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La Odisea - Parte XIII - El regreso de Ulises

Disfrazado como un mendigo por indicación de Atenea, Ulises buscó la humilde morada de Eumeo, su porquero, el cual le contó todo lo que deseaba saber sobre su esposa e hijo.

Oyó que Penélope estaba asediada por los pretendientes, los cuales se encontraban en esos momentos festejando y divirtiéndose en su palacio, de donde rehusaban marcharse hasta que ella hiciera la elección de un segundo marido; también oyó que Telémaco, ahora un joven hombre, indignado y disgustado con la conducta de los pretendientes, y guiado y acompañado por su tutor Mentor, se había lanzado en busca de su padre, pues no creía que estuviese muerto.

Mentor, no era otro que Atenea disfrazada, guió al joven hombre hasta las cortes de Néstor y Menelao, y finalmente le ordenó en un sueño que regresara a Ítaca, donde encontraría al padre que buscaba. El joven príncipe obedeció inmediatamente, terminando muy cerca de la cabaña de Eumeo, tras escapar de una astuta emboscada preparada por los pretendientes a la entrada de la puerta.



Atenea permitió que el padre y el hijo se reconociesen mutuamente, a pesar de su separación durante veinte años, y juntos idearon la mejor manera de castigar a los insolentes pretendientes. Así que se pusieron de acuerdo en que Telémaco regresara a palacio sin mencionar el regreso de su padre, mientras Ulises, todavía disfrazado de mendigo, entraría en su casa para solicitar un poco de hospitalidad.

Todo fue ejecutado como habían planeado. Nadie reconoció al largamente esperado héroe en le miserable y viejo mendigo, nadie excepto su anciana nodriza Euriclea y su fiel y viejo perro Argos, el cual murió de alegría a los pies del dueño que se había marchado hacía tanto tiempo.

"Mientras, sobre Argos se ceñió la negra noche
de la muerte, tan pronto como vio venir a
Ulises, ausentado ahora por veinte años".

Homero.


Penélope, oyendo que un desconocido se encontraba dentro de sus puertas, mandó llamarlo, para preguntarle si sabía algo sobre su esposo. También ella fracasó en descubrir su disfraz y lánguidamente continuó con el trabajo con el que se estaba esforzando para confundir a sus pretendientes, pues, cuando se le instó a que se casara, replicó que lo haría tan pronto como terminara el tapiz sobre el que estaba trabajando.

Ya que era una trabajadora diligente, los pretendientes esperaban oír pronto su decisión, sin saber que ella deshacía por la noche el tejido que había entrelazado tan esmeradamente durante el día.

"Tres años enteros
se dedicó a ello, y con el fraude engañó
a los jóvenes griegos".

Homero.


Finalmente se descubrió el subterfugio y la desdichada Penélope fue forzada a terminar su trabajo; sin embargo, antes de que estuviera finalizado, encontró otro recurso para posponer la elección de su marido. Trajo el arco de Ulises y anunció que se casaría con el hombre que pudiera tensarlo y lanzar una flecha a través de doce aros que ella señaló.

"Os traigo
el potente arco que el gran Ulises portó.
Al que entre vosotros posea una mano capaz
de tensar este arco y enviar a través de esos doce aros
una flecha, yo seguiré, dejando
esta bella morada de mis años jóvenes,
con toda su abundancia, aunque su recuerdo,
pienso, me perseguirá incluso en mis sueños".

Homero.


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