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La talla del diamante

crisol para la plata, y la hornaza para el oro; pero el Señor prueba los corazones. Proverbios 17:3

Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.
2 Corintios 4:6

La talla del diamante

Los diamantes son piedras preciosas cuyo tamaño, forma y tipo varían de unos a otros. Son escasos y muy costosos, pero todos tienen que ser trabajados por un artesano, el diamantista, quien los talla y los pule. Ese trabajo exige una gran precisión y requiere mucho tiempo y paciencia. El diamantista es un verdadero artesano. El valor de un diamante aumenta considerablemente si está hábilmente tallado según las normas. El ángulo de cada una de sus caras tiene que estar muy bien calculado para incrementar su brillo, pues cada cara reflejará la luz dando un brillo maravilloso.
Dios actúa de la misma manera con los suyos. Trabaja con precisión y paciencia. Sus herramientas de trabajo son las circunstancias de la vida, a menudo desagradables, que al igual que el cincel, el martillo y la sierra, deben quitar de aquí o de allí un poco de materia inútil, es decir, deshacernos un poco más de lo que nos aleja de Dios. ¡Y eso duele!
Pero no olvidemos que la mano que mueve la herramienta es la de nuestro Padre, el gran diamantista. Nos dio la vida, la vida eterna y desea que seamos piedras preciosas que reflejen las perfecciones morales del Señor Jesucristo.
Y para el creyente, este parecido será, a pesar de las pruebas, una fuente de gran gozo.
“En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas” (1 Pedro 1:6).
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