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La otra guerra de Palestina: la lucha por la soberanía alime

La otra guerra de Palestina: la lucha por la soberanía alimentaria.

En Palestina el mundo rural y la cultura popular agonizan. El invasor israelí los ha despojado de las mejores tierras, de sus pueblos, de sus recursos naturales y hasta de sus almas.



Acaba de terminar la fiesta del cordero o el Eid el Adha y la pregunta que nos planteamos es ¿en Palestina dónde se crían los corderos?, ¿dónde están los pastores? Y la respuesta es que por culpa de la ocupación sionista ya no hay campos para darle de comer al ganado y el oficio de pastor ha desaparecido casi que por completo. Basta con echar un vistazo al entorno natural para comprobar el amargo panorama: cercas, vallas electrificadas, muros, controles militares, campos minados, es decir, barreras infranqueables que afectan no sólo al ser humano sino también al medio ambiente.

En Palestina el mundo rural y la cultura popular agonizan. El invasor israelí los ha despojado de las mejores tierras, de sus pueblos, de sus recursos naturales y hasta de sus almas. En Cisjordania desde el año 1967 los colonos judíos han construido más de 50 asentamientos en una clara violación de las resoluciones emitidas por la Asamblea General de la ONU. Este proceso va a ser muy difícil revertirlo porque ellos “sólo cumplen órdenes de Yahvé y jamás podrán desalojarlos de sus hogares”. La presión demográfica es insoportable y falta espacio para acoger a los futuros inquilinos.



Los grandes empresarios judíos son los que realmente dominan el sector agrícola y ganadero. Esta es una actividad muy lucrativa gracias a la explotación de mano de obra extranjera-entre los que están incluidos los palestinos- El arduo trabajo de los jornaleros y peones les permite obtener extraordinarias plusvalías y multiplicar sus beneficios. Israel posee una industria agroalimentaria muy bien desarrollada capaz de competir con cualquier país del primer mundo.

La FAO recalca que: la soberanía alimentaria es un derecho fundamental de los pueblos y sin ésta difícilmente podrán asegurar su libertad e independencia. Y este es el caso de Palestina que, a pesar de gozar de una cierta autonomía política tras la firma de los acuerdos de Oslo, su estatus no es otro que el de una colonia israelí. La potencia ocupante controla la tierra, el agua, las semillas, los recursos genéticos, y la biodiversidad. La economía palestina es meramente subsidiaria y no tienen la capacidad para autoabastecerse. Además su dieta tradicional va siendo reemplazada por la alimentación industrial que imponen las grandes cadenas de supermercados o las multinacionales.




Los cultivos ecológicos, el pastoreo o la cabaña ganadera dirigido por los productores locales no alcanzan para satisfacer la demanda. Y lo más crítico quizás sea la dependencia extrema de miles y miles de refugiados que necesitan para sobrevivir de los alimentos de primera necesidad que les aportan los organismos de ayuda humanitaria como ONU, la Media Roja o las ONGs.

El boicot internacional a los productos israelíes es una de las fórmulas más eficaces para socavar su economía y castigar su vil actitud genocida.
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