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La última salida

Uno de esos jóvenes héroes a los que Inglaterra dobió salvación en aquellas horas sombrías, Richard Hillary -a quien suele llamarse el Saint Exupéry inglés-, cuenta su vida de piloto y su último combate, del que debía salir terriblemente desfigurado.

La última salida

«Escuadrilla para el sur. Un automóvil ven­drá a recogerlo a las 8 h. Firmado, DENHOLM.» Aquélla fue la noche en que la gue­rra empezó para nosotros.
En aquella época, los alemanes enviaban relativamente pocos bombarderos. Pretendían aniquilar nuestra aviación de caza, y desde el alba al crepúsculo el cielo hormi­gueaba de Messerschmitt 109 y 110.
Media docena de los nuestros dormían siempre en el campo de aviación para estar dispuestos a replicar a un ataque de madru­gada. Esto suponía la obligación de levantarse a las 4 de la mañana, a fin de que una hora más tarde nuestros aviones estuviesen listos, con el oxígeno, los visores y las muni­ciones comprobados. Los primeros «boches» se presentaban, generalmente, a la hora del desayuno, y a partir de ese momento, y casi sin interrupción, permanecíamos en el aire hasta las 8 de la noche. Comíamos, cuando podíamos, las judías, el jamón y los huevos que nos enviaban del comedor de oficiales. Aquella mañana escuchamos la voz del oficial de control de vuelo:
—Escuadrilla 603. Despegue inmediato. Diríjanse a la base de la patrulla. Recibirán instrucciones en vuelo.
Inmediatamente echamos a correr hacia los aviones. Me encaramé a la carlinga del mío y tuve una sensación de vacío en la boca del estómago. Sabía que aquella mañana iba a matar por vez primera. No me pasó por la cabeza la idea de que yo mismo pudiera re­sultar muerto o herido. Más tarde, cuando empezamos a perder pilotos con cierta frecuencia, pensé en ello, pero nunca de un modo concreto y jamás durante el vuelo. Sabía que eso no me podía suceder. Trataba de imaginarme la cara del hombre que iba a derribar. ¿Sería joven? ¿Sería gordo? ¿Moriría pronunciando el nombre de su Führer o solitariamente, tomando conciencia de su individualidad en ese instante último? Nunca lo sabría. De una manera mecánica re­visé mentalmente los mandos. Despegamos nuestros aviones uno tras otro.
Los encontramos a 5.500 metros: 20 Mes­serschmitt 109, de morro amarillo, a quince metros por encima de nosotros. Nosotros éramos ocho. Cuando bajaron en picado nos pusimos en línea de combate para hacerles frente. Brian Carbury, que mandaba nuestra sección, puso su aparato en picado y casi noté el gesto del guía de la escuadrilla alemana moviendo la palanca de mando para situar a Carbury en su campo de tiro. En el mis­mo momento éste tiró también fuertemente de su palanca, y con un brusco viraje ascen­dente hacia la izquierda nos colocó por encima de ellos. En estos dos segundos vitales los alemanes perdieron su ventaja. Vi cómo Brian disparaba una ráfaga sobre el avión que iba en cabeza y cómo el aparato daba media vuelta de campana: ya era mío. Maquinalmente moví hacia la izquierda el pedal del timón para colocarme en ángulo recto, coloqué el botón de tiro en posición de «disparo» y le solté una ráfaga en abanico de cuatro segundos. Pasó exactamente por mi visor y vi las balas trazantes de mis ocho ametralladoras haciendo blanco. Durante un segundo mi enemigo pareció quedar suspen­dido en el aire. Luego surgió una llama y cayó lejos de mi vista.
Durante los minutos que siguieron estuve demasiado atareado en preocuparme de mi seguridad personal para pensar en nada; pero cuando nuestros adversarios interrum­pieron el combate y recibimos la orden de regresar a la base, volví a pensar de nuevo en ello.
Ya había sucedido.
Sentí primero la satisfacción de haber rea­lizado debidamente una tarea que era el re­sultado lógico de varios meses de entrena­miento. También tenía la sensación de que todo estaba conforme con el orden natural de las cosas. El estaba muerto, yo estaba vivo, y si hubiese ocurrido lo contrario, todo hu­biese estado, igualmente, dentro del orden. Comprendí entonces la gran suerte del pilo­to de caza. Desconoce las emociones, dema­siado personales, del soldado a quien se le ordena cargar con la bayoneta calada, y tam­bién aquellas, demasiado peligrosas, del pi­loto de bombardeo, que, noche tras noche, debe sentir ese placer infantil de romper co­sas. Sus emociones son las de un duelista: frías, precisas, impersonales. Tiene el privi­legio de matar limpiamente. Porque cuando sólo se puede escoger entre dar o recibir la muerte, considero que esto se debe hacer con dignidad.
En el transcurso de esos meses de agosto y septiembre, nuestra inferioridad numérica fue tal que nos era prácticamente imposible efectuar un ataque en formación cerrada, salvo cuando teníamos la ventaja de la altu­ra. Nos dispersábamos siempre al cabo de unos segundos, y el cielo ya no era más que un campo de batalla entrecruzado por las es­telas de humo de los combates singulares. Regresábamos, pues, solitariamente a la base con intervalos de dos minutos. Al cabo de una hora, el tío George procedía a pasar lis­ta para saber quién faltaba. A menudo, al­gún piloto telefoneaba diciendo que se había visto obligado a aterrizar en otro aeródromo o en el campo. Pero no todas las llamadas eran tan agradables. A veces un equipo de socorro comunicaba el número de un apara­to derribado. El tío George lo anotaba y ta­chaba un nuevo nombre de la lista.
La dura lección de los dos primeros días nos hizo más prudentes. Decidimos no vol­ver a dejarnos sorprender por el enemigo en posición más alta que la nuestra y volar siempre por parejas, a fin de que si uno se lanzaba en picado sobre un adversario, el otro permaneciese a unos 150 metros por encima de su compañero para protegerle de un ataque por la espalda.
A menudo los aparatos regresaban al aeró­dromo para volver a elevarse al momen­to; el tiempo preciso para que el per­sonal de la base, que trabajaba con una rapidez admirable, los reaprovisionase de gasolina, oxígeno y municiones.
Muchas veces nos era difícil, bien por el sol, bien por la altura, descubrir a los apara­tos enemigos. En lo que a mí respecta, el sol constituía un problema particular. Llevába­mos gafas negras, pero yo nunca las utilicé, porque me causaban una sensación de claus­trofobia. Las levantaba siempre sobre la frente antes del combate. Esta costumbre y la de no usar guantes me iban a costar caro.
En otra ocasión cometí la estupidez de vo­lar sobre Francia. El cielo estaba completa­mente vacío, con la excepción de un Messerschmitt que regresaba a su base volando a gran altura; hacía diez minutos que intentaba alcanzarle, decidido a no dejarle escapar, cuando pude colocarme, ¡por fin!, en buena posición, después de haber dejado atrás Calais, iba a abrir fuego, cuando percibí una escuadrilla de 12 Messerschmitt que se me venía por la derecha. Tuve mucho miedo, pero me dirigí inmediatamente hacia ellos y disparé contra su guía. Vi que sus balas trazadoras pasaban por debajo de mí y luego cómo se desprendía su capó. Un instante después los había dejado atrás. No espere a ver más para lanzar a toda velocidad hacia la costa inglesa, perseguido durante la mitad del trayecto por once aparatos alemanes. Aterrice más de una hora después que los demás, en el momento preciso en que el tío George terminaba de pasar lista.
Una mañana –estábamos en Honchurch desde hacía casi una semana- fui despertado, ya tarde, por el ruido de los aviones evolucionando en el aeródromo. La cosa me irrito porque me dolía la cabeza.
Como había participado en todos los vuelos del día anterior, tenía la mañana libre y podía hacer lo que me apeteciese. Me vestí lentamente, me mire la lengua con toda calma ante el espejo y me dirigí al comedor de oficiales para almorzar. Llegue al campo alrededor del mediodía. El aire recalentado envolvía las cosas en un halo deformante, cuando empecé a cruzar la pista para dirigirme al lugar de estacionamiento de los aviones, que estaba al otro extremo del campo. No vi más que dos aviones en tierra y supuse que la escuadrilla había salido ya para cumplir alguna misión. Un camión me precedía.
Entonces fue cuando oí una voz, siempre impasible, del oficial de control de vuelo, anunciando:
-Una gran formación de bombarderos enemigos se acerca Hornchurch. Se ordena a todo el personal que no realice algún trabajo de urgencia que se ponga inmediatamente al abrigo.
Alcé los ojos. Todavía no se les veía. Tres Spitfire que acababan de posarse dieron media vuelta y pasaron a mi lado como una tromba para despegar con viento en popa. Nuestro camión, que seguía avanzando, había recorrido casi la mitad del camino; me pareció de pronto que estaba terriblemente lejos del área de estacionamiento.
Alcé otra vez los ojos y esta vez los vi: una docena de enormes insectos brillando al sol y avanzando rectos hacia nosotros. Al oír silbar las primeras bombas encogí instintivamente la cabeza en los hombros. Con el rabillo del ojo vi a los tres Spitfire. Durante un momento se colocaron en formación cerrada a unos seis metros de altitud; un momento después se separaron como disparados por una catapulta. El que iba en cabeza dio una voltereta y cayo boca arriba, arrastrándose por la pista con un ruido parecido al de una tela al desgarrarse; el numero 2 rozo la pista con un ala y giro alrededor de su hélice, mientras que el de la izquierda salía despedido, sin alas, e iba a caer en el campo próximo. Recuerdo haber pensado tontamente: «Es el vuelo mas coro que se ha hecho jamás.» Luego tuve la impresión de que me arrancaban los pies y se me lleno la boca de tierra, mientras que uno de mis camaradas, Bubble, desde la entrada del refugio, me gritaba como un loco:
-¡Corre, imbécil; corre!
Corrí. Comprendiendo bruscamente lo expuesto de mi posición, recorrí la distancia que me separaba del refugio como un cohete y penetre en el, mientras el suelo saltaba otra vez, cubriéndome de cascotes, y yo me daba de cabeza contra el marco de la puerta. Me derrumbe sobre un montón de grava y me puse a frotarme el cráneo.
-¿Quién está ahí? –pregunte tratando de ver en la oscuridad.
-Cardell, tres de nuestros mecánicos y yo –dijo Bubble-, ¡y además tú, por la misericordia divina!
Por el movimiento de sus labios vi que añadía otra cosa, pero, como se recrudecían los silbidos y las explosiones, no pude oírle. El refugio retemblaba a cada estallido y el aire estaba lleno de polvo. Resistió, sin em­bargo. El estrépito se prolongó durante casi tres minutos y terminó de repente. Reinó un silencio mortal. Todo el mundo permaneció inmóvil. Ninguno de nosotros deseaba ser el primero en comprobar la devastación que debía haber fuera. Por fin Bubble exclamó:
— ¡Qué suerte no ser civil! ¡En mi vida he pasado tanto canguelo como en este re­fugio! ¡Viva la aviación!
Esto desvaneció nuestra tensión y salimos. Las pistas habían sufrido enormes destrozos. Sólo se veían grandes agujeros y montones de tierra. Una bomba había caído cerca de mi Spitfire, cubriéndolo de arena y grava. Dije entonces a uno de los mecánicos que iban conmigo:
— ¿Quiere hacer el favor de decir al sar­gento Ross que me envíe un equipo de re­visión?
Hizo un gesto con la cabeza señalando a uno de los extremos del campo y respondió:
—Será mejor que yo mismo reúna el equi­po. El sargento Ross no hará, probablemen­te, más revisiones.
Miré hacia donde había señalado y vi el camión grotescamente caído sobre un costa­do. Su techo había sido proyectado a una dis­tancia de veinte metros. Me encaramé a la carlinga de mi avión y, sintiendo un vacío en el estómago, comprobé rápidamente los mandos. Bubble asomó la cabeza:
—Vamos al comedor a ver qué ha pasado. Nuestros aparatos tendrán que aterrizar de todos modos en el campo de reserva.
Le seguí. Encontré a los pilotos de los tres Spitfire indemnes, con sólo unos rasguños, a pesar de haber sido ametrallados por los bombarderos. El barracón de las «operacio­nes» estaba intacto, igual que los hangares. En el comedor sólo dos ventanas habían sido arrancadas.
El comandante de la base ordenó que to­dos los hombres y mujeres disponibles se pusieran a reparar el aeródromo; a las 4 ya no se veía ni un agujero. Los sitios en donde habían quedado bombas sin explotar fueron balizados, y una doble hilera de ban­derines amarillos delimitó las pistas. A las 5 h, nuestra escuadrilla, que había despegado del terreno de reserva a causa de una alarma, aterrizó sin incidente en su base habitual. En resumen: este bombardeo, sumamente preciso, efectuado a 3.600 metros de altura y en el cual fueron lanzadas varias rociadas de bombas, sólo nos costó los cuatro muertos del camión y una maraña de cráteres, que fueron pronto rellenados. Nada demostraba mejor la inutilidad de las tentativas del ene­migo para destruir nuestras bases avanzadas de caza.
Se me designó para tomar parte en la pró­xima salida. Para entonces ya estaba harto de descansar en tierra.
Sonaron las 6 y siguió pasando el tiem­po; no se produjo ninguna alerta. Nos pusi­mos a jugar al póker y yo gané. Habíamos convenido que lo dejaríamos a las 7 h. si no se nos había ordenado volar antes. Echaba continuamente miradas ansiosas al reloj de pared. Nunca tengo mucha suerte con las car­tas, pero cuando las agujas señalaron las 5 h. 55 empecé a creer realmente que mi suerte había cambiado. Exactamente en aquel momento, como por casualidad, se oyó la voz del jefe de control de vuelo:
—Escuadrilla 603. Despegue inmediato.
Corrimos precipitadamente hacia nuestros aviones; dos minutos después habíamos des­pegado y dimos dos vueltas sobre el campo para permitir que nuestros doce aparatos ordenasen su formación. Volamos en cuatro secciones de tres: Roja, en cabeza; Azul y Verde, a derecha e izquierda, respectiva­mente, y la última, protegiendo nuestra re­taguardia sobre nosotros. Yo ocupaba el puesto número 2 de la sección Azul. Oímos aún la voz del jefe de control:
— ¡Oiga! ¡Jefe Rojo!
Siguieron las instrucciones de altura y ruta. Como siempre, volamos en dirección opuesta hasta alcanzar los 4.500 metros. Di­mos entonces media vuelta y pusimos proa al lio, ascendiendo a todo gas para no estar en el sol y alcanzar la altitud deseada.



Este avión ingles, herido de muerte, va a caer al mar, pero el «Air Sea Rescue», salvará tal vez a su piloto. Este servicio, que efectuó numerosos salvamentos, fue un precioso auxiliar de la R. .A. F.

Durante toda esta maniobra, Denholm, nuestro jefe de escuadrilla —el tío George—, permaneció en comunicación con tie­rra. Debíamos interceptar el paso a una vein­tena de cazas enemigos, que volaban a 7.500 metros. Lancé una mirada a Peter y vi que sus labios se movían. Estaba cantando, como de costumbre. Lo hacía algunas veces sobre su aparato emisor, de suerte que una inter­pretación un tanto gangosa de «Night and Day» se mezclaba extrañamente con las ins­trucciones que nos llegaban desde tierra. En el mismo momento oí en mis auriculares la voz de los alemanes que conversaban anima­damente desde sus aparatos. Esto ocurría en algunas ocasiones, y cada vez nos daba la im­presión de que estaban sobre nosotros, cuan­do la mayoría de las veces se encontraban aún bastante alejados. Puse mi aparato en «emisión» y empecé a gritar: «Halt’s Maul!» (« ¡Métete la lengua en el c...!»), así como todas las invectivas de mi repertorio germánico. Con gran alegría oí replicarme a uno de ellos: « ¡Cerdos ingleses! ¡Os vamos a enseñar cómo se habla a los alemanes!» Tal vez no se me dé crédito, pero varios de mis camaradas lo oyeron también.
Miré hacia abajo. Bajo un cielo completa­mente despejado, la campiña inglesa, muy lejos bajo mis pies, se extendía hasta el infi­nito, ofreciendo, al sol poniente, una extraor­dinaria sinfonía de tonos verdes y purpúreos.
Dirigí la mirada al altímetro. Estábamos a 8.400 metros. En aquel momento, Sheep gri­tó: «¡Sus y a ellos!», y se deslizó lentamen­te, adelantándose al tío George, en dirección al enemigo:
—Perfecto. En línea de combate.
Me puse detrás de Peter y vi, a mi vez, a los alemanes a unos 600 metros debajo de nosotros. La situación, por una vez, era agra­dable; pero debían habernos descubierto ellos también, porque adoptaban una forma­ción de defensa en círculo, uno tras otro, que era bastante difícil de forzar.
—I Escalonados a la derecha! —ordenó lo voz del tío George.
Nos desplegamos en abanico en la dirección indicada.
— ¡ Me lanzo en picado!
Nos lanzamos en picado a todo gas, uno tras otro. Escogí un objetivo y puse el botón del disparador en «tiro». Cuando estuve a 300 metros de él, el alemán surgió en mi visor. A los 200 metros lancé una larga ráfaga de cuatro segundos y vi cómo las balas trazadoras penetraban en su morro. Luego efectué un recuperamiento tan brusco, tan brutal, que sentí que los ojos se me metían en el cráneo. Al iniciar un viraje ascendente pude comprobar que habíamos roto su formación. Varios aviones habían sido abatidos. Me figuré que yo había derribado alguno, pero mi recuperamiento no había permitido comprobarlo. A mi izquierda vi cómo John atacaba de frente a un Messerschmitt. Los dos aviones se lanzaban en picado, el uno sobre el otro, y sus respectivas balas parecían hacer blanco. Luego, en el último momento, el alemán inició una subida y recibió los disparos de Peter en pleno vientre. Se puso boca arriba, unas llamaradas amarillas surgieron de su capó y desapareció.
El cielo, que hasta entonces había estado lleno del tumulto de los aviones, quedó vacío de golpe, y todo fue silencio. Me di cuenta de mi fatiga. Tenía mucho calor. El sudor me chorreaba por el rostro. Pero no era el momento de enfrascarme en vanas reflexiones: no era prudente quedarse allí, volando solo.



Durante las veinticuatro horas del día los pilotos están preparados para despegar a los pocos minutos de haber recibido la orden, pues viven permanentemente en el mismo campo de aviación, al lado de sus aparatos; esta «roulotte», en la que comen y duermen, les sirve de casa.

Todavía me quedaban municiones. Decidido a no regresar a nuestra base sin haberlas utilizado debidamente, lancé una mirada a mí alrededor para tratar de ver a alguno de mis camaradas. Distinguí una formación de unos cuarenta Hurricane que patrullaba a 6.000 metros, por encima de Dungeness, a unos 1.500 metros de distancia. Me dirigí hacia ellos, considerando que si los alcanzaba estaría seguro. A unos 200 metros del aparato de cola miré hacia abajo y vi, a unos 1.500 metros, otra formación de 50 aparatos que volaban en la misma dirección. Era ésta una astucia habitual de los alemanes, la de escalonarse así a distintas alturas, y me alegré al ver que nosotros adoptábamos también la misma táctica. Pero de súbito tuve la evidencia de que nosotros jamás hubiéramos podido juntar tantos aviones en un mismo punto. Miré con atención al aparato que iba siguiendo y descubrí con claridad la cruz gamada. Nadie parecía preocuparse de mi presencia. Tenía el sol a mi espalda. Se me presentaba una magnífica oportunidad. Me aproximé hasta 150 metros y lancé una rá­faga de tres segundos al aparato de cola. Se puso boca arriba y cayó en barrena. Como un estudiante que acaba de hacer una dia­blura, miré a mí alrededor: no hubo ningu­na reacción. Tal vez podría haber repetido la cosa con el avión más próximo, pero tuve la sensación de que no debía tentar a la suerte. Di media vuelta de campana y puse proa a la base, donde me enteré, lleno de rabia, que mi camarada Raspberry se había apuntado tres aviones derribados, como de costumbre.
Mi experiencia más divertida (aunque también la más penosa) la tuve probable­mente el día en que me hicieron tomar tierra cuando hacía de «Arse-end-Charlie» en un grupo de Hurricanes. El «Arse-end-Charlie» es el avión que patrulla detrás y por en­cima de la formación para protegerla de ata­ques por la espalda. Los ordinarios combates individuales se habían desarrollado sobre la costa sur y la formación estaba dislocada. Como sólo había disparado una corta ráfaga, tomé altura para tratar de reunirme con al­gunos Spitfire; pero fui a dar con otra escua­drilla de Hurricanes que volaban a 5.400 me­tros en secciones de a tres, escalonadas en al­tura, aunque sin protección a retaguardia. Por lo tanto, me uní a ella. Algunos segundos más tarde comprendí toda la importancia de la advertencia: «¡Desconfiad del boche cuan­do está en el sol!» Me balanceaba satisfecho a derecha e izquierda y miraba atentamente en mi espejo, cuando vi pasar al lado de mi ala izquierda unas balas que procedían de la dirección del sol, exactamente a mi espal­da. En casos semejantes se experimenta un extraño deseo de esperar a ver qué pasa, si reaccionar, como si uno estuviera hipnotizado por una serpiente. Reaccioné, sin embargo, e inicié una barrena. Quise avisar a los Hurricane, pero una bala había destrozado mi radio. Los daños recibidos me parecieron mínimos, a primera vista, y empecé a tomar altura. Observé entonces que salía un humo negro de mi motor y noté un desagradable olor a glicol. «Más vale regresar cuando aún hay tiempo», pensé. Pero cuando vi que mi plexiglás se cubría de aceite comprendí que no me quedaba elección y decidí aterrizar en Lympne, donde había un aeródromo. No tardé en darme cuenta de que no podría llegar allí, puesto que, volando a todo gas, apenas lograba hacer 140 kilómetros por hora. Decidí entonces aterrizar en el campo más próximo antes de que empezara a caer por pérdida de velocidad. Escogí un campo de trigo y me posé de vientre en él. Afortunada­mente nada se incendió. Acababa de salir del aparato, después de haber cortado la gasoli­na, cuando, con gran sorpresa, vi llegar una ambulancia. Empezaba a alegrarme de que tuvieran conmigo tantas atenciones, cuando el cabo y los dos soldados que se apearon echa­ron a correr en dirección opuesta a mí, mi­rando tanto hacia arriba que parecía que se les iba a romper el cuello. Seguí su mirada y vi, a unos 50 metros, un paracaídas del que pendía mi camarada Colín, pataleando. Te­nía algunas quemaduras en la cara y en las manos, pero no había perdido su buen humor.



También las mujeres han contribuido a ganar la guerra. El trabajo de esta muchacha consiste en vigilar la aparición de aviones enemigos. Un servicio especial centralizaba en Oxford los informes recibidos, que quedaban indicados en un enorme mapa mural imantado.

Nos rodearon en seguida multitud de ofi­ciales: habíamos aterrizado en el jardín tra­sero de una brigada que daba un «garden-party». Mientras un equipo de socorro se ocu­paba de mi aparato y un médico hacía una cura a Colín, los demás se dedicaron a reanimarme a fuerza de whiskies dobles, que me preparaban a un ritmo realmente digno de elogio. El propio general me brindó su hos­pitalidad para aquella noche: creía que esta­ba bajo los efectos de un «shock» nervioso porque no había osado decir ni pío durante la cena, limitándome a responder a sus pregun­tas con miradas vidriosas; pero eran las atenciones de sus oficiales las que me habían puesto en tal estado. Volví a mi base al día siguiente por la mañana, en tren, presentan­do seguramente un aspecto muy extraño con mi casco y mi paracaídas. Por la tarde ya estaba volando de nuevo.
Agosto iba acercándose a su fin, sin que el enemigo disminuyera su ofensiva. La escua­drilla no daba, sin embargo, la menor señal de fatiga, y por mí parte me sentía muy feliz. Esto era lo que había estado esperando du­rante cerca de un año y no me sentía decep­cionado. Si algo experimentaba, era más bien una sensación de alivio. No nos queda­ba tiempo para reflexionar, ya que cada día surgían nuevos combates. Como las emocio­nes cotidianas eran más que suficientes, nadie pensaba en el porvenir. Al llegar la noche, nuestra mente se apagaba igual que una bombilla.
Despuntó gris y triste el alba del 3 de sep­tiembre. Una ligera brisa rizaba las aguas del estuario. El aeródromo de Hornchurch, a 20 kilómetros al este de Londres, estaba re­cubierto, como de costumbre, por una bruma amarillenta, que ponía una nota siniestra en las siluetas borrosas de nuestros Spitfire, dis­tribuidos alrededor del campo.
Llegamos a la pista a las 8 h. de la mañana. Durante la noche habían metido nuestros aviones en los hangares. Todo el material ha­bía quedado al otro extremo del campo. Yo estaba preocupado. Nos habían bombardea­do días antes y, desgraciadamente, el nuevo capó instalado en mi aparato no corría por su ranura. Temía, teniendo en cuenta la re­ducción de personal y la falta de herramien­tas, que se quedase así, y en ese caso me sería imposible saltar a toda prisa del avión en un momento dado. Milagrosamente, el tío George apareció con tres hombres pro­vistos de una gruesa lima y de aceite de en­grase. El cabo ajustador y yo nos pusimos a toda prisa a trabajar en el recalcitrante capó, turnándonos, limando y engrasando, engrasando y limando, hasta que al fin em­pezó a resbalar por la ranura, pero con len­titud desesperante. A las 10 de la mañana se disipó la bruma y apareció el sol, pero el capó seguía atascándose en la mitad de su recorrido. A las diez y cuarto sucedió lo que estaba temiendo hacía una hora. Con su voz impasible, el jefe de control anunció en el altavoz:
—Escuadrilla 603, despeguen y diríjanse a la base de patrulla; recibirán nuevas ins­trucciones en vuelo. Escuadrilla 603, ¡despe­gue lo más rápidamente posible!
Cuando oprimí la puesta en marcha y el motor empezó a zumbar, el cabo bajó del aparato y montó el dedo corazón sobre el índice para desearme buena suerte.
El tío George y la sección que iba en cabeza despegaron en medio de una nube de polvo; Brian Carbury me lanzó una mirada y puso sus dos pulgares hacia arriba. Hice un movimiento afirmativo con la cabeza y di gas a fin de despegar desde Hornchurch por última vez. Éramos solamente ocho en la escuadrilla. Pusimos proa al sudeste, tomando altura a todo gas y en línea recta. Hacia los 3.600 metros salimos de las nubes. El resplandor del sol me impedía ver el avión más próximo, incluso en los virajes. Miraba ansiosamente hacia adelante, pues el controlador nos había advertido que, por lo menos, unos cincuenta cazas enemigos se acercaban a gran altura. Nadie gritó cuando los divisamos, pues todos los vimos al mismo tiempo. Debían volar entre 150 y 300 metros más alto que nosotros y avanzaban como una nube de langosta. Recuerdo que lancé un temo mientras me colocaba automáticamente en línea de combate; un momento después estábamos en medio de ellos y cada uno tuvo que actuar por su cuenta. En cuanto nos vieron se desplegaron, lanzándose en picado; durante los 10 minutos siguientes hubo una verdadera barahúnda de aviones y balas trazadoras cruzándose en todas direcciones. Un Messerschmitt cayó envuelto en llamas a mi derecha; un Spitfire pasó como una tromba, dando media vuelta de campana. Hice un viraje, tratando desesperadamente de ganar altura, con mi aparato literalmente colgando de su hélice. En aquel momento, debajo de mí justamente y un poco a la izquierda, divisé el blanco ideal: un Messerschmitt que subía con el sol en la espalda. Me aproximé a menos de 200 metros y desde una posición levemente lateral le lancé una ráfaga de dos segundos; se desprendieron fragmentos de sus alas y empezó a salir un humo negro del motor, pero mí enemigo seguía volando. Como un loco y sin apartarme de él, le lancé una nueva rociada que duró tres segundos. Surgieron unas llamas rojas, el alemán entró en barrena y desapareció de mi vista. En el mismo momento noté una explosión formidable, que me arrancó la palanca de las manos, mientras que todo el avión se estremecía como un animal herido. Un segundo después, la carlinga era una hoguera. Instintivamente alcé los brazos para abrir el capó. No se movió. Me arranqué las correas y conseguí entreabrirlo, pero me costó algún tiempo, y cuando me dejé caer en mi asiento, buscando la palanca para poner el aparato boca abajo, el calor era tan intenso que me sentí desvanecer. Recuerdo un instante en que experimenté un dolor atroz. «¡Ya está!», pensé. Me llevé las manos a los ojos y perdí el conocimiento.



Una escuadrilla de Hurriacane. Este avión de caza, individual, con un solo motor, va armado con oscho ametralladoras en las alas. Puede elevarse a 6.000 metros en nuevo minutos y tres segundos. Vuela a 536 kilómetros por hora. Su peso a plena carga es de 2.996. Tiene un techo de 9.150 metros.

Cuando volví en mí estaba fuera del aparato y caía rápidamente. Tiré entonces de la anilla de mi paracaídas y una brusca sacudida frenó mi descenso. Al mirar hacia abajo vi completamente quemada la pernera izquierda de mi pantalón; iba a caer en el mar y la costa inglesa estaba lejos. Al llegar a unos seis metros sobre el agua traté de soltarme del paracaídas, pero no lo conseguí, y entré en contacto con la superficie, mientras éste flotaba medio hinchado a mí alrededor. Según me contaron más tarde, mi aparato entró en barrena a unos 7.500 metros de altura y yo había salido de él a los 3.000 metros, sin haber recobrado el conocimiento. Esta explicación debía ser exacta, pues tenía una gran cortadura en la parte superior del cráneo, que debí hacerme al caer en el interior de la carlinga.
El agua no estaba muy fría y comprobé con satisfacción que mi chaleco salvavidas me sostenía en la superficie. Quise mirar mi reloj ; había desaparecido. Entonces por vez primera noté que tenía quemaduras atroces en las manos; la piel, descolorida horriblemente hasta la muñeca, se me caía a jirones. El olor de la carne quemada me produjo una ligera náusea. Cerrando un ojo, pude ver que tenía los labios abultados como neumáticos. El correaje de mi paracaídas me causaba un dolor muy vivo en un costado, lo cual me hizo comprender que también tenía quemada la cadera izquierda. Hice un nuevo esfuerzo para soltarme del paracaídas, pero tuve que renunciar a hacerlo por el vivísimo dolor que tenía en las manos. Me tumbé para hacer la plancha y reflexionar sobre mi situación; tenía las manos quemadas, la cara también, y, a juzgar por el dolor que me producía el sol, me parecía muy poco probable que desde la costa, a muchas millas de distancia, alguien me hubiera visto caer, y aún más improbable que viniera un barco en mí socorro. Calculé que podría mantenerme a flote unas cuatro horas con mí «Mae West». Tal vez me había alegrado demasiado pronto de haber salido vivo del avión. Al cabo de media hora mis dientes castañeteaban, y para evitarlo me puse a canturrear una especie de melopea, interrumpida de vez en cuando por gritos pidiendo socorro. Es difícil imaginar un pasatiempo más fútil que el de pedir auxilio en pleno mar del Norte, con una gaviota solitaria por toda compañía; pero esto me proporcionó cierta melancólica satisfacción, ya que había escrito hacía algún tiempo un cuento donde el protagonista, al caerse de un barco, se comportaba exactamente de la misma manera. Por cierto, el cuento fue rechazado por el editor.
El agua me empezó a parecer más fría y noté con sorpresa que la cara seguía quemándome, a pesar de que el sol se había puesto. Quise mirarme las manos, y al no verlas comprendí que estaba ciego. Iba a morir. Como en un sueño recuerdo haber oído gritar; la voz me parecía lejana y sin ninguna relación conmigo...
En aquel momento unos brazos caritativos me alzaron y me subieron sobre la borda, me liberaron del paracaídas (¡con qué facilidad!) y me metieron entre los labios hinchados una botella de coñac. Sentí una voz decir: «Muy bien, Joe. Es uno de los nuestros y todavía respira.» Estaba salvado.
Debí mi salvación a la lancha de salvamento de Márgate. Unos vigías, desde la costa, me habían visto caer y se me estaba buscando desde hacía tres horas. Mis salvadores, mal informados, iban a emprender el regreso, cuando, por una ironía de la suerte, mi paracaídas les había señalado mi presencia. Estaban entonces a 15 millas de Márgate.
Mientras estuve en el agua había permanecido en un estado semiinconsciente y no había sufrido mucho. Pero al recobrar el conocimiento por completo sentí un dolor tal que casi me puse a aullar. Aquellas buenas gentes me instalaron lo más confortablemente posible; colocaron una especie de tienda para proteger mi cara del sol y llamaron a un médico por radio. Me pareció que tardábamos una eternidad en llegar a tierra. Me colocaron en una ambulancia, que salió in­mediatamente hacia el hospital. Conservé mi lucidez durante todo el tiempo, aunque no veía nada. Una vez en el hospital, tuvieron que cortar el uniforme para desnudarme; a requerimiento de una enfermera indiqué el nombre de mi más próximo pariente, y lue­go, con un inmenso alivio, sentí cómo una aguja hipodérmica se clavaba en mi brazo.



Richard Hillary tenía veinte años cuando abandonó Oxford en 1939 para ser movilizado en la R. A. F. Derribado sobre el mar del Norte durante la batalla de Inglaterra, sufrió gravísimas qumaduras. Volvió a la lucha después de su curación y encontro una muerte heroica el 7 de enero de 1943.

Estoy dispuesto a que me llamen Hermann Meier si un solo avión inglés consigue volar sobre territorio alemán» (1). Esta humorada del jefe de la Luftwaffe se había convertido en una humillante realidad. Desde el 24 de agosto al 6 de septiembre, los alemanes enviaron 1.000 aviones diarios para eliminar la caza inglesa, machacando los aeródromos, destruyendo las estaciones de radar y los depósitos de carburante. En vista de la resistencia inglesa, la Luftwaffe la emprendió con los arrabales de Londres. La respuesta inglesa no se hizo esperar: en la noche del 28 de agosto, unos bombarderos de la R. A. F., atravesando las defensas alemanas, ejercieron su represalia soltando algunas bombas sobre Berlín. El balance oficial fue de diez muertos, pero las consecuencias morales fueron incalculables: para el hombre de la calle, Alemania había dejado de ser una fortaleza inexpugnable.
La operación Águila —destruir la caza inglesa— se saldaba por un semifracaso. La R. A. F. devolvía golpe por golpe a la Luftwaffe. Hitler, que nunca había creído en esta resistencia, perdió la paciencia y quiso terminar de una vez por todas.
El 4 de septiembre, en el Palacio de los De portes, en Berlín, ante millares de auditores, dio rienda suelta a su indignación y, en el colmo de la histeria, lanzó su amenaza: contestaría a los bombardeos ingleses arrasando Londres.
«Estamos hartos de que Inglaterra nos dicte nuestra conducta —exclamó el Führer, ante los aplausos de la multitud—; estamos hartos de tener que pedirle permiso para hacer esto o aquello, incluso para beber una taza de café. Si la cosa no le agrada a Inglaterra, se suspende la importación de café, lo que a mí personalmente no me afecta, puesto que no lo pruebo. Pero me indigna que los demás alemanes no puedan beberlo y, sobre todo, me parece indignante que una nación de 85 millones de habitantes vea alterada su manera de vivir por el simple capricho de unos cuantos plutócratas de Londres.» Actualmente estamos experimentando el nuevo hallazgo de Mr. Churchill: los raids nocturnos. No los ha escogido porque sean más eficaces, sino por la sencilla razón de que ningún aparato inglés puede volar de día sobre territorio alemán. Mientras nuestros pilotos sobrevuelan cada día el suelo inglés, no se ve un solo aparato inglés en pleno día sobre el mar del Norte. Vienen por la noche y tiran las bombas, como sabéis, al azar, en los barrios residenciales, en las ciudades, en las aldeas. En cuanto ven una luz sueltan una bomba.
«Durante tres meses no he contestado, creyendo que este absurdo se terminaría. Mr. Churchill ha visto en ello un síntoma de debilidad. Pues bien: los ingleses van a comprender ahora que les contestaremos golpe por golpe y al céntuplo. Cuando la aviación inglesa lance 2, 3 ó 4.000 kilos de bombas, nosotros lanzaremos en una noche 150, 300 o 400.000 kilos. Y si nos amenazan con multiplicar sus ataques a nuestras ciudades, nosotros arrasaremos las suyas hasta no dejar piedra sobre piedra.»
Tres días más tarde se cumplió la amenaza. En la tarde del 7 de septiembre, 625 bombarderos y 650 cazas, en oleadas sucesivas, bombardearon Londres. Al día siguiente se reanudó el ataque, que continuó, noche tras noche, durante una semana. Pero bajo el fuego y los escombros, Londres resistió y continuó viviendo.


(1) Hermann Goering, jefe de la Luftwaffe, dijo esto porque el apellido Meier es típicamente judío, lo que para un nazi constituía el mayor baldón.


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