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La solución de dos estados está condenada al fracaso

La solución de dos estados está condenada al fracaso





Por Jonathan Cook * Periodista

Debe de haber pocos palestinos que no se hayan sentido reconfortados ante la noticia de que el Parlamento británico votó abrumadoramente esta semana a favor de reconocer un Estado palestino. Después de todo, la emisión de la Declaración Balfour fue una decisión británica –tomada hace casi 100 años– que puso en movimiento la creación de Israel y el conflicto territorial que ha causado estragos desde entonces.

La victoria parlamentaria, como se ha señalado ampliamente, fue simbólica en varios aspectos. La moción, respaldada por 274 votos contra 12, no es vinculante.

Como la mayor parte de la Unión Europea, el Gobierno del Reino Unido sigue sin mostrarse dispuesto a sumarse a más de 130 Estados en todo el mundo que han reconocido la calidad de Estado de Palestina.

Si, como se espera, la dirigencia palestina vuelve a la ONU el próximo mes para renovar su solicitud de reconocimiento como Estado, los funcionarios británicos han indicado que no estarán influenciados por el sentimiento del Parlamento.

Una tardía enmienda también vinculó el reconocimiento a una “solución negociada de dos Estados”. Pero al aferrarse a la posición de EE.UU., que se

opone a acciones palestinas unilaterales, los parlamentarios británicos siguieron reconociendo implícitamente el veto del primer ministro israelí Benjamin Netanyahu respecto a las ambiciones palestinas.

El voto también fue simbólico, porque los conservadores, el partido dominante en la coalición gobernante, efectivamente optaron por no participar en el debate. Más de la mitad de los parlamentarios se abstuvieron o estuvieron ausentes.


La investigación muestra que cuatro de cada cinco parlamentarios conservadores –y también una proporción significativa de parlamentarios laboristas de la oposición– pertenecen al grupo de Amigos de Israel de su partido. Cada año muchos de ellos vuelan a israela costa del Gobierno israelí.

En un país que ha traicionado con tanta frecuencia a los palestinos, la conducta en la votación de los principales partidos no puede inspirar confianza. En el último minuto los laboristas degradaron a su whip (jefe del grupo parlamentario) dando libertad a los miembros del Parlamento para decidir su voto o su asistencia a la sesión. Los Lib Dems, el socio junior de la coalición, hizo lo mismo.

No obstante, hubo causa para celebración. El recelo de los principales partidos ante la posibilidad de que los vieran oponerse al Estado palestino indudablemente fue un signo de cambio del clima político.

El líder de los laboristas Ed Miliband y su gabinete fantasma apoyaron la moción. El partido parece haber aceptado que existe un precio a pagar por postergar interminablemente el reconocimiento de los derechos palestinos o condicionarlos a la aprobación israelí. Además, la indignación ante la hipocresía occidental se ha extendido de maneras impredecibles: de numerosos yihadistas que desestabilizan Medio Oriente a jóvenes musulmanes radicalizados en las calles de Europa.

También es importante que el voto británico se suma al impulso iniciado este mes por la decisión del gobierno sueco de romper con sus socios establecidos de la UE al comprometerse a reconocer Palestina. Es probable que otros hagan lo mismo. El martes, el Ministro de Exteriores, Laurent Fabius, indicó que su país también reconocerá Palestina si las negociaciones fracasan.

En breve, la marea de la historia cambia. Israel está perdiendo el argumento moral en Europa, donde comenzó el movimiento sionista. Esa marea se extenderá por Europa y terminará por llegar a las riberas del Congreso de EE.UU. y a la Casa Blanca.

Por esa razón los israelíes observaron con preocupación el voto británico. Matthew Gould, embajador de Gran Bretaña y un invitado muy frecuente en la televisión y la radio israelí, advirtió que el estado de ánimo del público en el Reino Unido se orienta inexorablemente contra Israel.

Ese proceso se aceleró durante el verano con el ataque de Israel contra Gaza, que causó la muerte de numerosos civiles, seguido por otra ola de construcción de colonias y apropiaciones de tierras en Cisjordania.

Netanyahu, quien trabajó sin éxito con el partido laborista de oposición israelí para derrotar el voto en la Cámara de los Comunes, no muestra ninguna señal de disposición a un compromiso.

Sus funcionarios bajaron la voz en su crítica del Reino Unido, que es el segundo mercado de exportación israelí por su tamaño después de EE.UU. Pero el embajador sueco fue convocado durante la semana pasada para ser públicamente regañado.

El lunes Netanyahu reprendió personalmente a Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas, después que éste sugirió que la causa de las hostilidades del verano en Gaza era “una ocupación restrictiva que ha durado casi medio siglo”. Netanyahu incluso negó directamente que Gaza estuviera ocupada.

Niveles similares de negación se muestran en capitales occidentales. La evolución del conflicto israelí-palestino, con la implacable colonización de tierras palestinas por Israel durante muchas décadas, ahora militan fatalmente contra la tradicional fórmula de dos Estados, como conceden en privado incluso diplomáticos occidentales en Jerusalén.

Este mes tuvo lugar la publicación en inglés de un libro del historiador israelí Shlomo Sand, cuyas obras anteriores han sido improbables éxitos de ventas en todo el mundo. Su último título provocador –How I Stopped Being a Jew (Cómo dejé de ser judío)– podría ser otro éxito editorial.

Sand ha estado popularizando ideas provocadoras durante cierto tiempo. Su último argumento no es menos controversial.

Cree que una identidad tribal judía es incompatible con una identidad democrática israelí, y que una o la otra debe ceder el paso. ¿Debe ser Israel un Estado democrático que abandona su identidad tribal, o un Estado tribal judío que no deja sitio para normas universales y democráticas y es incapaz de albergar a palestinos como ciudadanos o vecinos?

Las implicaciones son profundas, sugiriendo que un Estado tribal judío podrá ser, por su propia formación constitucional, reacio a la paz y destinado a un interminable conflicto.

Si Sand tiene razón, la idea tradicional de crear un Estado palestino junto a un Estado judío –objetivo del voto británico y de cada iniciativa de paz desde que la ONU anunció su plan de partición en 1947– está condenada en última instancia al fracaso. Una solución de dos Estados lograría poco más que redibujar las líneas de batalla.


* Jonathan Cook ha obtenido el Premio Especial de Periodismo. Sus últimos libros son Israel and the Clash of Civilisations: Iraq, Iran and the Plan to Remake the Middle East (Pluto Press) y Disappearing Palestine: Israel’s Experiments in Human Despair (Zed Books). Su página web es: www.jonathan-cook.net .

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