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La Sabiduría de Diógenes




Diógenes fue hijo de Icesio, un banquero natural de Sínope. Algunos autores, como Diocles, cuentan que Diógenes huyo de la ciudad avergonzado cuando se descubrió que su padre acuñaba moneda falsa .Otros, sin embargo, como Eubúlides, en su libro De Diógenes, afirma que el monedero falso fue el mismo Diógenes y que tuvo que acompañar a su padre al exilio. En su descargo, el filósofo declaró que había interpretado mal al oráculo de Delfos, pues éste le había recomendado falsificar moneda pública, cosa que hizo y por la que fue cogido y desterrado. En Atenas se empeñó en ser discípulo de Antístenes el fundador de la escuela cínica. Fue tal su afán que el maestro levantó su báculo y ya lo golpeaba cuando Diógenes le dijo: "Descárgalo, pues no hallarás leño tan duro que de ti me aparte si me enseñas algo".



Su vida fue frugal y parca. Teofrasto cuenta que al ver un ratón que merodeaba de un lado a otro, sin buscar holganza, halló en ello un consuelo para su indigencia.


Era, claro, un cínico, es decir un kynikos, alguien emparentado con el perro, por lo que él mismo se hacía llamar o kión, el perro. Con ello quería diferenciarse de los hombres, cuyas huecas palabrerías sirven sólo para tranquilizarlo sobre su destino fatal. Esta misma razón lo llevó a vivir en una cuba-el famoso tonel de Diógenes- del Metroo, templo de Atenas dedicado a la Gran Madre de los dioses.

Así con una existencia reducida al mínimo, vivió casi en estado de latencia, como ciertos animales que hibernan, para así soportar la arbitrariedad y el dogmatismo de su tiempo. Según algunos, fue el primero en dividir su palio con el fin de tener a mano todo lo necesario. En verano, como los perros, se echaba y se revolcaba en la arena caliente. En invierno abrazaba las estatuas cubiertas de nieve. Así se fortalecía el sufrimiento. 

De Platón opinaba que era un vano y Sócrates un loco.




Un día Alejandro Magno se encontró con él y le dijo: "Yo soy Alejandro, el gran rey". A lo que Diógenes respondió: "Y yo soy Diógenes, el perro".

Elogiaba a los que pueden casarse y no se casan; a los que les importa navegar y no navegan; a los que pueden gobernar la República y le huyen; a los que pueden abusar de los muchachos y se abstienen a ello; a los que tienen oportunidad y disposición para vivir con los poderosos y no se acercan a ellos.

Alguien muy rico lo invitó a su palacio y le advirtió que no escupiera, y Diógenes le escupió en la cara diciendo que "no había hallado lugar más inmundo".

En el cinismo como doctrina general y en el de Diógenes en particular se aúnan las mejores corrientes del pensamiento humano, tales como el estoicismo y el escepticismo. Por algo "esceptizar" viene del verbo griego skeptesthai, que quiere decir reflexionar, examinar, mirar con cuidado vigilante. Frente a un examen esmerado de la realidad, dice el escéptico que no puede dar ningún juicio, que hay que suspenderlo. En esto, es obvio, se diferencia ostensiblemente de los dogmáticos como Platón o Aristóteles, por quienes la existencia de la realidad no revestía ninguna duda. Por ello, Diógenes se atrinchera en el pensamiento paradójico y, sobre todo, en la cáustica que merecen los que, increíblemente, están convencidos de algo. El cinismo es por lo tanto un escepticismo y un solipsismo, es decir: lo único que puede afirmar el cínico es su propia existencia. Esta afirmación de sí mismo como única evidencia alarga sus tentáculos hasta la Edad Moderna, con Descartes.



Pero los cínicos eran implacables defensores del saber y, sobre todo, de la virtud. Esta era su arma más eficaz. Practicaban de costumbre de avergonzar a sus interlocutores mediante la antisolemnidad y la iconoclastia materialista. De ellos se puede decir que todo pensamiento debe estar centrado en el hombre, a saber, que la Filosofía es Antropología y Ética.

Diógenes era un anarquista, un internacionalista y un misógeno, un eterno luchador contra los tabúes. Estas posturas también contribuyeron a que los demás las consideraban inmundas como los perros. Diógenes tenía como cosa pueril la nobleza ,la gloria humana, diciendo que eran adornos de la malicia. Estimaba que las mujeres debían ser comunes, sin tener en cuenta el matrimonio. Cada cual podía usar a la que pudiera persuadir. Por consiguiente, los hijos también serían comunes. Opinaba también que no es malo tomar cosas de los templos y comer de todos los animales, y aun carne humana, como lo tenían de costumbre otros pueblos, ya que en realidad todas las cosas están unas en otras y entre si se participan. La carne, por ejemplo, está en el pan, y el pan en las hierbas, y así en los demás cuerpos, en todos los cuales, por ciertos ocultos poros, penetran las partículas que se autoevaporan y unen.
Menospreció la música, la geometría, la astronomía y la superstición: por inútiles y no necesarias.



En una cena, algunos le tiraron huesos como un perro, y él, como los perros, se meó encima de ellos

Laercio cuenta que cuando necesitaba dinero lo pedía a sus amigos, no como préstamo, sino como debido.

A uno que le reprochaba el que estuviera desterrado, le dijo: "Por ese mismo destierro, ¡oh, infeliz!, he sido filósofo".

En una ocasión vio que los diputados hieromnémones llevaban preso a uno que había robado una taza del erario y dijo: "Los ladrones grandes llevan al pequeño".

Así expresaba su admiración por los gramáticos: "Escudriñan los trabajos de Ulises e ignoran los propios".

Por los matemáticos: "Miran el sol y la luna y no ven las cosas que tienen en los pies".

Por los oradores: "Procuran decir lo justo, mas no procuran hacerlo".

Entraba en el teatro cuando la gente salía y preguntando por qué, respondió: "Esto es lo que me propongo hacer toda la vida".

Se asombraba de que los esclavos, viendo la voracidad de sus amos, no hurtaran la comida.

Un día tomaba el sol en el Cranión y se le acercó Alejandro Magno: "Pídeme lo que quieras", dijo. "Pues no me hagas sombra", respondió Diógenes.

Habiendo Platón definido al hombre como "un animal implume con dos pies", y agradándose de su definición, tomó Diógenes un gallo, le quitó las plumas y lo echó en la escuela de Platón diciendo: "Este es el hombre de Platón".

Le preguntaron dónde había visto hombres en Grecia: "Hombres, en ninguna parte; muchachos si he visto en Lacedemonia".

Encendía un candil de día y exclamaba: "Voy buscando a un hombre"



Un ciudadano le trajo a un muchacho para que lo educase. Le dijo que tenía talento y buenas costumbres. "Diógenes le preguntó: "Entonces, ¿para qué necesitas de mí?".

De las rameras decía: "Son reinas de reyes, piden cuanto quieren".

Uno le reprochó que entrase en lugares inmundos.Diógenes defendió diciendo: "También el sol entra en los albañales y no se ensucia".

Alguien le reprochó el hecho de beber en la taberna, "Y en la peluquería me corto el pelo", respondió.

¿No me temes?- le preguntó un día Alejandro Magno. ¿Eres bueno o malo?-replicó Diógenes. Bueno. ¿Pues quien puede temerle a un hombre bueno?

Lo mejor en los hombres para Diógenes: "La libertad en el decir".



Acostumbraba a hacer todas las cosas en público. Cuando se le echaron en cara, respondió: "Si comer no es absurdo, tampoco puede ser absurdo comer en el Foro". Otra vez le reconvinieron que se masturbara en le mismo lugar y replicó: "Ojalá que restregándome el estómago se me quitara el hambre".

Decía: "El saber, para los jóvenes es templanza; para los viejos, consuelo; para los pobres, riqueza; para los ricos, adorno".

Uno le objetaba que hubiera acuñado moneda falsa en el pasado y Diógenes explicó: "Hubo un tiempo en que yo era como tú ahora, pero como soy ahora tú no lo serás nunca".

Sobre el mismo tema -que acuñara moneda falsa en el pasado-, respondió: "También antes me meaba encima y ahora no".

En el viaje a Mindo, vio las enormes puertas que guardaban esa pequeña ciudad y observó: "¡Oh, varones mindios! Cerrad las puertas, no sea que la ciudad se escape de ellas".

Volvía de Lacedemonía a Atenas y como alguien le preguntara de dónde venía y adónde iba, respondió: "Vengo del cuarto de los hombres y voy al de las hembras".

Asistió a los juegos olímpicos y le preguntaron si había concurrido mucha gente: "Gente, mucha hombres, poco".

Friné, una célebre ramera, dedicó en Delfos una estatua de Venus de oro puro. Diógenes le puso la siguiente inscripción: "Se hizo con la incontinencia de los griegos".

Le preguntaron por qué le llamaban "el perro" y respondió: "Halago a los que dan, ladro a los que no dan y a los malos los muerdo".



Vio que le hijo de una meretriz le tiraba piedras a la gente y le advirtió: "Cuidado con darle a tu padre".

Le preguntaron qué había sacado de la filosofía. Contestó "Cuando no era otra cosa, al menos estar prevenido contra el azar".

Un día vio un arquero inhábil; se sentó junto al blanco y dijo: "No sea que me hiera".

Un día vio un joven muy hermoso que dormía sin que nadie le cuidase. Lo despertó y le dijo: "Levántate, no sea que durmiendo alguien te alcance por detrás con su dardo".

Viendo a unas mujeres ahorcadas en un olivo, exclamó: "¡Ojalá todos los árboles dieran los mismos frutos!".

Decía: "Debemos alargar las manos a los amigos con los dedos extendidos, no doblados".

Laercio atribuye a Diógenes una anécdota que filósofos posteriores achacan a Antístenes. Según ella Platón especulaba acerca de las ideas y usaba los abstractos "mesalidad y "vaseidad" como arquetipos de mesa y vaso. "Yo, ¡oh, Platón!- dijo Diógenes -veo la mesa y el vaso pero no la mesalidad ni la vaseidad". A lo que replicó Platón -siguiendo la doctrina opuesta al feroz materialismo de Diógenes, esa doctrina que le han llamado de muchas maneras: idealismo, dualismo, transcendentalismo-: "Dices bien, pues tienes ojos con que se ven el vaso y la mesa, pero no tienes la inteligencia con que se entiende la mesalidad y la vaseidad".



Sobre el mismo Alejandro, Hecatón escribió que dijo: "Si no fuera Alejandro, me gustaría ser Diógenes". Falta saber si, al revés, a Diógenes le fuera gustado ser Alejandro.

Cuando lo hicieron cautivo y lo vendieron como esclavo, lo interrogaron acerca de lo que sabía hacer: "Dirigir a los hombres", contestó. Y el pregonero le dijo. "Pregunta por ahí si alguien quiere comprar su amo".

Le preguntaron cuál era la cosa más miserable de la vida, y dijo: "El viejo pobre".

A cierto joven que se afeminaba demasiado le reprochó: "¿No te da vergüenza hacerte peor de lo que te hizo la Naturaleza?".

Sus discípulos quisieron saber cuándo debían casarse los hombres: "Los jóvenes, todavía no; los viejos, ya no".

Preguntando acerca de dónde era, respondió: "Soy ciudadano del mundo".

Se hallaba en un baño poco limpio y dijo: "Los que se bañan aquí, ¿dónde se lavan?".

Le preguntaron si tenía algún criado o criada y dijo que no. "¿Y quién te llevará al sepulcro cuando mueras?". "El que necesite la casa", respondió Diógenes.

Preguntando sobre qué animal muerde con más saña, respondió: "De los feroces, el calumniador; de los mansos, el adulador".

A los que instaban a buscar a un esclavo huido les replicó: "Ridículo sería que pudiendo Manes vivir sin Diógenes, no pueda Diógenes vivir sin Manes".

Alguien se extrañó delante de Diógenes de que los hombres socorrieran a los mendigos y no a los filósofos.Él contestó: "Porque ser cojos o ciegos lo esperan, mientras que hacerse filósofos no lo esperan".

Preguntado si la muerte es mala, respondió: "Cómo será de mala cuando, pese a estar presente, uno no la advierte".



A Jeníades, que lo compró como esclavo, le dijo que debía obedecerle "porque aunque el médico o el piloto sean esclavos, conviene obedecerles".

Una vez vio un muchacho que bebía con las manos y sacando del zurrón se colondra, la arrojó diciendo: "Un muchacho que gana en simplicidad y economía". También arrojó el plato después de que vio que otro muchacho, cuyo plato se había quebrado, puso las lentejas que comía en una poza de pan.

Dijimos que su último amo había sido Jeníades, de Corinto. Éste puso su casa, su hacienda y sus hijos a su disposición. Además de instruir a éstos en las disciplinas, los instruyó en equitación, en disparar flechas, en arrojar piedras con honda, en lanzar dardos. No quiso que sus discípulos fueran atletas: debían hacer apenas el ejercicio necesario para estar sanos. Les enseñó cinegética, a comportarse y a servir en la casa, a comer poco y a beber agua. Eubolo cuenta que Diógenes envejeció y murió en casa de Jeníades y que los hijos de éste, sus discípulos, lo enterraron. Pero antes de morirse preguntaron cómo debían enterrarlo. "Boca abajo", dijo, "porque andando el tiempo todas las cosas estarán al revés".

Sí, dicen que murió en Corinto a los 90 años de edad. Sin embargo, su muerte presenta múltiples variantes. Se dice que mandó que arrojaran su cuerpo a los perros, sus hermanos. Otros dicen que por querer repartir un pulpo entre los perros, uno de éstos le mordió en el tendón del pie, y murió de ello. También que su muerte le vino por el cólico que le causó el comerse crudo un pie de buey. Aunque la versión más hermosa es la más aceptada. Crecidas Cratense nos la describe en un poema:

Cierto no lo sufría en otro tiempo 
el sinopense , el llevador del palio,
el doblado, el que en público comía;
pero murió cerrando 
fuertemente los dientes y los labios
y oprimiendo el aliento. Hijo de Jove, 
Diógenes fue sin duda, y Can celeste.

Es decir, contuvo la respiración y sus amigos lo encontraron en el Cranio, un gimnasio cercando a Corinto, dormido y tapado por su palio. Estaba muerto, como si finalmente hubiera querido decir "¡Basta!".

Le erigieron una columna y sobre ella pusieron un perro de mármol con una inscripción:

Caducan aún los bronces en el tiempo, mas no podrán sepultar tu gloria las edades, ¡Oh Diógenes!, pues tú sólo supiste demostrar a los mortales facilidad de vida y a la inmortalidad ancho camino.

Una vez pidió que le erigieran una estatua, y preguntado por qué pedía eso, contestó: "Porque espero no conseguirlo".

La impensable y antinatural relación entre Alejandro Magno y Diógenes tuvo su culminación según Demetrio cuando, en sus Colombroños, afirma que Alejandro, en Babilonia, y Diógenes, en Corinto, murieron el mismo día.
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