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La muerte blanca

Por Mariano Blejman



Curiosamente, aunque sucede en un clima frío y amargo, la muerte blanca es dulce y cálida. Así le dicen a la muerte de alta montaña: un pequeño sopor producto del cansancio, un pestañear de ojos después de la asfixiante caminata, un reposo sobre una piedra demasiado cómoda, generalmente más arriba de los seis mil metros de altura, bastan para envolverlo a uno en la manta blanca de la nieve, entre la ausencia de oxígeno dentro de las venas, y dejarse llevar hacia el otro mundo. Uno no puede solo contra la muerte blanca. Necesita de alguien que esté más entero, que lo despierte, que lo arrastre con una soga (real o imaginaria) por la senda del descenso. Esa es otra de las características de la muerte blanca: en su gran mayoría sucede en bajada, cuando el cuerpo ya se relajó de tanto trepar y el andinista se cree con el hecho consumado.

Al menos aquí, no se habían visto nunca imágenes filmadas de alguien que parece derrumbarse hacia la muerte blanca. Son horriblemente cercanas. Un hombre gatea sus últimos minutos sobre la nieve e intenta decir que está vivo. Un puñado de rescatistas que acaba de hacer cumbre por la ruta normal para poder bajar hacia el Glaciar de los Polacos (pocas personas en el mundo pueden hacerlo en el día, como ellos lo hicieron) intenta despertarlo: “Levantate culiao”, le dicen en ese argot mendocino, un poco por desesperación, y otro porque apenas pueden con ellos mismos.

Hay algo que no tiene sentido: qué objeto tiene denunciar que dejaron morir al guía mendocino Federico Campanini, después de que los rescatistas habían subido uno de los cerros más difíciles del mundo hasta la cumbre (el Aconcagua es comparado con algunos 8000 de la cadena Himalaya por su microclima y la ausencia de oxígeno) y haber vuelto a bajar hasta Polacos para dejarlo tirado ahí. Con lo difícil que le resulta a uno defender a la policía –y más aún a la policía mendocina–, cabría aclarar algunas cosas sobre la patrulla de rescate que funciona en el parque provincial Aconcagua pero depende de la temible Policía de Mendoza. Sus colegas les dicen “los hippies”, y durante el año son más bien una docena de parias que entrenan aparte, son discriminados por sus compañeros, sus superiores e incluso por sus “inferiores”. Pero que durante la temporada alta del Aconcagua son capaces de suspender la cena de Plaza de Mulas a las 9 de la noche por un pedido de rescate, pueden subir y bajar el cerro con un temple notable y generalmente les duele que jamás nadie les reconozca el mérito. Se sabe, la lapidación pública injustificada es una especialidad de la tele.

Habría que preguntarse: ¿por qué eran sólo ellos los que llegaron hasta ahí a buscar a su colega, aunque se movilizaron cerca de 80 personas para el rescate que incluía a los italianos (un grado de solidaridad que no existe en ningún cerro de esta altura)? Pues, es simple: porque eran prácticamente los únicos que podían llegar en ese tiempo a ese lugar en ese momento. Hasta donde este cronista sabe no hay helicópteros que puedan sobrevolar a 6500 metros con una tormenta de nieve. ¿Cómo se los puede acusar de abandono si subieron casi 3000 metros de diferencia de altura, bajaron unos 500 metros más e intentaron arrastrar a Campanini durante unas tres horas, con y sin sogas, en una altura que suele tener media atmósfera de presión, en un horario que suele ser fatal para casi cualquier ser humano? Después de las 18, todos allí lo saben, el Aconcagua se transforma en la altura.

La filmación de las gateadas de Campanini parece montada en un set y no explica nada, aunque quiera aparecer como lo que sucede, aunque la tele despliegue su bastión de opinólogos mal entrenados y con permanente mal de altura. Cuando cada paso cuesta 10 minutos, y las reservas están agotadas, el “levantate culiao” es una soga que sirve para tirar. Era lo mismo que me gritaba el experimentado guía Carlos Tejerina (el Teje), hace diez años junto a Javier Ciancio, después de hacer cumbre en el Aconcagua por la ruta del falso polaco, para dejar una bandera de Página/12. El 16 de enero de 1999, a las 17.05, después de atravesar el Gran Acarreo pisando tierra firme en subida y nieve hasta la cintura en bajada, una tormenta de 30 grados bajo cero preparó la cama para la muerte blanca. Lo único que yo quería era sentarme a descansar un segundo. “Por favor”, le decía al Teje, que siempre decía que los accidentes no existían y todas las muertes de la montaña eran evitables. “Dejame un segundo nada más.”

Pero no me dejó. “Levantate culiao”, me imploró el Teje, que de montaña (para ese entonces 17 cumbres del Aconcagua en sus hombros y decenas de cerros escalados) sabía bastante. Mantenerme erguido y caminando era la manera de seguir despierto, de llenar de colores a la muerte blanca para que se derrita de miedo. Aquella vez fuimos unos trece los que pudimos sortear el cerco de una montaña que parecía de pronto de invierno, y llegar a eso de las 10 de la noche al campamento de Piedras Blancas, unas tres horas más arriba de Berlín. En nuestra carpa durmió un brasilero, y en la de otros andinistas se metieron otros extranjeros, solitarios y perdidos, carne de cañón para la bestia de roca que se traga todo lo que queda suelto. Y eso que sólo teníamos que bajar. A Campanini no lo abandonaron, por más que a todos nos duela. Esa imagen no vale nada: si se quedaba el resto de la patrulla a pasar la noche con esa tormenta, sus integrantes serían hoy recordados heroicamente por haber acompañado a Campanini en su dulce y también heroica muerte blanca.


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