarse en una sociedad donde todos tengamos comida, techo, salud, afecto, instrucción libre y trabajo sano, poco cuantioso y útil a la sociedad, donde podamos realizarnos como individuos en la más perfecta libertad e igualdad, exentos de toda tutela moral, de toda autoridad política y de toda coerción económica. Esa sociedad se llama Anarquía, y es la contracara de esta muerte que se repite todos los días.



Tenemos la osadía de escribir una prensa sin ser universitarios ni literatos, en no pocos casos con el secundario incompleto, la ortografía renga y el estilo llano, con una poesía descarnada que tiene demasiado bar encima, mucha cicatriz, mucho malestar, mucho bolsillo flaco, mucha contravención, mucha literatura quemada, mucho rock, mucho amigo preso o muerto, mucha calle, mucho pasillo y un puñado de sueños que todavía peleamos por realizar.


Vaya esta publicación como aporte para la emancipación de los trabajadores, pues. Y vaya también nuestra promesa de que sabremos organizar la resistencia, difundir la idea, parar la línea, cargar la tinta y cargar las armas según sea necesario, extendiendo la solidaridad sin pedir nada a cambio, allí donde se lo precise. Y allí, precisamente allí, escondida tras la línea, en el aula sin ventanas o en el mórbido taller, en el depósito, en la obra o en la fábrica, escrita con bolígrafo en la pared del baño o en forma de anónimo volante, susurrada por lo bajo ahí donde el capataz no escuche, esquivando las cámaras de vigilancia o escondida en algún punto de la cadena de montaje, allí, la llama de la Anarquía palpita sin pausa, buscando hacerse fuego y extenderse por todas partes. Esperando encontrarnos en el corazón mismo del incendio, enviamos un caluroso abrazo a todos nuestros hermanos y hermanas de explotación, prometiendo que sabremos guardar como nadie el más preciado de los secretos: el de nuestra complicidad.

Periódico obrero anarquista 'La Huelga'

Fuente: http://reajoaquin.blogspot.com/2010/03/la-lucha-diaria.html

0
0
0
0No hay comentarios