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La patria como rehén

La patria como rehén

Vaciadas de sentido, las fechas patrias se han convertido en días reservados para el turismo y para la manipulación ideológica del concepto de Nación.


“En las horas de peligro es cuando la patria
conoce el quilate de sus hijos.”
Cicerón


Un domingo coincidente con una fecha patria. Casualidad o causalidad, como se prefiera. De todos modos, cabe recordar que hace cinco años que no se festejan los días patrios en la Argentina. Desde el año 2003, se han politizado tanto el nacimiento como la muerte de nuestros próceres, se han desvirtuado sus hazañas, se han banalizado sus vidas. Es que los días reservados para conmemorar hechos que marcaron la historia del país se pusieron al servicio del turismo y del comercio. Así, el Gobierno puede decir luego que se saturó la capacidad hotelera en la costa atlántica, por ejemplo, y sostener por ello un escenario de progreso y bienestar complejo de hallar si analizamos otros parámetros y otras fechas.

Así, el progresismo kirchnerista logró transformar el patriotismo en un concepto vacío y reemplazó las tradiciones por fiestas populares con distintos atractivos: ya sea un sándwich de chorizo, un vino, un colectivo gratis o un recital artístico para entretener al pueblo. Intentemos, mientras tanto, preguntarle a algún escolar si sabe qué día se independizó la Argentina o que sucedió el 25 de mayo de 1810. Quizás pueda ofrecernos algún dato de esos que entronizaron Billiken o Anteojito, reemplazados hoy por otros manuales con versiones antojadizas de la historia argentina, cuentos con desenlaces advenedizos aunque, eso sí, entretenidos. Las generaciones adultas debemos habernos aburrido en demasía, ya que de lo contrario no se entiende el porqué del afán actual por hacer de la historia un chiste, algo divertido en vez de un aprendizaje de cómo se ha vivido y cuánto se ha sufrido para llegar a ser aquello que estamos dejando de ser: una Nación con sentido, una república unida en el federalismo.

El día ayer es uno de esos ejemplos. Es que la fecha en que se conmemoró una de esas fiestas patrias que todavía tienen la suerte de no ser cambiada para que el fin de semana se alargue y el consumo permita índices menos increíbles se vivió como un Boca-River, no para el grueso de la sociedad sino para el sector oficial. La Argentina estuvo dividida en dos: Salta versus Rosario. Por un lado, una escenografía montada por el aparato clientelista. Por el otro, la gente autoconvocada para defender de una buena vez aquello que se le viene sacando hace rato.

Como sucede con el espectáculo deportivo, hubo también una previa donde se mostró el armado de escenarios y un denodado afán oficialista por unificar al menos el discurso: todos los necesitados de la caja del gobierno central aprendieron el libreto a pie juntillas. Se trataba de sostener, sin soplar ni titubear, que el de Rosario sería un acto político de la oposición. Ojalá hubiera sido así, porque en ese caso los argentinos contaríamos con una oposición consustanciada en comulgar con un objetivo de máxima: un país con un sistema representativo, republicano y federal. Sin embargo, el supuesto “acto opositor” en Rosario no fue sino un expresión de hartazgo generalizada, un reclamo desesperado de coherencia y libertad.

El cardenal Jorge Bergoglio se adelantó a los hechos y, el sábado en Plaza Once, alzó la voz para pedirles a los jóvenes que defiendan su libertad, que no se dejen meter la mano en los bolsillos, que no se engañen por la dádiva o el placer furtivo. “Hay un montón de mercachifles que les están vendiendo cosas falsas, les hacen fácil la vida, pero los debilita, son kiosqueros de la denigración”, señaló.

Esa libertad es la que está en juego y es la que se defendió con tractores, escarapelas y heterogeneidad frente al Monumento a la Bandera. Cada discurso tuvo frases que constituían un mensaje en sí mismo. Se dijo mucho. En Salta, por el contrario, no se dijo nada. Nuevamente se manchó con ideología una fecha patria y se notó el desconcierto que provoca no ver la realidad tal cual es y vivir en una ficción autoproclamada.

Pretender analizar quién ganó y quién perdió la contienda es caer en una simplificación funcional al Gobierno, que desea que se analice lo banal y se pase por alto el trasfondo que implicó e implica vivir simultáneamente en dos Argentinas. Por otra parte, basta con datos empíricamente comprobados para saber que en Salta convergieron cientos de micros del llamado aparato clientelista. Cada uno costó entre 6.000 y 10.000 pesos. Se pagaron por adelantado y en negro. Salta fue un tour gratuito. En cambio, Rosario fue un viaje más largo, no mensurable en kilómetros y posiblemente a un costo elevado, si bien con el fin de llegar más allá del Bicentenario donde, a juzgar por la oratoria kirchnerista, parece terminar la Argentina.

Lo incomprensible de estos acontecimientos que muestran la división social, generada desde la Casa Rosada, contrarresta con la actividad puertas afuera de la Presidenta, que viaja a firmar acuerdos y pactos de unidad ya sea sudamericana, con el MERCOSUR, con Hugo Chávez o con Evo Morales… La sensación de estar bajo el capricho de una sociedad conyugal cerrada en su ceguera y embriagada de soberbia se refuerza cada día más. Si este 25 de mayo fue o no un punto de inflexión sólo el tiempo puede decirlo, aunque seguramente habrá quién apueste a ello. La sociedad argentina es complicada, a veces aplaude aquello que más tarde desprecia, y viceversa. Desde ya que se ha dado un paso sustancial de la mera expectación al protagonismo o a la participación que demanda una real democracia. De aquí en más, la continuidad de esa conducta trazará las coordenadas.

Este 25 de mayo tan peculiar dejó una infinidad. La ausencia de Néstor Kirchner no es un simple dato. Tampoco lo es la fuerte apuesta de Hugo Moyano y Luis D’Elía, así como la levedad de la oratoria presidencial. Nada se ha relanzado, más bien todo lo contrario. Por su parte, los representantes del campo pidieron algo más que una rebaja impositiva, la demanda apuntó a un modelo diferente para sacar adelante a la Argentina. ¿Se podrá?

Cuando la política le cede el espacio al negociado y a la confrontación en detrimento del diálogo, nada puede darse por sentado. Esperar que el “estilo K” se modifique es ingenuo. Demasiados han sido ya los acontecimientos en lo que se habló de “puntos de inflexión”. No obstante, todo ha pasado y seguimos varados en el desdén y la necedad. La historia contemporánea se escribe por capítulos. La realidad viene en fascículos interactivos. Traen tarea para el hogar. De lo que se dice hay que extraer la verdad.

Habrá que ver qué sucede el próximo 9 de julio, otra fecha patria que, quizás, el matrimonio presidencial prefiera pasar en la soledad y el silencio de El Calafate, donde suelen refugiarse cuando no pueden manipular más la realidad.

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Fuente:
http://www.economiaparatodos.com.ar/ver_nota.php?nota=2124
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