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La memoria no es un reservorio compartido



Siempre se puede discutir el número de una movilización. Nunca faltan los gurkas que transforman a cientos de miles en manipulados a choripán y tintillo por los poderes de turno. Son la contracara del ejercicio de transformar unos centenares con cartel en "vanguardia histórica", mediante idénticos instrumentos y similar integridad intelectual. Nosotros somos muy inteligentes y pocos, piensan, y ellos, muchos, muchísimos pero estúpidos. Es un modo de pensar. La estupidez política, que no es cualquier clase de estupidez, suele ser la cosa mejor repartida del mundo, tiende a ubicarse con cierta preferencia en los segmentos más despolitizados.

En cambio, la inteligencia política, que también puede ser conservadora, impone entender qué pasa. Y le guste o le disguste al observador –no hay ningún motivo para ocultar preferencias– el principio de realidad impone sus términos sobre cualquier fobia. Entonces, si algo enseña la movilización popular oficialista es la bullanguera vivacidad de sus integrantes. Tengo mis dudas sobre la posibilidad de movilizar mediante el disciplinado uso del puro terror a cientos de miles, pero nadie me convencerá de que la alegre batucada del carnaval popular pueda alcanzarse por esa vía. Ese es el primer dato.

Ese 25 de Mayo tuvo, tiene enorme capacidad connotativa. Sobreimprime una década K con el reciente Bicentenario, con el 25 de Mayo del '73, fiesta de gala del tercer peronismo, con los vacíos actos escolares patrocinados por Billiken. Es una fecha de inevitable balance, y el discurso presidencial a su modo hizo el suyo. No es obligatorio compartirlo. Una pregunta de Cristina Fernández no puede ser evitada: ¿estamos ante un fin de ciclo? En todo caso: ¿Qué significa fin de ciclo?

Partamos de lo obvio; para el compacto mundo del antiperonismo, los poderes del líder son electoralmente imbatibles. Nadie creyó seriamente en la posibilidad de vencer a Juan Domingo Perón, muy pocos creen que Cristina Fernández pueda ser batida en elecciones presidenciales. De modo que fin de ciclo debiera leerse en esa dirección: como la presidenta no puede ser candidata, la victoria huye hacia otras tolderías. Y la derrota electoral insinúa la vuelta a la "normalidad". Estaríamos ante el fin del cesarismo plebiscitario denunciado por Juan José Sebreli, en La Nación. El peronismo, variable del fascismo, según esta lectura simplona y un tanto anacrónica, concluirá electoralmente; por tanto, el sol de la democracia volvería a iluminar la plaza y la dolida sociedad de consumidores globales respiraría en paz. En rigor, la distancia entre este "análisis", que a los padres fundadores de la sociología argentina producía risa en 1955, y las "investigaciones periodísticas" de Jorge Lanata, termina resultando mínima. Ambos carecen de seriedad, ambos se dirigen a distintos destinatarios sociales con lógicas diferencias de vocabulario, dado que atienden paladares con diverso capital simbólico, aunque tanto Lanata como Sebreli sólo convencen a los convencidos de antemano. Y ambos sirven para encender, tampoco exageremos los dones de Sebreli, algunas furias clasemedieras; furias donde la paridad cambiaria no juega poco papel; y como un segmento del electorado K, de idéntico origen, es sensible al comportamiento mediático, sobre todo en elecciones de medio término, conviene intentar arrastrarlo hacia la abstención electoral, mermando el caudal oficialista. Esa es la estrategia que los grandes diarios pergeñaron para potenciar la dificultad opositora para crecer electoralmente. Ese es el segundo dato.

Volvamos al principio. La idea que se puede poner fin a un régimen fascista mediante elecciones no es fácil de tragar. O es fascista o se termina por elecciones. Imaginar a Mussolini derrocado electoralmente no es fácil. Ni una sola vez semejante clase de gobierno fue vencido con elecciones en parte alguna del mundo. Pero esta "dificultad" no arredra a tan elevados analistas, que muy sueltos de cuerpo anuncian el fin de ciclo. Vale la pena recordar que los críticos del menemismo no se proponían cambiar de ciclo. Bastaba con terminar la corrupción para que todos los males se evaporaran. Convertibilidad sí, corrupción no, esa fue la pancarta del gobierno de Fernando de la Rúa. Pero la realidad con esa tozudez que suele caracterizarla hizo estallar la Convertibilidad, y potenció la corrupción hasta la Banelco en el Senado. La cosa llegó a un punto que La Nación se transformó, durante un ratito, en un diario que daba lugar a las denuncias por corruptela. Y el 2002, único año capicúa del siglo XXI, terminó por imponer otro ciclo, dado que el anterior resultó definitivamente impracticable.

Vamos Horowicz, será impracticable en el 2002, hoy resultaría perfectamente practicable. A tal punto, que tanto Sebreli como la presidenta apelan a la memoria. En un caso al "deme dos" y los viajes a Miami; en el otro, a la desocupación y el hambre física.

En la Argentina la memoria no es un reservorio compartido. Más aun, los vencedores del ciclo anterior no se proponen mejorar, eliminar los "vicios" del orden actual; más bien argumentan que toda la propuesta K es un vicio. Y una vez que la crisis global eduque a los europeos, cuando el Estado de Bienestar sea definitivamente desmontado, estos "vicios" resultarán impensables. Si no dan un golpe de Estado mañana es sencillamente porque no pueden; si las FF AA anteriores al '76 existieran, en agosto no habría elecciones.

Admito que la memoria es clasista. Que la década pasada no supone para todos lo mismo, y que para el hijo de un desaparecido esa experiencia difiere de la vivenciada por el hijo de un banquero. Pero se me hace cuesta arriba pensar que una sociedad, incluso conservadora, acepte la anomia permanente, la falta de punición legal para los crímenes aberrantes, y reduzca todo a la ley del más fuerte.

Mire Horowicz, yo no estaría tan seguro. Por algo José Manuel de la Sota pasó de la renovación peronista del '80, a la repetición argumental del discurso de la dictadura burguesa terrorista; propicia la vuelta a la impunidad, invita a desconocer lo actuado por el Poder Judicial desde la anulación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final.

Disculpe, De la Sota ha cometido suicidio político. La idea de que se pueden ganar elecciones presidenciales bajo semejante consigna no resiste ningún análisis. Basta mirar las tapas de Clarín y La Nación, comprobar cómo titularon al unísono la muerte de Jorge Rafael Videla (símbolo de la dictadura militar) para entender. Videla no comandó una dictadura clasista, sugieren, no ejecutó el programa del bloque de clases dominantes, sino ejerció una política terrorista de la que termina siendo el único responsable. Videla muerto sirve tanto como Videla vivo, para ocultar tras sus charreteras los beneficiarios sociales y políticos del régimen de terror.

De la Sota en cambio, por su necesidad de encabezar el partido del orden, de disputar la candidatura presidencial con Mauricio Macri, sostiene lo que nadie se atreve a sostener si quiere seguir siendo presidenciable: desconocer lo actuado por la justicia.

Que nadie se llame a engaño. La reforma del Poder Judicial se hace bajo las condiciones de la Corte Suprema. El gobierno nacional se avino, y la oposición importa menos. Y cuando los tres poderes, mayoritariamente, sostienen un punto de vista, contrariarlo… requiere algo más que una declamación provincial. Si algo caracterizó la década pasada, si algo la caracteriza en el orden interno, es el restablecimiento de la punición, haber vuelto a zurcir las palabras a las cosas, la política a la sociedad. Y ese punto no admite marcha atrás. Puede ser frenado, puede ser diferido, pero no puede ser evitado. Ese es el tercer dato, y el 11 de agosto cuando se destapen las urnas la incógnita quedará develada, y muy difícilmente nos aguarde un fin de ciclo, a lo sumo un complejo escenario para la política nacional de 2015.





















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